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sábado, 24 de octubre de 2009

Apuntes sobre Hitler




La peculiar visión de su papel


"¿Qué cualidades ha de tener un caudillo? Sobre todo, su nombre ha de estar en boca de todo el mundo. Por ello introduje el Heil Hitler como saludo, porque contiene mi nombre. Las masas han de tener a su Führer siempre a la vista... todas las cámaras han de estar enfocadas a mi persona: la muchedumbre ha de seguir cada uno de mis pasos. El Führer ha de arrastrar a las masas, como si fuera un actor; su vestimenta, su mímica y sus gestos, todo eso es importante"

La conquista de Gibraltar

En el encuentro entre Franco y Hitler se trató la conquista de Gibraltar. El nombre cifrado de esta operación era Isabella/Felix. De hecho, se envió a 50 oficiales alemanes a Marruecos, se ensayó la toma del Peñón al noroeste de la ciudad de Besançon, mientras una división española ensayaba el asalto en Algeciras. La operación tenía fecha: enero o febrero de 1941. Jamás se realizó porque Hitler decidió atacar Rusia. El Führer prefería una neutralidad benévola. La España de Franco, fingiendo ser neutral, autorizó la reparación y el suministro de los submarinos y navíos de guerra alemana. Y España apoyó a la Luftwaffe para atacar a la flota angloamericana.

Una tarde con las damas en la Guerra

Eva Braun acostumbraba ver junto a sus amigas películas en color americanas en la bolera. Cuando retornaban al salón, junto a la gran sala en la que se hallaba Hitler, llamaban su atención con sus risas y conversaciones en voz alta. Con ello querían darle a entender que "ya estaba bien de guerras", que ya era hora de que les dedicara su atención. Junto a ellas llegaban también Negus y Stasi, los cachorros de Eva Braun, y se revolcaban por el suelo.

Hitler se presentaba ante las damas. Su faz tenebrosa se aclaraba por momentos. En la vecina gran sala, los ordenanzas encendían el fuego de la chimenea. El dictador, Eva Braun, la hermana de ésta, Gretl, la dama de compañía de Eva, las amigas de Eva, Morell, Hoffmann, Dietrich, Brandt, Bormann, los ayudantes y las secretarias volvían a reunirse allí. Hitler se sentaba junto a la chimenea, al lado de Eva Braun. Las mujeres formaban grupos, sentadas o recostadas en los sofás y los pesados sillones de felpa que formaban un semicírculo en torno al fuego.

De esta manera discurrían lo que se conocía como las tardes del té. Los ordenanzas servían champán, licor, té, café y un refrigerio. Eva Braun estaba sentada con las piernas encogidas y tocada con una gorra de piel. En presencia de Hitler guardaba silencio y prefería escuchar mientras sus amigas charlaban sobre la película que acababan de ver.

En el gran armario de la pared había miles de discos. Hitler prefería música ligera para esas reuniones. Siempre escuchaba las mismas operetas de Lehár y Suppé. La conclusión de la velada era invariablemente la obertura de La viuda alegre. Hitler podía escuchar discos hasta las dos o las dos y media de la madrugada. Sólo entonces se retiraba a sus habitaciones privadas. Eva Braun, por lo general, se acostaba más temprano.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Leni Riefenstahl


En 1902 nació en Wedding, en Berlín, una barriada obrera. Helene Amalie Bertha Riefenstahl. Criada en un vecindario sacudido por suicidios diarios y un índice de raquitismo del 20 por ciento, se forjó la voluntad y la ambición de Leni Riefenstahl.

Una representación infantil de «Blancanieves» iluminó el talento de esa niña de 5 años que había aprendido a leer prematuramente. Su vocación era el espectáculo. Delante aguardaba una fulgurante carrera en los escenarios como bailarina -que se truncó cuando se lesionó la rodilla: «De todo lo demás que he hecho en mi vida como artista, la danza fue lo que más me fascinó y me hizo feliz», declaró ya centenaria-.

Su destino quedó marcado en junio de 1924. Mientras esperaba su tren se acercó a un cine próximo para ver una película. Proyectaban «La montaña del destino», de Arnold Fanck, y desde entonces su mirada perteneció al cine. Entró en contacto con el realizador y éste, fascinado, escribió un guión para ella: «La montaña sagrada» (1926), un triángulo amoroso en lo más alto de las cumbres que se reproduciría alrededor de la actriz fuera de las pantallas.

El filme la convirtió en una estrella. El siguiente hito fue «El infierno blanco de Pitz Palü». Fue la segunda cinta más vista de Alemania y el nombre de Leni ya pasaba de boca en boca. Pero su fama no la ayudó para trabajar para conseguir el papel de «El ángel azul» (según Riefenstahl lo perdió frente a Dietrich). A partir de ahí, juró, como una Vivien Leigh, que se haría a sí misma.

Su proyecto «La luz azul» está en la raíz de su antisemitismo. Creada, interpretada y dirigida por ella, recogió unas reseñas muy malas en los diarios democráticos. «Estos críticos judíos no entienden nuestra mentalidad. No tienen ningún derecho a criticar nuestro trabajo», dijo Leni. No reparaba en los judíos que la habían ayudado a terminar la cinta. Se había pasado al nazismo.

A Hitler lo vio por primera vez ante un mitin: «Fue como si me cayera un rayo», reconoció Riefenstahl. Y durante su primer encuentro personal, Hitler le dijo: «Cuando ostentemos el poder, usted debe hacer mis películas». El Führer dejó en ella una impresión de hombre «inesperadamente modesto, natural y desinhibido». En toda su historia, en el Partido Nazi sólo hubo un 5 por ciento de mujeres. Ella llegó al círculo íntimo. Su pasión por el jerarca surgió tras la lectura de 'Mi lucha' y, al igual que otros millones de personas, apeló al hechizo de su personalidad en tiempos duros para Alemania. Desde su primer encuentro con el Führer, mantuvo una relación privilegiada con la Cancillería, que se mantuvo hasta el fin. Nunca hubo un creador cinematográfico con medios tan abundantes y, posiblemente, un ego no menos desmesurado, a pesar de que las críticas por su vinculación política nunca dejaron de acosarla.

La quema de libros, el orden nazi, el boicot contra los judíos. Riefenstahl negó conocer todo. Más tarde comentaría: «Sólo yo debería haber previsto que un día las cosas cambiarían». De momento rodaría los largometrajes sobre el Tercer Reich. Conocería a los dirigentes del régimen. A Goebbels lo llamaba, en la intimidad, «el tullido», el ministro de Propaganda, con quien mantuvo una tormentosa relación plagada tanto de ensalzamientos como de amenazas directas.; Martin Bormann «era un hombre muy primitivo» y Albert Speer, por el contrario, era «atractivo e impresionante».

Los rumores sobre el origen judío de la madre de Riefenstahl desencadenaría una investigación, ordenada por Hess, que no concluyó nada (no repararon en la falsificación de la prueba de descendencia que ella había preparado). Mientras, rodó una serie de cintas: «La victoria de la fe», y sobre todo «El triunfo de la voluntad», un clamoroso éxito en Alemania, con las famosísimas tomas del congreso del partido nazi en la explanada de Nuremberg, que mostró su peculiar manera de hacer, síntesis entre las técnicas documentales y narrativas, realzadas con una disposición de las cámaras muy calculada y osada, fruto de la obsesiva experimentación. El resultado se culminaba mediante una no menos extraordinaria labor de montaje. La sutil relación entre evocaciones poéticas, apelaciones al sentimiento del pueblo alemán, y el colosalismo de la puesta en escena generó imágenes muy seductoras, que proporcionaron el imaginario nacionalsocialista. La directora apeló a la vertiente artística de las cintas, pero nunca pudo desligarla de la responsabilidad moral, una carga que siempre la persiguió.

«El día de la libertad» fue otro éxito pero la fama mundial le llegó con «Olimpiada», el alarde de técnica e innovación sobre las Olimpiadas de Berlín, donde Hitler afirmaba: «Alemania necesita la paz y desea la paz». Se considera técnicamente y por sus originales planteamientos estéticos una revolución en el concepto propagandístico y en definitiva el mejor documental de la historia del cine La celebración de la cita olímpica en Berlín en 1938 suponía una ocasión única para difundir la nueva imagen del país y Riefenstahl se aplicó. Su osadía la llevó a una puesta en escena en la que se combinaban innumerables artificios técnicos y medios técnicos que generaron miles de metros de celuloide. Aunque la cineasta reclamó su iniciativa como un logro individual, 'Olimpiada' se convirtió en una tarjeta de presentación del nuevo gobierno de Berlín, una herramienta de la propaganda de Goebbels, y, como tal, concitó el rechazo de los aliados.

La guerra irrumpió. Riefenstahl siguió a las tropas en Polonia con una pistola y un cuchillo en el cinto. Presenció la masacre en Konskie, de la que se «marchó visiblemente alterada», según un testigo. Retomó «Tierra baja», la película más cara de Alemania, financiada por Hitler.

Al final la catástrofe. La apresaron soldados americanos y luego se enfrentó a la realidad. «Oculté la cara entre las manos». Dachau, Auschwitz, Buchenwald... «No sabía nada de eso», dijo, como antes con «La noche de los cristales rotos».

Leni (1902-2003) pasó sus últimos 60 años negando lo evidente: que era la cineasta favorita de los nazis, que financiaron generosamente sus películas; íntima de Adolf Hitler, echaba la culpa de todos sus contratiempos a los judíos.

Sobre todo, Leni pleiteaba. Azuzaba a sus abogados cuando alguien se atrevía a refutar su desconocimiento de las masacres nazis (y aparecían unas fotos que la situaban en medio de una matanza de la Wehrmacht en Polonia). También negó haber usado a prisioneros del Tercer Reich como extras en su versión de Tierra baja, unos desdichados gitanos a los que caracterizó como campesinos españoles. Se salvó por un tecnicismo: no salieron de un campo de exterminio, sino de un campo intermedio, anterior a su destino final.

El instinto de supervivencia de esta mujer tuvo una nueva oportunidad tras leer 'Las verdes praderas de África'. Probablemente, llegó hasta la novela de Ernest Hemingway cuando se documentaba en torno a las corridas de toros y el continente negro la atrapó. La seducción se produjo en 1952 y durante la segunda mitad del siglo emprendió al sur de Sudán una ardua labor, fundamentalmente fotográfica, con talante antropológico y etnográfico con sus erotizados retratos de los atléticos nuba africanos. Para Susan Sontag, sus nubas "son mejores nazis, bárbaros más puros, los verdaderos teutones". Para entonces, ya era una figura de cierto glamour. Fue celebrada por Andy Warhol, Jodie Foster pretendió interpretarla en un biopic, trató a Mick Jagger.

"De qué soy culpable? Nunca he pronunciado un solo término antisemítico. No he arrojado ninguna bomba atómica". Leni Riefenstahl no se arrepintió de su colaboración con Hitler, aunque durante la mitad de su larga vida, un siglo, hubo de enfrentarse a graves acusaciones y el constante recuerdo de su trabajo para el III Reich. El Führer condujo a Alemania al desastre más absoluto, mientras que la mítica directora cinematográfica, a través de sus poderosas imágenes, contribuyó decisivamente a crear el aura seductor y mesiánico del genocida.

También rodó una película submarina, 'Impresiones bajo el agua', estrenada coincidiendo con la celebración de su centenario. El hecho sirvió para que las críticas y denuncias por su colaboracionismo volvieran a llenar los medios de comunicación. Falleció poco después y, cinco años más tarde, su leyenda artística sigue vigorosa, y plena de controversia.





jueves, 9 de abril de 2009

Eichmann y la maldad de los burócratas

,En 1961 Hannah Arendt asistió al proceso contra Adolf Eichmann en Jerusalén. Era reportera de la revista The New Yorker. En su libro subtitulado Un informe sobre la banalidaddel mal, postulaba que por la no posesión de un motivo para el mal este es banalizado. Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto expone su tesis complementaria según la cual el Holocausto no fue un fenómeno ocasional de una barbarie precivilizada, la expresión de una brutalidad salvaje contra lo humano, sino una consecuencia lógica (y añade que era del todo evitable) de la civilización moderna y su “creencia en la ingeniería social a gran escala”.

Adolf Eichmann era un alto oficial de las SS responsable del asesinato de millones de judíos durante la II Guerra Mundial. Eichmann se unió a la policía secreta nazi (Gestapo) en 1934 y cuando los alemanes anexionaron Austria en 1938, se le encargó el cometido de deportar a los judíos de ese país de acuerdo con la política antisemita nazi. Durante la II Guerra Mundial estaba encargado de ‘la solución final del problema judío’, en el curso de la cual los judíos de toda Europa ocupada por Alemania fueron enviados a campos de concentración para su total exterminio. Después de la guerra, Eichmann escapó ayudado por la organización ODESSA, pero en 1960 agentes israelíes le localizaron en Argentina, le secuestraron y le llevaron a Israel. Enjuiciado en Jerusalén y acusado de crímenes contra la humanidad, fue ahorcado dos años después.




La filósofa alemana afirmó que cuanto más se escuchaba a Eichmann, más evidente resultaba que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar. Fundamentalmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona.

Que inclusive no era posible establecer comunicación alguna con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros y, por ende, contra la realidad como tal.

Retazos del libro de Arendt

[...] El miembro de la jerarquía nazi más dotado para la resolución de problemas de conciencia era Himmler. Himmler ideaba eslóganes, como el famoso lema de las SS, tomado de un discurso de Hitler dirigido a estas tropas especiales, en 1931, "Mi honor es mi lealtad" -frases pegadizas a las que Eichmann llamaba "palabras aladas", y los jueces de Jerusalén denominaban "banalidades"-, y los difundía, tal como Eichmann recordaba, a finales de año, seguramente acompañadas de una gratificación de Navidad. Eichmann únicamente recordaba uno de estos eslóganes. Y lo repetía constantemente: "Éstas son batallas que las futuras generaciones no tendrán que librar". Se refería a las batallas contra las mujeres, los niños, los viejos y las "bocas improductivas".

Eichmann durante el juicio en Jerusalén

He aquí otras frases tomadas de los discursos que Himmler dirigía a los comandantes de los Einsatzgruppen y a los altos jefes de las SS y de la policía: "Haber dado el paso al frente y haber permanecido íntegros, salvo excepcionales casos explicables por la humana debilidad, es lo que nos ha hecho fuertes. Ésta es una gloriosa página de nuestra historia que jamás había sido escrita y que no volverá a escribirse", "La orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir", "Sabemos muy bien que lo que de vosotros esperamos es algo sobrehumano, esperamos que seáis sobrehumanamente inhumanos".

Lo que se grababa en las mentes de aquellos hombres que se habían convertido en asesinos era la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única ("una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años"), que, en consecuencia, constituía una pesada carga. Esto último tiene gran importancia, ya que los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza, y los jefes hacían un esfuerzo sistemático para eliminar de las organizaciones a aquellos que experimentaban un placer físico al cumplir con su misión.

Las tropas de los Einsatzgruppen procedían de las SS armadas, unidad militar a la que no cabe atribuir más crímenes que los cometidos por cualquier otra unidad del ejército alemán, y sus jefes habían sido elegidos por Heydrich entre los mejores de las SS, todos ellos con título universitario.

De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler -quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas- era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: "¡Qué horrible es lo que hago a los demás!", decían: "¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!".

El hecho de que Eichmann recordara mal las ingeniosas frases de Himmler quizá sea un indicio de que existían otros medios más eficaces para resolver los problemas de conciencia. Entre todos ellos destacaba, como Hitler había previsto certeramente, el simple hecho de la guerra.

Eichmann repitió una y otra vez la existencia de "una actitud personal diferente" con respecto a la muerte, "cuando uno ve muertos en todas partes", y cuando todos esperaban con indiferencia la propia muerte. "No nos importaba morir hoy o morir mañana, y, en ocasiones, maldecíamos el amanecer que nos pillaba todavía vivos."


Conclusión

A pesar de los millones de personas asesinadas, a pesar de la inmensa crueldad de las acciones que se llevaron a cabo, no fue el resultado de la acción de sádicos degenerados, ni de enfermos mentales, como resultaría tranquilizador creer. Exigió la colaboración de honrados ciudadanos, de intelectuales, de científicos, de personas que, en la mayor parte de los casos serían incapaces de crueldad directa contra sus semejantes que, probablemente, reprobarían el uso de la violencia física y que jamás la habían utilizado y, pese a todo, consiguió dicha colaboración.

¿Cómo fue posible?: se había logrado la invisibilidad de las víctimas, deshumanizándolas, aislándolas, sacándolas de la vista de la mayoría, convirtiéndolas en entes intercambiables y, lo más importante, totalmente diferentes del resto de ciudadanos. Se había logrado una perfecta división del trabajo, totalmente jerarquizada que permitía a cada uno de los funcionarios implicados obtener la satisfacción del trabajo bien hecho, traspasando la responsabilidad moral al funcionario inmediatamente superior.

Se utilizaba un lenguaje neutro, aséptico, que permitía dormir las conciencias y otorgar una sensación de rutina, de normalidad. No existía una relación directa entre la nimiedad del gesto individual y la inmensidad del resultado. Ni se veía a las víctimas, ni existía una relación directa entre el trabajo de cada uno y el resultado de dicho trabajo, siempre existía un intermediario que garantizaba que la responsabilidad se diluyera. Se había utilizado, en fin, la burocracia y como en toda burocracia, lo importante eran los medios, los procedimientos, los reglamentos y no el fin que se perseguía.

De la misma forma se hizo posible la mayor crueldad, se logró la colaboración de las propias víctimas, a las que siempre se concedió el engaño de la lógica: sin poder imaginar el horror que se gestaba, acostumbradas a pensar en un mundo ordenado racionalmente, se les ofreció siempre, hasta el último momento, la apariencia de una organización racional, en la que existían leyes, procedimientos, categorías con las que podían, actuando siempre según los medios de los que anteriormente se habían valido, minimizar el sufrimiento y salvar la vida.

Es decir, fueron los propios mecanismos en los que solemos confiar para garantizar el bien general los que lograron que el éxito fuese completo. Los mismos mecanismos que siguieron funcionando actualmente. No quiere decir esto que la burocracia y la moderna organización social den cómo resultado necesariamente un fenómeno como el Holocausto, pero sí que contienen los elementos que lo hicieron posible y que dichos elementos no han sido puestos en duda como debieran. La mayor parte de las personas somos capaces de causar un daño importante a otras si ocupamos una posición de poder o si existe una autoridad firme que nos lo ordene.

Como decía el defensor de Eichmann en el juicio, se va a condenar a un hombre por hechos que, si hubieran sido otros los vencedores, le habrían glorificado.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Hitler, Kubizek y apártame de ese iluminado

Allá por el invierno de 1908 el joven Hitler vivía en Linz, un pueblecito austríaco cercano a la frontera alemana. Ya desde esa temprana juventud se había sentido atraído por las narraciones de las viejas leyendas alemanas.Y por descontado las operas del compositor alemán Richard Wagner, y su grandioso universo asociado a antiguas leyendas nórdicas sobre el santo grial y otros temas mitológicos, como el anillo de los Nibelungos, lo que no pasaba desapercibido para el hijo del aduanero, aspirante entonces a arquitecto o pintor reconocido.

Kubizek

Su único amigo entonces, August Kubizek, recordaría años después una fecha concreta de una desapacible tarde de noviembre. (Memorias de Kubizek, llamadas El joven Hitler que conocí) Esa noche representaban Rienzi una opera wagneriana donde se narraba como el pueblo de Roma era subyugado por la nobleza; los hombres son obligados a la servidumbre, las mujeres y doncellas son deshonradas y ultrajadas. Pero en un momento concreto, de entre la multitud surge Rienzi, un hombre del pueblo, sencillo y desconocido, el liberador de su nación.

La escena generó una honda impresión en los dos jóvenes y la tensión siguió en aumento cuando Rienzi, tras llegar al poder en Roma, es traicionado por sus propios seguidores que acaban asesinándolo. Conmovidos presenciaron la caída de Rienzi. Al final, abandonaron en silencio el teatro siendo ya medianoche. Kubizek recuerda: "Mi amigo caminaba por las calles, serio y encerrado en sí mismo, las manos profundamente hundidas en los bolsillos del abrigo, hacia las afueras de la ciudad. Esto me asombró". Le preguntó su parecer sobre la obra. "Entonces Adolf me miró extrañado, casi con hostilidad".

La húmeda y helada niebla se extendía densa sobre las estrechas y desiertas callejuelas en medio de la noche. Los acelerados pasos resonaban extrañamente sobre el adoquinado. Tomaron un camino que pasaba por delante de las pequeñas casitas de los arrabales de la ciudad.

"Ensimismado, mi amigo caminaba delante mí. Todo esto me parecía casi inquietante. Adolf estaba más pálido que de costumbre. El cuello del abrigo levantado reforzaba aún más esta impresión. No había ya nadie a nuestro alrededor. La ciudad estaba sumida en la niebla... Como impulsado por un poder invisible, ascendió hasta la cumbre del Freinberg (la cumbre mas alta de la zona). Y ahora pude ver que no estábamos en la obscuridad, pues sobre nuestras cabezas brillaban las estrellas".

"Adolf estaba frente a mí. Tomó mis dos manos y las sostuvo firmemente. Era éste un gesto que no había conocido hasta entonces en él. En la presión de sus manos pude darme cuenta de lo profundo de su emoción. Sus ojos resplandecían de excitación. Las palabras no salían con la fluidez acostumbrada de su boca, sino que sonaban rudas y roncas... Nunca hasta entonces, ni tampoco después, oí hablar a Adolf Hitler como en esta hora en la que estábamos tan solos bajo las estrellas, como si fuéramos las únicas criaturas de este mundo. Me es imposible reproducir exactamente las palabras que mi amigo dijo".

"En estos momentos me llamó la atención algo extraordinario que no había observado jamás en él, cuando me hablaba lleno de excitación: parecía como si fuera otro. Pero no era, como suele decirse, que un orador es arrastrado por sus propias palabras. ¡Por el contrario! Y tenía más bien la sensación como si él mismo viviera con asombro, con emoción incluso, lo que con fuerza elemental surgía de su interior. No me atrevo a ofrecer ningún juicio sobre esta obsesión pero era como un estado de éxtasis, un estado de total arrobamiento... En imágenes geniales, arrebatadoras, desarrolló ante mí su futuro y el de su pueblo... hablaba de una misión, que recibiría un día del pueblo, para liberarlo de su servidumbre y llevarlo hasta las alturas de la libertad... El silencio siguió a sus palabras".

Treinta años después Kubizek, su amigo de juventud, quedo asombrado cuando Hitler recordó a la señora Wagner en cuya casa habían sido invitados, la escena que había tenido lugar después de la representación del Rienzi en Linz. Tras el relato, Hitler le dijo seriamente: En aquella hora empezó.

No fue la unica ocasión en que sucedieron ese tipo de fenómenos. En las cartas que enviaba desde la trinchera el cabo Hitler en la primera guerra mundial, se advierte con la creencia de que debe la vida a una cadena de milagros; que los escudos le protegieron una y otra vez; que mientras la mayor parte del regimiento era sacrificada en un baño de sangre, él gozaba de la protección especial de la Providencia.

En ese sentido, es interesante una experiencia ocurrida en la primera guerra mundial que relataría a la periodista Janet Flanner. Según diría Hitler a la periodista: "me encontraba cenando en una trinchera con varios compañeros de milicia y de pronto sucedió lo impredecible. Repentinamente pareció que una voz me decía ¡levántate y vete allí!. La voz era tan clara e insistente que automáticamente obedecí, como si se tratase de una orden militar. De inmediato me puse en pie y caminé unos veinte metros por la trinchera. Después me senté para seguir comiendo, con la mente otra vez tranquila. Apenas lo había hecho cuando, desde el lugar de la trinchera que acababa de abandonar, llego un destello y un estampido ensordecedor. Acababa de estallar un obús perdido en medio del grupo donde había estado sentado. Todos sus miembros murieron".

Moraleja de todo ésto: No sientas que tienes una misión que cumplir, porque lo pagará el prójimo.

viernes, 20 de febrero de 2009

La guerra de Rusia

ASI FUE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. RUSIA FRENA EL IMPETU DE LA BLITZKRIEG (Militaria - II Guerra Mundial)

En la mañana del 22 de junio de 1941 el ejército alemán comienza la invasión de la Unión Soviética y sus carros blindados avanzan a velocidad vertiginosa. Stalin no acepta las noticias que van llegando y se encierra en los salones del Kremlin, no contesta llamadas y se sumerge en un estado como catatónico. Pasan los días, los soldados alemanes se acercan volando, pero el dictador se acurruca en un rincón de sus inmensas estancias y balbucea a solas. Los subalternos, con Beria a la cabeza, no se atreven a informarle de que en Kiev han perdido medio millón de hombres.

En octubre los alemanes están a ciento veinte kilómetros de Moscú y en la capital cunde el pánico. El 14 de octubre se dio aviso a las embajadas para que abandonaran la ciudad, ante la inminencia de la invasión. No obstante, esa estación moscovita, entre el otoño y el invierno, es traicionera. A días cálidos y veraniegos pueden suceder otros de lluvias primaverales y luego una súbita congelación invernal. De hecho, eso es lo que sucede.

Los ejércitos alemanes, la 10ª Panzerdivission y la SS Das Reich que estaban preparando el asalto desde Kalinin, se habían detenido en el mismo lugar en donde Napoleón dio la batalla que él creyó decisiva, Borodino. A partir de ese momento, la historia se repite con toda exactitud. El 15 de octubre la ofensiva choca contra el general Georgi Yukov. En el sur, en Rostov, junto al mar de Azov, el mariscal Von Kleist comienza a retroceder. Es que ya ha comenzado su trabajo el General Invierno.

A los días de deshielo siguieron otros de intensa lluvia que provocaba barrizales espesos y profundos en los que los tanques quedaban presos. A continuación se serenaba el cielo y caía como la congelación. Para cuando comenzó diciembre, los alemanes tenían que encender hogueras bajo los tanques para poder arrancar los motores. En ese momento ya habían perdido la guerra. Era la repetición casi exacta de la derrota de la Grande Armée.

La confianza en el poder aplastante de la técnica, una vez más, había contribuido al desastre estratégico. Lillian Hellman, que trabajaba por entonces de corresponsal en el lado soviético, cuenta que un general la llevó en jeep hasta una de las llanuras donde había tenido lugar una de las batallas decisivas. El campo estaba cubierto de cadáveres congelados. “¿Qué ve usted?”, le preguntó el general. “Veo alemanes muertos”. “No, no. Fíjese bien”, insistió el ruso. Y como ella no adivinara, el general, con gesto impaciente, estiró de una de las perneras de un cadáver, un trozo de tela rígida como cartón. “¿No lo entiende? ¡Es el uniforme de verano!”. La confianza de Hitler en una victoria relámpago había acabado con su ejército.

De esta campaña no hay mejor narración que la de Vassily Grossman, el imprescindible novelista de Vida y Destino, en los cuadernos de notas recogidos por Antony Beevor (Un escritor en guerra, Editorial Crítica). Él estaba allí, en primera línea. Durante la retirada y ante el silencio del Kremlin, incapaz de aceptar lo que estaba pasando, los periódicos decían cosas singulares. Grossman pone dos ejemplos:

Cuando comenzaron las llamadas telefónicas desde la frontera a los cuarteles generales informando de que había comenzado la guerra, algunos de ellos recibieron la siguiente respuesta: “No caigan en provocaciones”.

Y cuando ya no podían ocultar más tiempo lo que estaba sucediendo, este espléndido titular: “El enemigo, muy dañado, prosiguió su cobarde avance".

sábado, 3 de enero de 2009

No estaba solo, ni mucho menos

Archivo:Krakow Ghetto 06694.jpg

El Gueto de Cracovia, 1943

Hitler no estuvo solo. La matanza de seis millones de judíos por parte del régimen nazi fue posible por la extensión en la sociedad alemana de un pensamiento antisemita previo a la llegada de Hitler al poder. Sin la colaboración de cientos de miles de ciudadanos alemanes, el Holocausto no se habría producido; aunque también es cierto que necesitó de la presencia del siniestro personaje que dirigió los destinos de Alemania desde 1933.

La idea de que la masacre fue ejecutada por una minoría fanática, subyugada por Hitler y la tesis de que los alemanes actuaron bajo el miedo o la coacción a la hora de atentar contra los 550.000 judíos que vivían en Alemania en 1933, se pueden descartar.

La tradición antisemita estaba ya profundamente viva en la sociedad alemana de los siglos XVIII y XIX, en los que se habla del Judenfrage (el problema judío), como una cuestión clave para el futuro de la nación. Una amplia corriente intelectual consideraba que sin la expulsión o la eliminación de los judíos la nación germánica no podría prosperar. Lo judío era asimilado a lo ajeno, lo oscuro, lo sucio, lo corrompido. No hay más que acudir al tratamiento de la figura del judío en las óperas de Wagner o a las reflexiones de Nietzsche sobre la moral de los débiles.

En este caldo de cultivo intelectual, germina la noción del Volk, el pueblo, que pasa de unas connotaciones románticas en la obra de Hölderlin, o en Hegel, a adquirir el carácter diferenciador de raza. Volk es lo germánico frente a lo bárbaro, lo nuestro frente a lo otro, lo puro y ario frente a lo extraño.

Esta ideología impregna a toda la sociedad alemana en los duros años 20 de la República de Weimar, una época marcada por la inflación, el paro y la inseguridad. La fundación del Partido Nacional Socialista asume el dogma del antisemitismo y lo lleva a las últimas consecuencias: Adolf Hitler escribe en la cárcel, tras el fallido putsch de Múnich de 1923, sobre el peligro judío y sostiene ya la necesidad de eliminar físicamente a esta minoría de la sociedad alemana, que no representaba ni el 1% de la población en aquellos años.

La llegada al poder de los nazis tras ganar las elecciones de 1933 trajo como consecuencia una virulenta campaña de propaganda e intimidación.

Pero es, a partir de finales de 1941, cuando comienza el gran exterminio de judíos, cuyo brazo ejecutor son las SS comandadas por Himmler y Heydrich. Más de tres millones de judíos -tal vez cuatro- son asesinados en los más de 600 campos de la muerte existentes en Alemania, Polonia y Ucrania.

Tras las tropas rusas que invaden Rusia, van detrás los Einsatzgruppen de las SS, cuya función es aniquilar cualquier vestigio de oposición o judaísmo en la población ocupada. Cientos de miles de personas son ejecutadas en Ucrania y Rusia en el verano de 1941, en una orgía de sangre y venganza.

¿Conocía el pueblo alemán estas brutalidades? No sólo estaban enterados los miembros de las SS o del Ejército, que eran testigos directos, sino los guardianes, los que transportaban a los detenidos a los campos, la maquinaria burocrática y, en suma, millones de ciudadanos que veían las deportaciones y las desapariciones de familias enteras judías.

La distancia media de los campos de internamiento en Alemania se puede calcular en 80 kilómetros. Existían en todas las ciudades medianas y grandes, por lo que es imposible que la gente permaneciera ignorante del destino de los que allí eran conducidos, que nunca volvían a sus hogares.

Seguramente tan injusto es presentar el Holocausto como el resultado de la acción de un grupo de fanáticos, como generalizar la culpa a toda la sociedad alemana. Hitler nunca omitió en sus discursos las referencias a la eliminación de los judíos. Estos fueron perseguidos en público, saqueados y marcados con la estrella de David. Fueron llevados a campos de exterminio y masacrados. Y millones de alemanes miraron para otro sitio. Ellos son quienes mejor pueden responder por qué fue posible esta orgía de sangre y destrucción. En las memorias del intelectual judío alemán Víctor Kempeler que permaneció en su país durante los fatídicos años, se ven también muestras de solidaridad, apoyo y comprensión por parte de muchos alemanes.

El Holocausto es el sumatorio de una iniciativa individual y personal, más otra, más otra, más otra hasta cumplir el atroz número de los individuos, de los hombres y mujeres que de un modo absolutamente voluntario y entusiasta perpetraron el mayor asesinato colectivo que recuerda la historia. Los perpetradores fueron un grupo numeroso (no menos de 100.000 y quizá hasta 500.000); que la mayor parte no pertenecían a las SS ni siquiera al partido nazi, sino que procedían de todos los ámbitos sociales, religiosos, culturales y regionales de Alemania (en conjunto, trazan un perfil bastante completo de la sociedad alemana; gente corriente); y no hay evidencias de que un solo alemán fuera represaliado por negarse a asesinar.

No estaban obligados a matar, y sus superiores les recordaban sinceramente esa libertad de elección que tenían. Pero la mayoría de los que lo hicieron aceptó con gusto la tarea de matar judíos.

Por qué razón un número tan alto de personas escogió matar a los judíos. No podemos asumir que el mecanismo se puso en marcha a una orden de Hitler. La enorme crueldad y brutalidad de los asesinos no obedecía a órdenes superiores, era algo voluntario. A través de los testimonios de víctimas y asesinos, se concluye que esos asesinos voluntarios pensaban que lo que hacían estaba bien. Como dijo uno de ellos, no veían al judío como un ser humano.

El carácter voluntario de la colaboración de los ciudadanos alemanes en el Holocausto se pone de manifiesto en que, durante el nazismo, no faltaron las protestas contra distintos aspectos de la política del Gobierno, pero apenas las hubo contra la persecución a los judíos.

En 1943 fueron arrestados unos judíos casados con ciudadanas alemanas. Sus mujeres organizaron espontáneamente una marcha a la prisión en que estaban encerrados. ¿Qué hizo el régimen, disparó a estas mujeres, las detuvo, las envió a un campo de concentración? Nada de eso; soltó a sus maridos, los cuales sobrevivieron.Es el único caso de protesta conjunta. Si los alemanes hubieran considerado a los judíos como ciudadanos, como iguales, como hermanos, no se habría llegado a lo que se llegó.

Una noche, a mediados de noviembre de 1942, en la Polonia ocupada por el Tercer Reich, el Batallón policial 101, compuesto por alemanes voluntarios de más que mediana edad, y dedicado a la tarea de apalear y asesinar judíos, recibió a uno de los llamados grupos «proveedores de bienestar» para entretener su descanso.

Estos grupos «proveedores de bienestar» amenizaban el ocio de las tropas con música y conferencias. Es decir, estaban integrados por profesionales de la música y de la palabra, esas dos instituciones sagradas del espíritu y la cultura de Occidente y sin las que es imposible entender el humanismo contemporáneo.

Interpretaban a Beethoven y a Schubert y hablaban de lo divino y de lo humano. Eran artistas. Pues bien, según estaban dedicados a su arte para deleite de los hombres del Batallón policial 101, éstos supieron que al día siguiente irían a matar judíos a Lukov. Cuando los artistas se enteraron de tan siniestra inminencia reaccionaron como un solo hombre: todos, sin faltar uno, rogaron del modo más vehemente que les permitieran participar en la matanza. No dudaron un instante ni vacilaron lo más mínimo en abrazar una tarea que nadie les había exigido y que nadie esperaba de ellos. Al día siguiente, aquellos artistas constituyeron la mayoría del grupo ejecutor.

Por ejemplo, en la marcha de la muerte desarrollada entre Helmbrecht y Prachatrice, las unidades de vigilancia recibieron órdenes expresas de no seguir matando judíos, dado que Himmler estaba ya negociando con los altos mandos del ejército americano. Las órdenes de Himmler no se cumplieron.

Si alguno hubiera dicho que no estaba dispuesto a matar -por motivos morales, estéticos o meramente fisiológicos-, nadie le habría obligado a ello. Y, sin embargo, mataron. Caminaban hacia un bosque con su víctima al lado. Y cuando llegaban al bosque la mataban cara a cara, sin dejar de hablar con ella y a una distancia en que lo habitual era que los sesos y las esquirlas de huesos se adhirieran a la ropa del verdugo.

Eran voluntarios que asesinaban de un modo no sólo vocacional. Semejantes verdugos nunca se manifestaban de una manera fríamente distante con respecto a su víctima, como habría hecho un verdugo profesional o el helado funcionario al servicio meramente técnico de una tarea asignada.

El verdugo de los batallones policiales, de los campos de trabajo y de las marchas de la muerte añadía a sus estrictas cualidades de verdugo el calor y la cercanía del entusiasmo derivado de su plena y profunda convicción.

En estas unidades, sus miembros no tenían ningún adiestramiento ideológico especial, como tampoco antecedentes militares, que a menudo eran mayores, alrededor de 35 años por término medio, y padres de familia, no los manejables muchachos de dieciocho años que tanto les gusta a los ejércitos moldear. Además, esas unidades acababan interviniendo en las operaciones de matanza no intencionadamente sino por azar. Al enviar aquellos hombres a matar, el régimen procedía como si cualquier alemán estuviese en condiciones de ser un verdugo de masas.

En cuanto a los campos de trabajo, planteados como la extracción al judío -entre otros- de una contribución al esfuerzo de la guerra, esa extracción nunca se intentó con afán de rentabilidad laboral o económica alguna. El propósito de los campos de trabajo era el de extinguir la vida judía de una manera ejemplar, con la mayor cantidad de sufrimiento posible previa al tiro en la nuca.

En el gueto de Varsovia, por ejemplo, el trabajador forzado polaco tenía asignadas 634 calorías diarias, mientras el judío unicamente consumía trescientas (el soldado alemán gozaba de 2.310 calorías).

El forzado judío arrastraba piedras por el campo o limpiaba el suelo con un cepillo de mano, èse era el trabajo al que se obligaba al forzado judío en un momento en el que las necesidades económicas alemanas eran realmente extraordinarias. En Buchenwald, el trabajo de los judíos consistía en transportar sacos de sal mojada de un lugar a otro. Heydrich había anunciado en enero de 1942 que «los judíos serán reclutados para trabajar... e indudablemente gran número de ellos serán eliminados por el desgaste natural».

En conclusión, cuando el Partido Nazi elevó a categoria política la fantasía cultural del genocidio universal de una raza, era plenamente consciente de que contaba para ello con una masa social dispuesta a semejante aberración. Era la conclusión de una secuencia histórica en la que la agresión al judío representaba un ingrediente natural. Entre 1861 y 1895 se publicaron en Alemania cincuenta escritos de los que 28 pedían una solución a la «cuestión judía», y 19 de éstos exigían «el exterminio físico de los judíos».

Thomas Mann, por ejemplo, no fue ajeno a tan intensa sedimentación antisionista: «Después de todo -afirmó el autor de La montaña mágica- no es una desgracia que se haya puesto fin a la presencia judía en la judicatura».

Al día siguiente de la Noche de los Cristales, un mitin antisionista en Múnich reunió a más de cien mil personas entre las que no abundaban los uniformes, precisamente. «Innumerables enfermedades -dijo Hitler- tienen por causa un solo bacilo: ¡los judíos!».

Acabar con esa peste fue una causa abrazada por gente que leía a Holderlin y se emocionaba con Haydn y mecía a sus hijos en las cunas y cuidaba de que los animales domésticos no padecieran infecciones. Gente que acudía con regularidad a las liturgias de su fe. Gente para la que el exterminio de los judíos -con o sin nazis- era una empresa que causaría tanto alivio como la extinción de todo y cualquier parásito sobre la faz de la tierra.

Estas personas no eran ciudadanos indocumentados y confusos. Tenían un sistema de valores y unos nítidos conceptos del bien y del mal. Cuando mataban a judíos, se retrataban junto a la pila o la fosa de sus víctimas, fechaban la foto, la firmaban y la enviaban a parientes y amigos. Así acreditaban que habían cumplido su deber.

Gente que podría pasar tan desapercibida como tu o como yo, sin ir más lejos.

Basado en las investigaciones de los profesores Daniel Goldhagen y Robert Gellately.

jueves, 1 de enero de 2009

Escena familiar

Vamos a dejar las trascendencias y voy a poner algo cotidiano, aquí con unos familiares a principios de este verano, disfrutando y bromeando en la montaña. Me dejé bigote y el bastón no es por cojera, sino para ayudarme en la subida hasta la casa, a pie.





Como pueden suponer era una broma, el film es de la colección privada de Eva Braun, verano de 1939, grabado en la casa Berghof, cerca de Berchtesgaden. Las voces son originales, Hitler, Goebbels, Speer, Eva y Gretl Braun, Bruckner (guardaespaldas de Eva). Berghof, conocida como El nido del águila, era la casa en las montañas desde la cual el dictador comandó a su ejercito en gran parte de la Segunda Guerra Mundial.

La casa originalmente era un lugar de vacaciones construido por un hombre de negocios al que luego de fallecer, su viuda se la alquilaría al Hitler, allá por el año 1928. Luego en 1933 el dictador se la compraría con los fondos obtenidos de la venta de su famoso libro Mein Kampf. La casa estaba construida en la ladera de la montaña Kehlsteinhaus. Por eso van arropaditos a pesar del verano, es la sierra.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Gudrun Burwitz, hija de Himmler

Puppi con Papi, 1938, a los 9 años
Ya tiene 79 años, es hija de Heinrich Himmler, el terrible jefe de las SS hitlerianas y es hoy la mente y el motor de la más eficiente organización de ayuda a los nazis sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial. Gudrun Himmler de Burwitz utiliza sólo el apellido de casada por los obvios escalofríos que produce el de su padre.

La organización que dirige Gudrun Himmler se llama Stille Hilfe, que se traduce como Ayuda en silencio. La mujer vive en Fürstenried, un suburbio de Munich, oficialmente con una modesta pensión. Pero Stille Hilfe maneja cuantiosos fondos que sirven para pagar a los abogados defensores de los nazis sometidos a juicios, para asistir a quienes por su avanzada edad están muy enfermos, o para sostener a los criminales de guerra encarcelados.El socorro discreto es dirigido con tenaz entusiasmo por Puppi (muñeca), como llamaban a la hija de Himmler cuando era una bella niña rubia, adorada como una pequeña diosa por los miembros de las SS.

El 4 de junio de 1941, cuando Gudrun, hija única de Himmler, se quejó ante su padre porque lo veía poco, el capo de las SS la llevó a dar un paseo por el campo de concentración de Dachau. Fue maravilloso, escribió en su diario, recordando que su padre le mostró perales, cuadros pintados por los prisioneros destinados al martirio y los bien cuidados huertos del campo de exterminio. "Hoy hemos estado paseando por el campo de concentración de Dachau y papá me ha enseñado la huerta donde crecen las lechugas y los cereales. Después hemos visto los cuadros que han pintado los prisioneros. Eran todos muy bonitos. Al final hemos almorzado muy bien". Esto escribió en su diario la pequeña Gudrun, cuando tenía 11 años.

A la niña de pelo rubio le fascinaba la botánica. Quizá por eso no se le ocurrió preguntar a su padre qué hacían tantos hombres y mujeres esqueléticos encerrados entre las altas alambradas que rodeaban Dachau.

Fue la primera y la última vez que Gudrun visitó el interior de un campo de concentración y jamás olvidará aquel entrañable rato que pasó junto a su padre, al que vio muy poco entre los años 1940 y 1944.

Durante esos largos periodos de ausencia, Gudrun recortaba las fotos de su padre que los periódicos alemanes publicaban con frecuencia para pegarlas en su álbum y no olvidar su rostro de lo poco que le veía. La última vez que Gudrun vio a su padre, el temible jefe de la Gestapo, Heinrich Himmler, fue en noviembre de 1944. A partir de entonces, y hasta aquel fatídico día de mayo de 1945 en el que el jerarca nazi se tragó una cápsula de cianuro, la pequeña Püppi, como solía llamarle también su padre, tan sólo habló con él por teléfono en unas cuantas ocasiones. Himmler decidió quitarse la vida dos días después de ser detenido por los soldados británicos.

En su diario, Gudrun recuerda que su padre la llevaba a pasar la Navidad con Hitler y que en los últimos tres años prácticamente hablaba sólo por teléfono con Himmler. Tras el suicidio de Hitler, el jefe de las SS, capturado por los aliados, se suicidó con una pastilla de cianuro. Puppi, que por entonces era una adolescente de 16 años, y su madre, fueron encarceladas por cuatro años en una prisión del sector británico de la Alemania ocupada.

Después llegó la amnistía y el compromiso de una desnazificación que Gudrun Himmler, por supuesto, no cumplió. Stille Hilfe nació en noviembre de 1951 bajo el manto protector combinado de miembros de la aristocracia alemana y distinguidos personajes de las iglesias católica y protestantes germanas, inspirados por un grupo de ex jefes nazis. Presentada como una organización humanitaria, la fundadora del socorro nazi fue la princesa Helene von Isenburg, quien pidió al papa Pío XII la liberación de 700 altos jefes del Tercer Reich, recluidos en la cárcel bávara de Landsberg. Pío XII prometió ocuparse y envió a monseñor Josef Zabkar, que recibió la lista de los perseguidos. Entre ellos estaba el príncipe de Waldeck-Pyrmont, asistente de Himmler y un pelotón de miembros de los Sonderkommando, los escuadrones de la muerte de las SS que actuaban en la retaguardia alemana en los países ocupados del Este europeo. Entre los fundadores de Stille Hilfe figuraban varios obispos, como el de Colonia y el responsable de Caritas de Alemania.

Gudrun Himmler se casó por entonces con el escritor Wulf-Dieter Burwitz. Tuvieron dos hijos. Puppi se convirtió pronto en el corazón de la organización de ayuda nazi, cuyas redes de socorro se extendieron desde Munich a Roma, Argentina y Sudáfrica ya en los años 50, Gudrun Himmler y sus compañeros no sólo defienden la obediencia debida sino que niegan la existencia de los campos de exterminio y el holocausto de millones de personas.

martes, 17 de junio de 2008

Franco, Hitler, Alemania

Franco y Hitler en el vagón de tren, en Hendaya.

Cuando se inició la Guerra Civil española, Franco sólo era conocido por algunos expertos en materia militar. Con el paso de apenas unos días, Franco fue capaz, sin embargo, de proyectar claramente una imagen de sí mismo en Roma y en Berlín, que lo convertía en el líder rebelde español más capaz de concluir con éxito acciones militares decisivas. Eso hizo que disfrutara del aprecio de Hitler y de Mussolini, si bien no era aún técnicamente, por así decirlo, el comandante en jefe de las fuerzas insurgentes. Pero la percepción inicial de ambos a propósito de Franco, como detentador de la llave que garantizaba la unidad de acción de las fuerzas militares levantadas contra la República, estaba más que justificada.

No obstante, el primer informe enviado por los representantes en España de Italia y de Alemania no era especialmente elogioso: “Franco no posee la apariencia física de un gran líder”, escribió el embajador alemán Faupel en su informe enviado a Berlín. Lo describía como excesivamente bajo de estatura, tímido, estólido, nada elocuente ni autoritario en sus maneras. Se daba además una tendencia, por parte de sus aliados en el Eje, a criticar el liderazgo militar de Franco, tachándolo de poco imaginativo y carente de miras; tanto los fascistas como los nazis le consideraban excesivamente “reaccionario”, “católico” y “clerical”, cosas que además tenían por inherentes al Movimiento Nacional, algo que no podía equipararse, según ellos, con el movimiento revolucionario “dinámico” y “moderno” que caracterizaba a los regímenes de Roma y Berlín. Así, el segundo embajador alemán en Madrid, Von Stohrer, dudaba de que Franco pudiera unificar, mediante la manipulación necesaria, a las fuerzas que en principio le sostenían.

Tales consideraciones, en cualquier caso, no parecieron preocupar en exceso a Hitler, al que tampoco interesaba demasiado la victoria rápida de Franco pues prefería utilizar la guerra en España como una diversificación estratégica que distrajera al mundo de sus movimientos operativos sobre la Europa central.

Hitler nunca mostró el menor interés personal por él hasta septiembre de 1940, cuando la posibilidad de que España se incorporase a la Segunda Guerra Mundial constituyó para Hitler un asunto de importancia. Hitler confiaba en convencer al Generalísimo en el famoso encuentro que ambos tuvieron en Hendaya, a finales de octubre de 1940. Varias horas de conversación con el dictador español, en las cuales mostró Franco gran resistencia a secundar sus planes y a comprometerse en obligaciones concretas, supusieron una experiencia nada grata, desde luego, para el Führer, quien diría después que prefería que le sacaran tres o cuatro muelas antes que tener que mantener otro encuentro con Franco.

Aunque al final, Franco y Serraño Suñer tuvieron que aceptar un protocolo de entrada en la Guerra en lucha contra Inglaterra, cuando se lo pidiesen las potencias del Eje y el ejército estuviese reconstituido, haciéndose cargo Alemania del material y demás necesidades de la Guerra, aparte de ayuda económica. Circunstancia que no llegó a darse.

Antes de aquella entrevista en Hendaya, la escasa opinión de Hitler sobre Franco era positiva, si bien siempre le había concedido aquel papel secundario del que ya se ha hablado, pero, desde luego, tras su entrevista se deterioró rápidamente. Franco, según Hitler, era “desagradecido”, y tanto él como su cuñado, Serrano Suñer, “jesuíticos”. No mejor consideración tendría Hitler sobre los soldados de la División Azul, a los que tachó de “intrépidos” y “sucios”, por su desprecio de la estrategia militar y el poco aseo que mostraban.

La opinión final de Hitler, en suma, fue que había cometido un gran error en España. Llegó a decir que, si Alemania ganaba finalmente la guerra, en cuanto brotase una nueva contienda civil en España, cosa de la que no dudaba, apoyaría a los “rojos”, que eran realmente revolucionarios y no reaccionarios y clericales como los franquistas.

Al contrario, Churchill y De Gaulle apreciaron a Franco por su anticomunismo y tuvieron influencia en su continuidad. Pero esa es otra historia...

miércoles, 26 de marzo de 2008

Himmler va a los toros, casi vomita y le roban la cartera los chorizos. ¡Payo, Si lo sé no vengo!.

Dice el cartel: GRAN CORRIDA DE TOROS organizada en honor a S.E. el ReichFührer S.S. Heinrich Himmler con asistencia de las Autoridades y Jerarquías del Partido




El 19 de octubre de 1940, apenas cuatro días antes de que el General Franco y Adolf Hitler se reuniesen en la estación de Hendaya, llegó a España el Reichsführer-SS Heinrich Himmler con el objetivo de organizar la colaboración entre las Fuerzas de Seguridad de España y Alemania.

Ese mismo día, visitó San Sebastián y Burgos, desde donde partió hacia Madrid. En la capital, el Gobierno le preparó un recibimiento al más alto nivel. El Ministro Ramón Serrano Suñer le esperaba al frente de la comitiva en la Estación del Norte.

Esa misma mañana, Himmler se entrevistó con el Generalísimo Franco en el Palacio de “El Pardo”.

Ya por la tarde, la comitiva acudió a presenciar una corrida de toros en la madrileña Plaza de las Ventas. El cartel lo componían aquella tarde de Octubre: Marcial Lalanda, Rafael Ortega "Gallito"y Pepe Luis Vázquez, que confirmaba la alternativa. Himmler casi se pone malo de espanto, le salvó la lluvia, que obligó a suspender la corrida antes del final.

Al día siguiente se desplazó hasta El Escorial y Toledo, donde el General Moscardó le explicó los pormenores de la batalla que se libró durante el primer verano de la Guerra Civil.

Pero, sin duda, el recibimiento más caluroso se produjo en Barcelona. La ciudad se engalanó por completo luciendo numerosísimas cruces gamadas y cientos de personas aclamaron a Himmler en la Plaza de San Jaime. Se hospedó en el hotel Ritz, donde le robaron la cartera con sus papeles.

En Barcelona tenía la ambición Himmler de hallar el Santo Grial escondido en la montaña de Montserrat. La famosa cartera perdida probablemente contenía mapas de las extensas cuevas dentro de la montaña de Montserrat. El robo de la cartera, que no se pudo recuperar, es fruto de especulación, culpándose en su momento a una operación del MI5 o a un complot anarquista.

Himmler también encontró dificultades en Montserrat, pues el abad titular Antoni Maria Marcet y su coadjutor Aureli Maria Escarré, que conocían la penosa situación de la Iglesia católica alemana, juzgaron indecoroso recibir personalmente a Himmler, pero conscientes de que era difícil declinar la visita, asignaron la ingrata tarea a un joven Andreu Ripol, único miembro de la congregación que conocía a la perfección la lengua alemana. Himmler no estaba interesado en la Basílica, sino en la montaña, pero al haber perdido los planos, su visita fue infructuosa.


martes, 26 de febrero de 2008

La madrugada del 10 de mayo de 1940


Alemania invade Polonia en setiembre de 1939. Le sigue Finlandia el 30 de Noviembre, Dinamarca el 9 de abril de 1940 y al día siguiente, Noruega...

Nueve de mayo de 1940 : Hitler sale de Berlín en automóvil. A las 4,38 toma un tren hacia Hamburgo, pero al caer la noche, el tren invirtió su marcha y comenzó a rodar velozmente hacia el sur, hacia Hannover, a donde llegó a las 9 de la noche... Sólo Hitler y sus más próximos colaboradores conocían el destino de aquel misterioso tren, que no paraba en ninguna estación y que, para mayor seguridad, había dado marchas y contramarchas hasta alcanzar, hacia las 4 de la madrugada, la estación de Euskirchen, al suroeste de Bonn. Luego, en automóviles que esperaban camuflados en aquella pequeña población, Hitler y sus acompañantes recorrieron la zona de Hohe Eifel, de cuyos pueblos habían sido eliminados los carteles indicadores.

A las 5,30 de la mañana del 10 de mayo llegó el grupo a una pequeña colina, donde una posición antiaérea les sirvió de refugio. Amanecía. Un sordo rumor avanzaba por todos los valles próximos: la Wehrmacht se acercaba a la frontera belga.

A las 5,35, un inmenso trueno comenzó a escucharse en el este y avanzó cada vez más grande hacia el oeste: centenares de aviones de la
Luftwaffe cargaban contra Bélgica. Lieja estaba a menos de 50 kilómetros en línea recta.

Hasta el refugio de
Hitler, tenso y pálido por la emoción y con la mirada perdida en las tierras belgas contiguas a la frontera, comenzaron a llegar los primeros rugidos de la artillería. Había comenzado la guerra en el oeste: la Segunda Guerra Mundial.

jueves, 10 de enero de 2008

¡Un saludo!


Todos nos hemos preguntado por esa forma un tanto afectada de saludar de Hitler. Lo hemos visto, entre otros muchos sitios, en el NODO, en el famoso encuentro con Franco en Hendaya.

La solución al enigma es que había dos saludos. El saludo "tipo" se realizaba levantando el brazo derecho extendido totalmente hasta la altura de los ojos aproximadamente.



La otra forma, que se conoce informalmente como el saludo de "vuelta" es el típico que hacía Hitler cuando le saludaban, no con el brazo extendido, sino poniendo la palma de la mano a la altura de la oreja (la que comentamos al inicio). La esencia del saludo era levantar el brazo derecho y que la palma de la mano fuera visible en mayor o menor medida.

El saludo de vuelta no estaba reservado para Hitler. El saludo de vuelta solía hacerse cuando alguien era saludado primero. Era una forma de devolver el saludo recibido.


El saludo tipo consistía en extender el brazo y la mano derechos a la vez que se exclamaba Heil Hitler! o Sieg Heil! Aproximadamente desde 1925, constituyó la forma ordinaria de saludo entre los nacionalsocialistas alemanes. Hitler imitó esta clase de saludo no sólo del “saluto romano“ implantado por Mussolini en Italia -a imitación, a su vez, del saludo del Imperio Romano-, sino también de las costumbres propias de su tierra de origen, Austria, donde Heilsalud!) era una forma de saludo corriente entre amigos, sobre todo entre los grupos pangermanistas austriacos con los que Hitler simpatizaba durante su infancia en Linz, frente a la expresión Hocharriba!) empleada por los partidarios de la casa de Habsburgo . Hitler decidió apropiarse del saludo fascista tras leer que, en la Dieta de Worms, que Lutero fue recibido con ese saludo, que por aquel entonces tenía un significado pacífico.



Éste "saludo alemán" se hizo obligatorio para los empleados públicos desde 1933, mediante un decreto. Se imponía el saludo con el objetivo de mostrar "de forma manifiesta la solidaridad de todo el pueblo alemán con su líder". Y amenazaba: "cualquiera que no desee hallarse bajo la sospecha de estar conscientemente comportándose de forma negativa tendría por tanto que dar el saludo Hitler". Más tarde se dispuso una cláusula adicional que estipulaba que si por causa de discapacidad física no se podía elevar el brazo derecho, sería correcto levantar el izquierdo.

Incluso la propaganda recurrió al falseamiento. Leni Riefensthal, en su premiadísimo documental sobre los Juegos Olímpicos de Berlín (considerado el mejor y más innovador documental de la historia), hizo filmar a distancia el saludo olímpico de los deportistas franceses (brazo estirado lateralmente con la palma de la mano hacia abajo) de tal modo que el espectador tenía la sensación de que los atletas estaban rindiendo pleitesía al Führer mediante el saludo nazi.

domingo, 4 de noviembre de 2007

LA PROCEDENCIA DE LA RAZA ARIA

Izquierda: Himmler de niño ( hacia 1908)
Centro: Göring y Hitler.
Derecha: Papen, Hitler y Goebbels


En 1935, en la cúpula nazi (en concreto por Himmler) se creó la Ahnenerbe (Herencia ancestral) con la misión de investigar los orígenes de la raza aria. La lingüística ya había demostrado que el griego y el latín tenían mucho parentesco con lenguas de Asia Central.

Así buscaron vestigios arios por Noruega (pensaban que en Escandinavia era donde mejor se había conservado la raza) ,el Tibet, la Islas Canarias (Madame Blavatsky, la vidente, opinaba que los arios eran descendientes de los atlantes ), etc.

No fue una teoría venida de la nada; en Alemania ya había una corriente intelectual siglo y medio antes, nacida en la ilustración - y apoyada en las nuevas investigaciones lingüísticas (Franz Bopp, 1816) - con su componente antirreligiosa y como tal negadora de la idea de que todas las razas venían de un tronco judío, como enseñaba el Antiguo Testamento.

Actualmente se sabe que los arios primigenios fueron pueblos nómadas, que llegaron al Asia Central en el 2º milenio antes de Cristo, y que aportaron la lengua sánscrita, la religión védica y un inicio del sistema de castas.

Pero todo parece apuntar que su origen eran las montañas del Caúcaso. Himmler se apuntaba a la teoría del origen en Asia Central, lo que desagradaba a Hitler, que le parecía mas coherente que los arios fuesen del norte de Europa. (Aunque ellos no daban el arquetipo; un chiste de la época decía que el ario perfecto era rubio como Hitler, alto como Goebbels, atlético como Göring y casto como Röhm - el que fue presidente las SA, antecedente de las SS y reconocido homosexual -).

Y los arios no eran portadores de cultura. La lingüista Ruth Rómer afirma que está confirmado que eran, en tiempos de las grandes culturas semíticas y sumerias, bárbaros iletrados que no habían domesticado ningún animal ni cultivado planta alguna.