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domingo, 1 de noviembre de 2009

Número 62 de la calle de Humboldt. Día de Muertos en Cuernavaca

En el pueblo de Ripe, en Sussex, cerca de Brighton, en 1957, la señora Lowry halló muerto a su esposo, el hombre que había escrito una de las mejores novelas del siglo XX. Cerca de él podían verse, rotos, una botella de ginebra y un frasco de zumo de naranja. La policía descubrió vacío otro frasco con veinte píldoras de amital sódico. El informe médico concluyó que la muerte del autor de Bajo el volcán se debió a un agudo envenenamiento barbitúrico asociado con un estado crónico de alcoholismo. Margerie Lowry había estrellado la botella en el piso para evitar que su marido siguiese bebiendo y éste la había golpeado. La mujer huyó a la casa de una vecina y no regresó a su domicilio hasta la mañana siguiente, para encontrarse con el cadáver.

Lowry. foto de El País

Malcolm Lowry habría cumplido cien años el pasado 28 de julio, pero resulta muy improbable pensar que los hubiera alcanzado con el ritmo de destrucción etílica del escritor de los últimos tres años, que le impedía afeitarse por la falta de pulso o colocarse como es debido el cinturón, que dejó de usar para amarrarse los pantalones con una cuerda o una vieja corbata.

Malcom Lowry nació en Cheshire en Inglaterra, en el seno de una familia con dinero. El padre se dedicaba al comercio del algodón en Liverpool, así que el muchacho creció con una buena educación y sin privaciones: destacó en los deportes, tuvo amigos y amores y en una de las escuelas privadas a la que iba, en Cambridge, editaban una revista y empezó allí a publicar algunos relatos. Aquello le gustó y decidió ser escritor. Leyó a Conrad y Melville, cogió fama de excéntrico y rebelde, empezó a frecuentar los pubs y a beber con dedicación. Pactó entonces con su padre que lo dejara viajar un año antes de entrar en la universidad. Y zarpó de Liverpool como ayudante en un carguero. Estuvo en Singapur, Shanghai, Yokohama…, pasó calamidades y vivió aventuras, siguió dándole duro al alcohol.

Ya de vuelta su primer libro fue Ultramarina. En 1932 estuvo en España y se casó con Jan Gabriel. El alcohol se encargó de fulminar la relación y se separaron en 1938. Un año después conoció a Margerie Bonner, con quien se casó en 1940 y con quien se fue a vivir en una cabaña a la Columbia Británica, hasta 1954.

Su obra capital, Bajo el volcán, que consiguió publicar en 1946 tras haber escrito cuatro versiones, se desarrolla durante el Día de Muertos de 1938 en Cuernavaca, México, y cuenta la historia del Geoffrey Firmin, el Cónsul, y de su mujer Ivonne. El viaje a los infiernos de quien se ha sumergido en un proceso de autodestrucción total y la crónica de una inútil batalla por recuperar el amor: es seguramente una de las más grandes novelas que se han escrito. Bajo el volcán, con todo su mezcal, el alcohol el cónsul y Cuernavaca, la escribió muy lejos de México, en una cabaña de Dollarton, en Canadá, frente al mar, al lado de Vancouver, con la compañía de una mujer, Margerie Bonner, y de una botella. La génesis la había escrito años antes, en 1936, cuando vivía en la villa mexicana de las dieciocho iglesias y las cincuenta y siete cantinas, en compañía de su otra mujer, Jan Gabriel, en plena agonía de su matrimonio.

En el número 62 de la calle de Humboldt de Cuernavaca sigue en pie la ebria casa que habitaron Lowry y Jan.


domingo, 14 de junio de 2009

Morir en Cannes con final feliz

Fotografía de la última sonrisa de Jacques Monod, 5 horas antes de fallecer.

Al premio Nobel de medicina francés Jacques Monod le diagnosticaron en diciembre de 1975 - con 65 años - anemia hemolítica en su versión más letal para la época. Su tipo de anemia tenía un límite de vida de seis meses.

Finales de mayo de 1976. Los seis meses han transcurrido. Jacques Lucien Monod, premio Nobel en 1965, director del prestigiosísimo Instituto Pasteur, decide ir a Cannes, donde tenía una casa y había vivido en su infancia, aunque nació en París. Por azar en ese momento se celebraba el tan prestigioso Festival de Cine. Asiste a una cena en el Festival, el jueves. El lunes siguiente, a las 0,45, Monod estaría en los titulares: Jacques Monod, arquitecto de la biología molecular, muere en Cannes a los 66 años de edad.

En la cena de inuaguración del festival coquetea con las mujeres que acaba de conocer. Tiene un aspecto magnífico. Alto, delgado, elegante, bronceado... bueno, realmente el bronceado se debía a grandes cambios en la pigmentación de la piel que solo en Cannes podrían pasar por un bronceado; modificaciones producidas cuando la conversión de bilirrubina a bilirrubina glucoronoide excede la capacidad del hígado para arrojarlo a la bilis. A partir de ese momento los días de vida se cuentan con la mano, cosa que Monod conocía perfectamente.

Monod amaba a las mujeres. Era viudo desde cuatro años atrás, de Odette; se casaron en 1938, de ella decía Monod que era refinada como una piedra preciosa, seguramente debido a que era arqueóloga y conservadora de museo. Lo que más le gustaba a Jacques Monod de las mujeres es que llevaban vida, decía, amaban la vida instintivamente.

En dicha cena de inauguración del Festival, una mujer que se coloca a su lado por azar le pregunta por qué está en Cannes. "Estoy pasando aquí mis vacaciones" responde Monod. "Me quedan tres o cuatro días de vacaciones" dice con naturalidad.

Horace Bianchon era el médico que obraba maravillas en la novela de Balzac, La comedia humana. Cuando el propio Balzac enfermó a los 51 años y estaba a punto de morir, gritaba que si Bianchon estuviese allí le habría salvado. Monod no busca consuelo en Bianchon, sino en el filósofo hispano romano Séneca. Decía que era el mejor para ayudar en un caso terminal. ¿Y qué le aconsejaba Séneca?:

"Vamos, doctor Monod, ¿estás reacio a dejar las cosas sin hacer, sin terminar, incompletas?. Pues no lo estés. No dejas nada sin hacer porque no hay establecido un número fijo de tareas sagradas que tengamos que completar - sin duda sabrás que morir es una de las tareas sagradas de la vida -. Todas las vidas son cortas. Lo que importa no es que sea larga, es que sea buena. Termínala en cualquier lugar y solamente asegúrate de terminarla con un final feliz."

El que sería su último día, domingo 30 de mayo, a última hora de la tarde, recibe la visita su amigo el escritor Jerry Kosinski, - el autor de Bienvenido Mister Chance entre otras obras - . Están en la terraza de la casa de Monod en Cannes, Monod fuma para dismular el temblor de la mano. Es la señal de que el final está muy cerca. En la anemia hemolítica terminal se puede saber, por los avance de los síntomas, día a día lo que le queda a uno de vida, con precisión científica. Por primera vez a Monod se le humedecen los ojos. Pero Monod es un hombre orgulloso y los hombres orgullosos no lloran. Vuelve la cara hacia el sol y sonríe con franqueza. Con una sonrisa tan radiante como el propio sol. Su última sonrisa. Se levanta, da la mano a Jerry y se despide con "Adiós, querido muchacho" y entra en su casa por última vez.

Su sonrisa final es como la que vio Albert Camus en Sísifo, que mirando a la muerte de cara, no ve más que el Sol. Una sonrisa alegre de alguien que está contemplando la sucesión de acciones inconexas creadas por él, mezcladas bajo el ojo de la memoria y selladas pronto por la muerte. Así lo escribió Camus en El mito de Sísifo, que Jacques Monod citaba en su conocida obra El azar y la necesidad. La cita, más extensa, empieza con "En ese sutil momento en que el hombre mira hacia atrás en su vida .. ." y termina " ... hay que imaginarse a Sísifo feliz."

Jacques Monod falleció el 31 de mayo de 1976 y está enterrado en el Cimetière du Grand Jas, en Cannes.

sábado, 6 de junio de 2009

Suicidio

Año 1837, 172 años atrás, una mañana de febrero sonreía a un escritor madrileño. Acababa de recibir una oferta de 40.000 reales por escribir durante un año sus artículos -los más leídos y cotizados de Madrid- en una prestigiosa revista. Apenas contaba 28 años, y estaba en lo alto de la fama. Su nombre, Mariano José de Larra.
Tumba de Larra

Aquella mañana de febrero de 1837 Larra vivía en la calle de Santa Clara, 3, el mismo edificio donde habitaba el entonces ministro de Justicia. Tras peinarse y vestirse con sus mejores levita y chistera, Mariano José bajó a la calle a dar un paseíto y a visitar luego a su amigo Ramón de Mesonero Romanos. Larra parecía alegre, pero una atisbo de inquietud se perfilaba en su mirada. Al poco acudiría a una cita con su amante, Dolores Armijo, con la que mantenía un idilio desde hacía seis años. Ella era la esposa de un conocido abogado, Cambronero. Dolores acudió a la cita con la hermana de su marido y le anunció que había recompuesto su relación con su esposo, le pidió sus cartas de amor y se despidió de él.
Larra subió a su casa de Santa Clara, 3, sacó de uno de los cajones de su aparador una pequeña pistola de un solo proyectil, y, frente a un espejo, colocó el cañón sobre su pecho, apretó el gatillo, disparó y se dio muerte.

Al final de El oficio de vivir de Cesare Pavese , en las últimas anotaciones, en las que está discutiendo consigo mismo y no se decide a suicidarse, en ese momento anota ¡qué vergüenza, cualquier modistilla es capaz de suicidarse sólo porque la deja el novio y yo no soy capaz de hacerlo!.

Para Pavese, el suicidio no deja de aparecer como una suerte de heroísmo mítico, cosa que aceptan implícitamente todos aquellos que confiesan carecer de valor para matarse.

Albert Camus comienza el ensayo El mito de Sísifo afirmando que el suicidio es "el único problema filosófico verdaderamente serio", y que responder a la interrogación fundamental de la filosofía equivale a "juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida".

Decía Cioran que la mayoría de los suicidas lo que tienen es un exceso de optimismo. El optimista está convencido de que a él se le debe una cierta dosis de plenitud y cuando no la consigue se siente engañado y decepcionado. Cabe renunciar a seguir, no por resentimiento contra la condición humana, sino precisamente por haberla sumido plenamente; cabe apuntar a la muerte propia como expresión de amor a la vida.


viernes, 27 de marzo de 2009

Fundamentos biológicos de la moral

Los relativistas multiculturales creen que la moral es una fantasía variable, producto de la utilidad social y por lo tanto sin fundamento. Otros, como Rawls, se encuentran en un punto intermedio según el cual la satisfacción "natural" de actuar rectamente tiene un fundamento social, la funcionalidad del bien común. Al contrario, uno de los científicos más prestigiosos de Harvard, Marc Hauser, lleva tiempo demostrando que nacemos con una especie de principios morales universales, que las principales fuentes de nuestros juicios morales no proceden de la religión. Como dice una famosa pegatina de algunos coches, la religión no es un prerrequisito de la moral. Hay un conjunto de principios comunes que todos los seres humanos parecen compartir en lo que respecta a sus juicios morales.

Mujeres a orillas del mar. Puvis de Chavannes.


La mayoría de nuestras intuiciones morales son inconscientes, involuntarias, y universales, y se desarrollan en cada niño a pesar de no tener educación formal. Cuando los humanos, desde los hombres primitivos de tribus de Tanzania hasta los multimillonarios de Silicon Valley, generan intuiciones morales, éstas son decisiones instintivas que se toman sin saber porqué o cómo. Esta capacidad es nuestra facultad moral.

Primero tenemos esa gramática moral universal que se desarrolla inconscientemente. Algo que tiene que ver con la genética; debe de haber algún tipo de mecanismo que se supone que está biológicamente predeterminado en cierto nivel, que nos permite emitir esos juicios muy rápidos. Cuando le pedimos a la gente que nos dé una respuesta de lo que para ellos es moralmente justo ante distintos problemas morales, a veces dan una respuesta pero no pueden decir por qué, y esto sugiere un proceso inconsciente que básicamente los empuja en una dirección u otra.

Algunos de estos principios morales, son compartidos con el resto de los animales; es algo darwiniano, procede de la selección natural, de hace millones de años. Otros, en cambio, son específicos de nuestra especie.

En algunos experimentos y observaciones que se han hecho con animales salvajes o
en cautividad, ocurre lo mismo que con los humanos; los animales a veces deciden cooperar, por ejemplo un animal puede cooperar con otro para cazar, para capturar una presa. Hay muestras de cooperación, de altruismo, de reparto de la comida; animales donde después de una lucha entre uno subordinado y otro dominante, se abrazan para reconciliarse y tranquilizar a todo el mundo, para que los niveles de estrés no suban; es lo mismo que vemos en las sociedades humanas.

En cambio, hay cosas que parecen ser únicamente humanas, por ejemplo, la capacidad de correspondencia: yo te doy algo a ti hoy y dentro de un tiempo, tu me lo darás a mí. Es algo bastante común en las sociedades humanas, pero es una capacidad que no vemos demasiado en los animales. Sugiere que a los animales les cuesta ser pacientes.

Hay estudios muy interesantes con humanos que han hecho ecografías del cerebro. Se puede observar que cuando una persona experimenta dolor, surge un cierto modelo de activación cerebral, pero cuando alguien ve a otra persona que experimenta dolor surge exactamente el mismo modelo de activación; de modo que existe una correspondencia entre las áreas del cerebro en el contexto de la empatía.

Cuando Chomsky propuso su teoría la idea principal era la siguiente: si nos fijamos en la adquisición del lenguaje en el niño, los estímulos que recibe son escasos comparado con las generalizaciones que hace; es lo que Chomsky llama el “Problema de Platón”. Como resultado, tenemos que inferir que el niño ha nacido con cierto tipo de capacidades innatas que, en palabras del propio Chomsky, le permiten hacer “crecer” el lenguaje, no aprenderlo, sino hacer crecer como por ejemplo nos crecen los brazos. Por eso, hay una maduración biológica muy fuerte de los factores que preparan al niño para el futuro, y que forman parte de lo que significa ser humano. Estos principios generales o, en este caso la gramática universal, forman parte de nuestra especie.

El aspecto más profundo de la teoría de Chomsky sobre el lenguaje puede trasladarse perfectamente a nuestra manera de pensar sobre la moralidad, y nuestra manera de hacer ciencia. Que el ser humano nace con un conjunto de principios universales. Lo que la cultura puede hacer es hacer pequeños cambios, ajustar parámetros. Modular el comportamiento.

Hay una población indígena en Panamá: los Kunas. Están muy aislados, apenas tienen contacto con el mundo exterior. Viven en un tipo de sociedad bastante simple. Los colaboradores de Marc Hauser fueron allí y les presentaron dilemas morales que trataban de animales salvajes. En uno de los ejemplos, los cocodrilos van a devorar a cinco personas en el río. Si estás en una canoa, y puedes desviar a los cocodrilos para que sólo maten a una persona, ¿es aceptable? Sí, lo es.

Otra alternativa: puedes tirar a alguien al río para que los cocodrilos lo devoren y así se salven cinco personas. ¿Es aceptable? No. Así que los indígenas muestran un sistema psicológico paralelo y muy similar al nuestro, en el que el daño intencionado, lanzar a alguien para provocarle daño, es menos aceptable que un daño que sólo se prevé.

Pero los indios kunas están más dispuestos a decir que es aceptable lanzar a un hombre a los cocodrilos de lo que lo estamos en nuestra sociedad. Tienen grupos poco estables, y altos niveles de infanticidio. Así que matar, en su sociedad, es mucho más común. Es aquí donde la cultura puede intervenir, cambiando la manera de juzgar.

En conclusión, nuestro sentido moral funciona de un modo muy parecido al lenguaje: hay un conjunto de principios universales que permiten establecer los posibles sistemas morales.

Una de las cosas que han empezado a hacer en Harvard es utilizar tecnologías en neurociencias para intentar identificar circuitos cerebrales que son cruciales en la toma de decisiones morales. Los laboratorios de Antonio Damasio, de la Universidad de Iowa, y Marc Hauser, de Harvard, han examinado a seis personas con daños muy localizados en el córtex prefrontal ventromedial (VMPC), uno de los nodos centrales de la red emocional del cerebro, muy estudiado desde el 13 de septiembre 1848, cuando una explosión accidental disparó una barra de hierro de un metro de largo y seis kilos de peso exactamente hacia el VMPC de Phineas Gage, el capataz de una cuadrilla de trabajadores del ferrocarril. Sobrevivió, y sin daños en la capacidad del lenguaje ni en otras funciones intelectuales. Pero como dijo poco después un amigo suyo: "Este hombre ya no es Phineas Gage".

Aunque todo esto parece cierto, resulta que cuando estamos confrontados a dilemas morales,para cierto tipo de problemas morales, esta zona es muy relevante, pero para otros muchos, no lo es. Lo que se intuye es que para algún tipo de problemas morales, las emociones parecen ser irrelevantes: se pueden tomar decisiones basándose en lo que alguien creyó, en lo que alguien intentó, y parece que las emociones no desempeñan ningún papel. Pero cuando surge un dilema, cuando la acción causa daños a uno pero beneficia a muchos, surge el conflicto: puedo matar a una persona y salvar a cinco; en tal caso, estos pacientes con el lóbulo dañado, prefieren salvar a los cinco. La repugnancia del daño no tiene demasiada importancia y se hace realidad el Mayor Bien en sentido utilitario.

Hauser piensa que gran parte de nuestros juicios morales se hacen antes de las emociones; en cierto modo las emociones siguen a los juicios morales, en lugar de precederlos…

Es la visión radical; veamos los psicópatas. Son gente que matan a otros. La interpretación clásica es que tienen un déficit emocional. Y que debido a este déficit emocional, ellos no saben lo que está bien o mal, pero hay una interpretación alternativa: ellos saben lo que está bien o mal, pero como carecen de las emociones necesarias, no pueden evitar hacer lo que está mal.

martes, 27 de enero de 2009

Casanova en nuestra tierra (II)

Como ya sabemos, su periplo arranca en los Pirineos. Recordamos que es expulsado de Francia y, tras cruzar en un coche de caballos por las bien acondicionadas pistas navarras se enfrenta a la más cruda realidad hispana de la época, en la localidad soriana de Ágreda –la de entonces, la de hoy es muy diferente-, de la que dice: “Es un prodigio de fealdad y tristeza. Es un lugar donde el hombre que no tenga un oficio debe volverse loco, atrabiliario, visionario”. Y la parodia antirreligiosa –primera de otras por venir- hace en esta localidad este veneciano al señalar la figura de sor María Ágreda, que allí fue donde “se volvió tan loca que llegó a escribir la vida de la Virgen dictada por Ella”; “los ensueños de esta visionaria estuvieron a punto de hacerme perder el juicio”, agrega.

La experiencia de Casanova en España apenas alcanza unos pocos meses. Suficientes, en todo caso, para hacerse una idea global de nuestro país, de sus dirigentes, de sus necesidades, de su pobreza e incultura general.

Y parece haberse enterado bien, a la luz de los estudios sobre la España del XVIII. Del rey Carlos III dice que es “débil, pesado, terco, fiel en exceso a la religión y muy decidido a morir cien veces antes que manchar su alma con el más pequeño de los pecados mortales”. Expresa su preocupación por la debilidad de un hombre que está poco menos que en manos de su confesor.

De la Inquisición española apunta que su “obra maestra consistía en tener a los cristianos en la ignorancia, en mantener los abusos, la superstición y las mentiras piadosas”.

Precisamente, una noche en una posada, llegando a Madrid, observa con el interés de quien no entiende lo que ve que en la puerta de su aposento el cerrojo está por fuera y no por dentro, como sería natural. Le pregunta a su cochero y éste le habla de la Inquisición y de su derecho de acceder libremente a los alojamientos públicos . “¿De qué puede ser tan curiosa vuestra maldita Santa Inquisición?”, le pregunta Casanova, a lo que aquél contesta: “De todo. De ver si coméis carne un día de vigilia. De ver si en el cuarto hay varias personas de los dos sexos, si las mujeres se acuestan solas o con los hombres, y para saber si las que están acostadas con los hombres son sus mujeres legítimas, y para poder encarcelarlos si los certificados de matrimonio no testifican a su favor. La Santa Inquisición, señor don Giacomo vela continuamente en nuestro país por nuestra salvación eterna”.



Como se aprecia, retrato acertado por la condición objetiva de quien lo cuenta, el extranjero Casanova, de una España de hace 250 años, pocos antes de estallar la Revolución Francesa, que hubiera protagonizado –ironiza- una “revolución” por cosas tan nimias como los pantalones sin portañuela, una tira de tela con que se tapaba la bragueta, cuya ausencia podía conducir a la cárcel, y que era el principal objeto de debate público en el momento en que el veneciano acaba de llegar a España. Desde luego, una preocupación muy alejada de los conceptos Libertad, Igualdad y Fraternidad por los que el país vecino sí se echó a la calle . Una España donde el rapé está prohibido y que le es confiscado a Casanova en la aduana que es, entonces, la Puerta de Alcalá.

Y una curiosidad. En Madrid hace mucho frío –él llega a España en invierno de 1767- y le recomiendan acudir a la Puerta del Sol: “No era una puerta”, relata, “pero se llamaba así porque allí era donde el astro bienhechor, pródigo de sus riquezas, distribuía el calor de sus rayos entre todos los que iban a pasearse por aquel sitio para calentarse”.

En cuanto al Casanova seductor, alusiones a la fealdad de los hombres españoles, pero no en las mujeres, “muy bonitas, que arden en deseos y todas están dispuestas a tender la mano a los manejos que tratan de engañar a cuantos las rodean para espiar sus maquinaciones”.

sábado, 24 de enero de 2009

Casanova en nuestra tierra

Giacomo Casanova llega a España desde San Juan de Luz. Tiene 42 años y acaba de ser expulsado de Francia por el rey Luis XV mediante una carta de destierro sin juicio alguno, un método por el que se expulsaba a personas indeseables, generalmente a petición de familias ofendidas.

En la parte de su obra, Memorias o Historia de mi vida, así se titula, dedicada a España aparecen dos mujeres que van a gobernar el corazón del autor durante su estancia en estas tierras; Nina Bergonzi, en Valencia, y doña Ignacia, en Madrid.


Al contrario de lo que pudiera pensarse Casanova no es un mujeriego despreciativo al estilo tenorio, sino un verdadero amante, es decir, alguien que siente en sus venas la pasión del amor. El amor le obnubila y le hace cometer lo que para el resto del mundo no son más que desmanes, pero que para un hombre apasionado como él constituyen actos consecuentes con su naturaleza.Todo por amor, hasta la vida. Ésa es su consigna; Casanova no se aprovecha de las mujeres a las que ama, al contrario, se vuelca en ellas, las seduce, las adora, las respeta y cuando la llama de la pasión ha concluido sigue vinculado a ellas por una indestructible amistad. Casanova triunfa en un mundo de moralidad pacata, llena de prejuicios, analfabeta y pazguata a más no poder. El viaje de Casanova por la vida lo es a fondo, sin remilgos. Para él la mayor evidencia de estar vivo es amar.


Giovanni Giacomo Casanova

Casanova conoce a doña Ignacia el día de San Antón oyendo misa en una iglesia de la calle de Fuencarral. Acababa de llegar a Madrid donde había visto bailar del fandango, un baile que inflamaba el alma, y quería bailarlo sin tardanza. Los movimientos del hombre expresaban, según decían, el amor consumado, los de la mujer, el arrebato y el éxtasis del placer. Aunque prohibido por la Inquisición, en ocasiones especiales y previo permiso del conde de Aranda, solía bailarse en el teatro. Buscaba Casanova pareja de baile y fue a encontrarla aquella mañana en la iglesia de la Soledad. Al verla apartarse del confesonario, guapa, mirando al suelo, de inmediato quedó encaprichado. Casanova reconoce que no tenía aspecto ni de rica, ni de noble, ni de buscona, pero supuso que debía bailar el fandango como un ángel, que era lo que a él le interesaba. La anunciada lascivia del fandango le había trastornado por completo. En su opinión ninguna mujer podía negar nada a un hombre con el que hubiera bailado el fandango, y él quería estrenarse en el teatro de los Caños del Peral.


Casanova aguardó a que terminara la misa y siguió a la joven hasta su casa en la calle del Desengaño. era hija de un zapatero de esa calle.Tras identificar el lugar en que vivía esperó en la calle media hora y llamó a la puerta. ¿Quién es? Gente de paz, responde. Casanova explica al padre de la muchacha que es extranjero y que desea llevar a su hija de pareja para el baile del día siguiente en el teatro de los Caños del Peral. Todos se quedan anonadados. El padre le pregunta a la muchacha que si ha visto alguna vez a ese hombre y ella niega con la cabeza, pero no sin fascinarse con la hermosura de aquel galán, alto y apuesto como pocos en Madrid. Casanova asegura que sus intenciones son honestas y promete devolver a la muchacha sana y salva una vez acabado el baile. Deja a continuación una tarjeta con su dirección y dice que esperará allí respuesta. No tardan demasiado en enviarle la aquiescencia a condición de que la madre de la chica les acompañe. Bailan pues, se inflaman las pasiones y a partir de ahí surge un idilio turbulento en el que la muchacha sucumbe pese a su rígida moral. Maravilla leer en las palabras de Casanova la inocencia de las contradicciones de aquella mujer, deseosa por un lado de entregarse en cuerpo y alma y remisa por otro debido a su rigidez de conducta y a los dictados de la religión. El ultimátum de Casanova es prodigioso: "No he venido a vuestra casa ni para atormentaos ni para ser un mártir. Sabed que no quiero que nos condenemos por simples deseos". Doña Ignacia mantiene su ardor con avances y retrocesos muy parecidos a los del fandango, y sólo cede a sus embates definitivos el martes de carnaval, fecha en la que es de buen tono pecar, pues el arrepentimiento está cerca y el conde de Aranda, el liberal ministro de Carlos III, ha autorizado el fandango a discreción.


Llegado el miércoles de ceniza, Casanova se despedirá de doña Ignacia y proseguirá sus rutinarias intrigas en la corte. Denunciado por un criado infiel por posesión de armas, el veneciano sufrirá penitencia cuaresmal en las prisiones de la villa, que abandonará días más tarde, solitario y cubierto de deudas.


Casanova prosigue su viaje por España y llega hasta Valencia y conoce a Nina, la amante del capitán general de Barcelona, el conde de Ricla. Le sorprende la belleza de aquella mujer a quien no tarda ni un segundo en saludar: Nina es una ninfómana voluptuosa que se encapricha de Casanova y le invita a frecuentar su casa. Está desterrada en Valencia a causa de las presiones del obispo de Barcelona, a quien le escandaliza su relación con el capitán general. Casanova queda prendado del desparpajo de su nueva amante, de su belleza, de su impudicia, de su fogosidad. Tras unos cuantos días de amores viaja con ella a Barcelona donde la sigue frecuentando pese a las advertencias del conde de Ricla, hombre poderoso, primo del conde de Aranda y futuro ministro de la guerra.


Y pasó lo que tenía que pasar, que seguramente por mor de todo eso tuvo un encarcelamiento barcelonés. En la Historia de mi vida el lugar de encierro permanece confuso. Casanova cita con exactitud la posada en la que se alojó, la fonda Santa María, en el actual barrio de la Ribera, el palacio de la Capitanía General o el teatro Principal. En el momento de su detención, en cambio, las descripciones se difuminan. Al principio, durante poco tiempo, es recluido en lo que llama "la ciudadela" y después, a lo largo de 40 días, en una torre perteneciente a una "construcción militar". Esta última cita es la que seguramente ha dado pie a la posibilidad de que se tratara de Montjuïc.


El motivo de la detención de Giacomo Casanova en Barcelona queda semioculto en una niebla que domina las enteras memorias del gran hedonista. Aunque lo adivinamos. A Casanova le gusta envolverse de un halo de secreto. El lector no sabe muy bien si el héroe de la historia -el autor mismo- va a parar a la lóbrega cárcel por ser espía, por ser simplemente sospechoso en cuanto a extranjero, por un error burocrático cometido en Madrid o por ser el amante de la oscura actriz Nina, que, a su vez, era la amante del referido capitán general, al que sarcásticamente los barceloneses y Casanova mismo llaman "el virrey". El autor da a entender que es un cúmulo de circunstancias lo que determina su destino.


Por lo demás, los comentarios de Casanova son siempre jugosos y en las situaciones más adversas sale a relucir su capacidad para la ironía y el placer. Aun limitado de movimientos, se las ingenia para comer y beber bien, para cortejar a las mujeres que en su opinión el puritanismo hace más propensas y para escribir un libro, Refutación de la historia del gobierno de Venecia... El mejor momento literario corresponde a la súbita aparición, como vigilante en la torre, de un italiano llamado Tadini, un curandero al que Casanova había conocido en Varsovia haciéndose pasar por un oculista inventor de una técnica infalible para la curación de las cataratas. El pobre Tadini, tras recorrer media Europa, se había enrolado en el ejército español y, de oculista, había pasado a ser carcelero de su viejo conocido veneciano. En la Historia de mi vida abundan los reencuentros de este tipo, de manera que el azar acaba transformándose en la araña que teje la tela de una existencia.


Antes de llegar a Barcelona, desde la que retornará a Francia, Giacomo Casanova da unas certeras pinceladas del carácter español de la época. Acostumbrado al cosmopolitismo de Venecia o París, las ciudades españolas, con Madrid a la cabeza, le parecen extremadamente provincianas. Queda asombrado por el poder cotidiano de la religión a pesar de que ya se han producido hechos como la expulsión de los jesuitas, y tiene páginas sobre el laberinto burocrático que rodea a los españoles. En opinión de Casanova la causa del retraso de España no es otro que la opacidad, la desidia y una innata tendencia a la crueldad.


Excelente, a este respecto, la rememoración de una corrida de toros en Madrid. Casanova rinde homenaje a la valentía de los toreros, casi indefensos frente a la furia de los toros, pero se horroriza ante la impasibilidad de los espectadores cuando los caballos, inevitablemente heridos de muerte, van perdiendo los sanguinolentos intestinos en su lenta agonía por la arena.

jueves, 15 de enero de 2009

El trabajo honrado


Un europeo del año 1800 vivía como a principios de la era cristiana, no viajaba, si tenía prisa montaba en mulo, si iba en barco dependía del viento y del mar, si labraba miraba con congojo al cielo, las noches eran eternas, así como el invierno, tenía hijos sin límite y así sucesivamente.

Por el contrario, la distancia entre un europeo de 1800 y otro de 1900 es abismal. Entre 1814 y la primera guerra mundial, los europeos cambiamos de planeta.

La mayor diferencia radica en la concepción del trabajo honrado. Para una persona educada y de la buena sociedad del Antiguo Régimen, lo principal y más hermoso, la actividad digna, moralmente excelente, el trabajo fructífero, es la guerra. Los caballeros tenían como principal función en este mundo poner en juego su vida para proteger a los suyos y para divertirse. Fuera o no fuera verdad. La verdad es una entelequia.




¡Qué bello es empuñar los escudos de tintes rojos y azules, los estandartes, los gonfalones multicolores. Alzar ricas tiendas, reales y pabellones. Romper lanzas, perforar escudos, hender yelmos bruñidos, dar y recibir golpes...”.

Es la alegría de Bertran de Born cuando comienzan las campañas de primavera y verano. Ya terminó el insoportable invierno, el encierro entre piedras húmedas, ya no habrá que soportar las habladurías de la servidumbre, sus peleas, sus líos de alcoba, por fin rompe uno las cadenas de la quejumbrosa familia. En cuanto el sol comienza a calentar, empieza el gran juego: vivir, matar y morir.

Y me llena de alegría ver la campiña cubierta por caballos y caballeros armados, en orden de combate”.

Muchos ciudadanos actuales se espantan cuando leen cosas de este calibre. No les caben en la cabeza. Es su modo de sentirse superiores a los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, en fin, moralmente por encima de todo el género humano muerto. Hipocresía. Nunca se ha asesinado tanto como en los tiempos modernos.

La guerra era la vida normal de las gentes hasta la Revolución Francesa y el triunfo del poder burgués. Todavía en 1760 el príncipe De Ligne escribía estas curiosas palabras:

La vida que llevaba en mi querida residencia de Beloeil era razonablemente dichosa, aunque las guerras, los viajes y otros placeres me impidieran residir allí tanto como yo deseara”.

De Ligne afirma que no entendía por qué se detestaba tanto la calamidad de la guerra entre todas bella. El príncipe De Ligne poseía entrañas guerreras, pertenecía al linaje de aquéllos que acatan la sentencia de Palacios Rubios en su Tratado del esfuerzo bélico heroico: «Más vale clara muerte que oscura vida». O las palabras de fray Antonio de Guevara: «Porque es ley entre ellos muy usada, de antes de morir libres, que no vivir cautivos». Para terminar, a finales del siglo XII ya escribía el citado Bertrand de Born: «Mieux vaut mort que vivant vaincu».

Por eso es normal que a finales de la Edad Media -Burckhardt fue uno de los primeros en observarlo- se produjo en Europa un peculiar estado de tristeza o melancolía, ante la aparente destrucción del heroísmo caballeresco. La aparición de las nuevas armas mecánicas, que actuaban a distancia, dejaba en nada el esfuerzo bélico de los caballeros. En España, un erudito de mucha curiosidad intelectual, al que gustaba adentrarse en los temas más modernos, al que nombramos arriba, el doctor Palacios Rubios, escribió el Tratado del esfuerzo bélico heroico en el que se lamenta de las limitaciones que a tal esfuerzo ponían las máquinas de matar, movidas a distancia por una u otra fuerza, particularmente la de la pólvora.

En el Discurso sobre las armas y las letras, Miguel de Cervantes hace, un siglo después, Don Quijote despotrica con entusiasmo contra las nuevas armas de fuego. Oigamos las palabras de Don Quijote: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de apuestos endemoniados instrumentos de artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero".


miércoles, 24 de diciembre de 2008

Costumbrismo Raphaelista

Estoy viendo ahora mismito a Raphael en el especial de Nochebuena de TVE 1 dedicado a su persona y en este preciso momento hace un dueto que me resulta nauseabundo con la fallecida Rocío Jurado, superponiendo la imagen y voz de Raphael con videos de Rocío.

Raphael está asociadísimo a la infancia de los que nacimos al inicio de los planes de desarrollo. Era una suerte de Beatle español que no podía salir de casa sin que se le abalanzasen las fans, aunque ya tenía fama en esa España ñoña, de maricón, por lo afectado de sus movimientos.

Y con lo que relaciono siempre a Raphael es con el festival benéfico de Navidad que se celebraba en el Teatro Calderón de Madrid, todos los años, a favor de los niños pobres, presidido por doña Carmen Polo ( de Franco) - el Carmen Polo va unido a de Franco como el antiguas a pesetas actualmente -. No he podido confirmar que se celebrase exactamente el 5 de enero y por la mañana, que es lo que me suena. Lo que es inefable y exacto: que lo inaugurase Raphael que salía al escenario y saludaba al público para luego genuflexionarse ridículamente ante doña Carmen Polo - que inevitablemente estaba en un palco a su izquierda, encima del escenario - y exclamar ¡señoraaa!.

También he recordado que ya en los setenta ese mismo festival, quizá en el 71 ó 72 lo cerraron unas vedettes de alguna de las revistas que entonces se representaban, quizá la de Lina Morgan, y mi sorpresa de reprimido por el franquismo es que entre plumas medias y lentejuelas, llevaban un tanga y el culo al aire, lo que para mi fue inconcebible pues nunca vi nada igual a esa edad y en aquella época pacata.

Y enlazo con el erotismo de Rocío Jurado. Lo que se ha olvidado de es que era una bomba erótica en esos primeros 70s. Aire fresco. Actuaba en TV con unos trajes de escándalo, que tuvo que intervenir la censura alguna vez, y no solo por el escote del pecho, sino por las enormes aperturas de la espalda, que mostaban el inicio de lo que usamos para sentarnos. Y ya en plan erótico cazurro, la de las ovejitas, Carmen Sevilla era otra bomba, quién lo diría, era lo más sensual y caliente.


Parodia de Millán Salcedo del señora de Raphael

viernes, 24 de octubre de 2008

Lord Byron escondía algo.


Fue el primer escritor auténticamente venerado por las masas, el equivalente literario a lo que hoy sería una estrella del rock and roll. George Gordon Byron sólo tenía 24 años cuando el libro La peregrinación de Childe Harold lo convirtió en una auténtica celebridad.

"Una mañana me levanté siendo famoso" resumiría el propio Lord Byron al referirse a la velocidad con la que alcanzó notoriedad. Tal era su fama que el día de 1814 en el que se puso a la venta en Inglaterra El corsario la gente se dio de bofetadas para hacerse con la obra, vendiéndose en una sola jornada nada menos que 10.000 ejemplares.

La fama literaria de Byron siempre se vio alimentada por el carisma personal del escritor. Su ingenio, su encanto, su belleza física y su origen aristocrático, unidos a su inteligencia y a su alocada vida sexual, contribuyeron a hacer de él una estrella. «No le mires a los ojos», ordenaban las madres a sus hijas, en la creencia de que una sola mirada del poeta bastaría para empujarlas a la perdición.

Sin embargo, tras la leyenda de seductor irresistible que el propio Byron siempre se encargó de fomentar (se jactaba, por ejemplo, de haber tenido al menos 200 amantes en los dos años que vivió en Venecia entre 1817 y 1819) se escondían los denodados esfuerzos de un hombre por ocultarle al mundo su naturaleza homosexual.
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Pero Fiona MacCarthy, autora de Byron: Vida y Leyenda sostiene que aunque Byron realmente se divertía conquistando mujeres, su verdadera naturaleza le hacía sentirse atraído hacia los jovencitos.

En opinión de esta estudiosa, Byron utilizaba sus aventuras sexuales con mujeres para ocultarse a sí mismo y a los demás sus inclinaciones exclusivamente homosexuales. Fiona quita importancia al affaire que durante cinco largos años mantuvo el poeta con la condesa italiana Teresa Guiccioli, a la relación incestuosa que protagonizó con su media hermana Augusta, al romance con Lady Caroline Lamb

Los anhelos sexuales del escritor siempre se dirigieron hacia personas de su mismo sexo. Desde un jovencito de 15 años que cantaba en el coro de la Universidad de Cambridge, de quien Byron se enamoró (parece que castamente) mientras estudiaba allí, hasta el chico griego del que cayó prendado durante los últimos meses de su vida sin llegar a ser correspondido.

De hecho, MacCarthy está convencida de que el motivo por el que en 1816 Lord Byron abandonó Inglaterra, para no volver jamás, fue por miedo a ser condenado por su homosexualidad. En aquel tiempo, la sodomía era un delito que se castigaba con la pena capital.


Lord Byron fue uno de los primeros autores en darse cuenta de la enorme importancia que, incluso para un escritor, tiene su imagen. Y, desde muy joven, se desveló como un experto manipulador de su propia apariencia. Sabía todos los trucos para sacarle el mejor partido a su figura y a su aspecto lánguido y a sus rizos negros.

Ya en 1807, a la edad de 19 años, se empeñó en utilizar uno de sus retratos para promocionar Horas de ocio, su primer volumen de poemas distribuido comercialmente.

Es posible que la obsesión que Byron demostró siempre por su físico fuera en parte resultado de la malformación en el pie derecho con la que nació. El caso es que el poeta siempre se esforzó por controlar las representaciones que en su tiempo se hicieron de él para consumo de sus fans.
Al menos 40 retratos distintos de Lord Byron se realizaron en vida del poeta.

Cuando Lord Byron estaba escribiendo su célebre poema Don Juan, dedicado a la figura del di, libertino, había cumplido ya los 30 años. Era, para su época, un hombre en el umbral de la vejez. Además, su aspecto era lamentable: había engordado, se estaba quedando calvo, la cojera era más acentuada que nunca y él mismo se consideraba físicamente acabado. No obstante, en Venecia perseguía a toda hembra y tras poseerla se dedicaba a divulgar por toda la ciudad los caracteres de su conquista.

Entonces conoció a Teresa Guiccioli, condesita de 19 años destacadamente tonta, según todos los biógrafos, de una vanidad y una testarudez enormes, pero agraciada en el físico. A los ojos de Byron tenía un atractivo peculiar: estaba casada con el conde Guiccioli, tipo riquísimo, sin escrúpulos, enemigo del Papa y con un robusto físico de 60 años. La joya del viejo conde era una presa irresistible. Sería la última.

La historia de Lord Byron y Teresa no tiene nada de romántico, aunque los personajes se empeñaran en creerlo. El marido se dejó poner los cuernos porque el dinero y los contactos de Byron le gustaban más que su esposa. A la niña le chiflaba que la vieran con el célebre lord a sus pies. Los burgueses de Ravena y de Venecia se morían de risa. De modo que fue el pobre Byron quien hubo de poner sensatez en aquella historia, el que limitara la codicia del marido, el que mantuviera una actitud convencional y prudente para evitar las maledicencias, y quien, tras producirse la separación, propusiera el matrimonio.

Quizá asqueado por el papelón, Byron no tuvo más remedio que convertirse en un héroe. Salió huyendo de la condesa hacia el Egeo para ayudar en su lucha por la independencia a los nacionalistas griegos (que le robaron ipso facto), y al poco murió decentemente en Missolonghi. De enfermedad.

sábado, 11 de octubre de 2008

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Nacer y morir tal vez sean experiencias muy similares. Y Felipe II, a quienes sus admiradores llamaron Rey Prudente y sus enemigos Demonio del Mediodía, tuvo miedo a ambas.

Tuvo miedo a nacer y el parto se demoró 13 interminables días. Y tuvo miedo a morir y su agonía se convirtió en una padecimiento de 53 jornadas.

Desde 1592 su salud se había deteriorado irremediablemente. La gota se había agudizado, hasta el punto de que ni siquiera podía firmar los documentos que tenía ante sí. Los dolores eran tan intensos que no podía permanecer ni en la cama sin padecerlos. Tampoco había modo de estar sentado, y fue entonces cuando su ayuda de cámara,
Jean L’Hermite, ideó un ingenio consistente en una silla articulada que permitía al monarca cambiar de postura.

Siendo consciente de que el tiempo se le escapaba, el rey prefirió morir en su gran proyecto y ordenó su traslado al
monasterio de El Escorial.

El mes de junio de 1598 se terminaba cuando salió del alcázar madrileño su comitiva. El 30 de junio partió de
Madrid para no regresar. Durante seis días su silla articulad fue transportada por porteadores que se turnaban. Al fin, el día 5 de julio pudo ver las torres de su templo.

Dicen que el insigne pintor barroco del siglo XVII
Juan de Valdés Leal se inspiró en El Discurso de la Verdad, escrito por el filántropo Miguel de Mañara, para pintar los dos lienzos tenebrosos que evocan Las Postrimerías de la Vida. En uno de ellos se representa el Triunfo de la Muerte bajo la forma de un esqueleto que porta una guadaña. El personaje se alza sobre todas las cosas de este mundo, desde una tiara papal hasta los libros de los más sabios. “In ictu oculi”, en un abrir y cerrar de ojos, se lee en una leyenda que aparece en la obra, todo se fue.
Este cuadro es posterior a
Felipe II y nada tiene que ver con él pero parece inspirado en su muerte.


Fray José de Sigüenza nos dice en su crónica sobre El Escorial que el monarca sufrió el 22 de julio de 1598 calenturas a las que se unió un principio de hidropesía. Se le hincharon vientre, piernas y muslos al tiempo que la sed lo consumía.

Aquella fiebre lo marchitó durante siete días completos, presintiéndose tan a las puertas del infierno que el fraile jerónimo afirma que
Felipe se sintió “asado y consumido del fuego maligno”. Apareció encima de la rodilla derecha “una postema de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy fuertes”, escribe Sigüenza. El médico Juan de Vergara abrió con hierro aquel absceso purulento para sangrarlo.

Felipe enseguida se dispuso a confesarse ante fray Diego de Yepes, a quien le pidió que le leyera la pasión según San Mateo. Mandó que trajeran ante sí sus reliquias favoritas, de modo que al pie de su cama, de cuya vera no se movió su hija Isabel Clara Eugenia, se fue formando un espectáculo con “la rodilla entera con el hueso y pellejo del glorioso mártir San Sebastián, un brazo de San Vicente Ferrer, una costilla del obispo Albano" y otros fetiches similares. El atormentando rey besa aquellas reliquias y pide que se las pongan sobre la rodilla herida. Naturalmente, de inmediato siente alivio, de modo que le confeccionan un altar allí mismo, a los pies de su cama, con esos huesos.

Felipe IImandó hacer muchas y notables limosnas en estos días que duró su enfermedad”, escribe Sigüenza. Y mientras, el rey no pierde de vista sus reliquias, hasta el punto de cuando caía en la inconsciencia su hija solía gritar que nadie las tocase, para que su padre recobrase la conciencia ante el temor de que algún cortesano las cambiase de sitio

Mandó poner a todos los lados de la cama y por las paredes de su dormitorio crucifijos e imágenes”, leemos en la crónica de Sigüenza. Entre esas imágenes estaban algunos cuadros de un pintor extraño, Hieronimus van Aeken, El Bosco.

¿Por qué ordenó
Felipe II que trajeran a El Escorial cuantas obras de El Bosco fuera posible? ¿Qué razón tuvo para consumir sus últimas horas contemplando las aterradoras descripciones del infierno que plasmó en sus obras artista flamenco? Se dice que llegó a tener al menos nueve de ellas, entre las cuales estaban algunos de sus trabajos más representativos .Desde luego, existe el consenso de que la sí tuvo delante en el postrer instante de su existencia fue El Jardín de las Delicias, o al menos una copia de ella.

El
Jardín de las Delicias es un famoso tríptico en cuya tabla izquierda aparece la creación de Adán y Eva. Él se muestra absolutamente desnudo, y ello ha llevado a algunos investigadores a plantear la posibilidad de que El Bosco pudiera haber estado vinculado a la corriente herética de los Adamitas. Se trató de una secta cuyo origen algunos fechan en el segundo siglo de nuestra era y que se mostraba a favor de la desnudez del cuerpo y de la práctica del sexo de forma absolutamente libre. Padres de la Iglesia como San Epifanio o San Agustín ya los mencionan.

Para esta secta, el matrimonio era cosa detestable y realizaban sus rituales completamente desnudos. Los hay que hermanan a este grupo con los gnósticos carpocratianos, que también tenían costumbres muy relajadas en lo que al sexo se refiere. Fueron perseguidos con saña, pues nada molesta tanto a la Iglesia como el cuerpo humano que el propio
Dios creó, y además a su imagen y semejanza.

En cualquier caso, fuera
El Bosco o no adamita, hablemos del resto de esa obra. En la tabla central hay sensualismo a raudales. Un lago repleto de mujeres desnudas es rodeado en romería por una multitud mientras las ilusiones del mundo se representan con sus pinceladas preciosistas.




Finalmente, a la derecha aguarda al infierno. Pero aparte de las torturas y los tormentos,
Hieronimus ve en el fondo de su mente instrumentos musicales que sirven para dar escarnio a los pecadores.

¿Adamita? ¿Conocimientos secretos? ¿Quién inspiró a
El Bosco? ¿Qué supo de él Felipe II que quiso cruzar al otro lado contemplando los mundos pintados en aquellas tablas?

Durante los 53 días de su agonía parece que el rey mostró terror a morir. Aquellos cuadros de El
Bosco aludiendo al infierno, aquella sed suya de oraciones y lecturas…

Temiendo caer en un estado de inconsciencia del que ya no le fuera posible salir, el primer día de septiembre el monarca solicitó la extremaunción. Dice
Sigüenza que “mandó a su confesor que le llevase el Manual, libro donde se administran los Santos Sacramentos, y le leyese todo lo que éste tocaba sin dejar letra”. Y para recibir el sacramento esmeró su higiene, de modo que le cortaron las uñas y le lavaron las manos.

Antes de recibir la extremaunción, se confesó. Después, ordenó que estuviera presente su hijo
Felipe,porque veáis en lo que paran las monarquías deste mundo”, le dijo al príncipe.

Aludiendo a su higiene, el sufrimiento físico del rey era atroz, pero aún lo hacía más cruel la imposibilidad de lavarse como a él tanto le gustaba.
Felipe II había sido muy meticuloso en su higiene personal, pero ahora que su gloria estaba a punto de apagarse, también eso le fue vedado. Jean L’Hermite describe aquel terrible escenario de este modo:

Sufría de incontinencia, lo cual, sin ninguna duda, constituía para él uno de los peores tormentos imaginables, teniendo en cuenta que era uno de los hombres más limpios, más ordenados y más pulcros que vio jamás el mundo…No toleraba una sola mancha en las paredes o suelos de sus habitaciones… El mal olor que emanaba de estas llagas era otra fuente de tormento, y ciertamente no la menor, dada su gran pulcritud y aseo”

Impedido, sin poder hacer sus necesidades sino en el propio lecho, se abrió un agujero en la misma cama para que de ese modo pudiera aliviarse. Todos los cronistas mencionan el olor insoportable en medio del cual el rey tuvo que vivir sus últimos días. Una agonía que vivieron los huesos y pellejos de todos aquellos santos mártires que hizo instalar ante su cama. Pero, por encima de todos, había un crucifijo.

Seis años antes, estando en
Logroño, el rey ordenó a Juan Ruiz de Velasco que abriese un cajón del escritorio que llevaba consigo. Dentro del cajón había un pequeño crucifijo y unas velas de Nuestra Señora de Montserrat.

También conservaba el rey una disciplina bastante usada. Todas aquellas cosas habían sido de su padre,
Carlos V, y le dijo al cortesano que recordara siempre dónde estaban, puesto que un día se las pediría cuando creyera que estaba próxima su muerte. Y ese momento, era evidente, había llegado ahora, de modo que mandó al mismo cortesano que abriera el mismo cajón.

Carlos V había muerto empuñando aquel crucifijo, y Felipe II tenía el mismo propósito. Mandó colgarlo dentro de las cortinas de la cama, “frontero con sus ojos”, a decir de Sigüenza, y pidió que tras su muerte el crucifijo regresase al mismo cajón de donde lo sacaron para que, cuando llegara el momento, también su hijo Felipe (III) lo pudiera tener junto a sí.

Y de este modo, armado de reliquias y de un crucifijo y rodeado de clérigos,
Felipe II siguió dando instrucciones para su tránsito. Ordenó entonces hacer su ataúd, y además exigió que se lo trajesen allí mismo. También dispuso que se le fabricase una caja de plomo, y ordenó que una vez muerto lo metieran dentro de ella para evitar los malos olores de la putrefacción.

Cinco años antes, paseando cerca de
Lisboa, el rey vio los restos de un barco varado en la arena. El viejo buque se había llamado Cinco llagas. Como si tuviese una premonición, Felipe comprendió que aquella madera debía servir para hacer su última morada. El propio Sigüenza reconoce en su crónica que desconoce el motivo por el cual el monarca tuvo aquella idea, pero lo cierto es que ordenó que se llevaran a El Escorial aquellos maderos, de los cuales también se hizo una cruz para la basílica del monasterio.

Con medio equipaje hecho, el rey aún se resiste a morir. Aguanta las acometidas de la Muerte hasta que el día 11 de septiembre se despide de los suyos. Les ordena perseverar en la fe y muestra su deseo de comulgar de nuevo. Tenía dicho a sus médicos que le informaran de cuándo había llegado su hora, y cuando éstos se lo hicieron saber, solicitó la presencia de confesores y clérigos, incluido el
Arzobispo de Toledo, y hubo mucha plática y oración. Y a pesar de todo, dice Sigüenza, él pedía más y más oraciones y discursos.

Hora y media antes de expirar “
tuvo un paroxismo tan grande que todos creyeron que había acabado”, de modo que comenzaron los lamentos y los llantos. Pero como en la mejor de las películas de terror, de pronto el supuesto muerto abrió los ojos y asió el viejo crucifijo de Carlos V con una fuerza enorme, ante la estupefacción, y tal vez un susto enorme, de todos los presentes.

Pasó una noche más en medio de inacabables oraciones y mil besos al crucifijo, repitiendo que “
moría como católico”.

El alba del día 13 de septiembre, eran las cinco de la madrugada cuando, al fin,
“con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fue (…) a gozar del Reino del Soberano”, asegura el cronista Sigüenza. Un día como aquel, pero 14 años atrás, se había puesto la última piedra de la fábrica del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, su fortaleza.

Compusieron el cuerpo según las instrucciones que el propio rey había dejado. Lo envolvieron en una sábana sobre camisa limpia que le pusieron a solas don
Cristóbal de Mora y don Fernando de Toledo para que nadie viera el terrible estado en el que se encontraba su cuerpo. Esos dos cortesanos fueron los encargados de cumplir una última voluntad del soberano: ataron a su cuello un cordel del que colgaba una vulgar cruz de palo, que fue la única digamos joya que llevó consigo hacia el lugar del que no volvemoa.

Antes de cerrar el féretro, el futuro
Felipe III quiso ver por última vez a su padre. Luego, gran número de caballeros sacó el ataúd de la minúscula alcoba real y se formó una comitiva que recorrió los pasillos escurialenses con el muerto a hombros. Se celebró misa, y finalmente lo enterraron.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Ludwig

Neuschwanstein
Ludwig muy jóven

Otto Federico Guillermo de Wittelsbach , hijo de Maximiliano II y de la Reina María de Prusia, nieto de Guillermo de Prusia y de Luis I de Baviera - amante de la famosa Lola Montes -, nació en Nymphenburg, Baviera, el 25 de agosto de 1845.

"Un eterno enigma quiero permanecer para mí y para los demás", le había escrito cierta vez a su institutriz, y ese enigma fascina aún. Yo lo descubrí por el film que pusieron en TV en 4 capítulos, Ludwig, de Visconti, con Helmut Berger, que realmente se parecía, excepto que el Ludwig real rápidamente engordó y se deterioró su belleza física juvenil.

Luis y su hermano Otto fueron educados severamente y con un fuerte sentido de la obligación. Sus padres se mantuvieron a cierta distancia.

"A Luis le gustaba disfrazarse …, disfrutaba haciendo obras de teatro, le encantaban pinturas y similares y él regalaba … de buen grado dinero y cosas de su propiedad" señalaba su madre. Todo esto continuó así. También su gran fantasía, su tendencia al aislamiento y un acusado espíritu de soberanía se atestiguan desde su infancia.

A los 18 años ocupó el trono de Baviera con el nombre de Luis II.

En un comentario retrospectivo hecho en 1873, diría él mismo: "He sido rey excesivamente pronto. No he aprendido lo suficiente. Había comenzado tan bien, ... estudiando derecho público. De repente fui arrancado y sentado en el trono. Ahora, todavía intento estudiar"

Ya en el año 1866 sufrió la mayor derrota de su vida: La expansionista Prusia venció a Austria y Baviera en la "Guerra Alemana" de 1866. Desde entonces Baviera dependería de Prusia en política exterior y su rey se convirtió en dependiente de su tío prusiano, con una autonomía muy limitada. Entonces, liberado Ludwig de buena parte de los asuntos de estado, se empezó a dedicar a la cultura, su fascinación.

Wagner

Los dramas musicales y escritos de Richard Wagner entusiasmaban ya al príncipe cuando era heredero. Luis quería llevar al compositor a Múnich tan pronto fuera rey y llevar a cabo la idea de los festivales. En 1864 llamó a Wagner a la corte sacándole con ello de una gran estrechez económica.

"… Hoy he sido llevado ante él. Por desgracia es tan bello y genial, inspirado y magnífico, que temo que su vida se desvanezca como un fugaz sueño divino en este mundo malvado. De la magia de sus ojos no puede Vd. hacerse ni idea: ¡ si pudiera sobrevivir; es un milagro demasiado inaudito!", escribió el compositor tras su primer encuentro.

En los años siguientes, Múnich se convirtió en capital musical europea con los estrenos de "Tristán e Isolda" (1865), "Los maestros cantores de Núremberg" (1868), "El oro del Rin" (1869) y "La Walkiria" (1870). Con ello Luis II continuaba brillantemente la tradición de mecenazgo de la casa de Wittelsbach.

Sin embargo, Wagner tuvo que abandonar Múnich ya a finales de 1865 por haberse inmiscuido en negocios del gobierno. Tiempo después, Luis II protestó ante manifestaciones antisemíticas de su amigo, pero continuó sufragando el costoso mantenimiento del talento de Wagner. La planeada monumental sala de conciertos se construyó, de forma mucho más simplificada, en Bayreuth, inaugurándose en 1876 con el ciclo "El anillo del Nibelungo"; en 1882 se estrenó "Parsifal". Sin el entusiasmo de Luis II no se hubieran podido celebrar los festivales de Bayreuth, los más prestigiosos del mundo en cuanto a música clásica.

Ludwig más maduro y gordito

Arquitecto

Luis II estaba convencido de la idea de una monarquía santa por la gracia de Dios. En realidad él era un monarca constitucional, un dirigente estatal con derechos y deberes y poca libertad de movimientos. Por ello construyó su universo paralelo, su fantástico mundo aparte, en el que – lejos de la realidad – podía sentirse como un verdadero rey. Desde más o menos el año 1875 vivía de noche y dormía durante el día.

Ya desde el año 1868 habían surgido bocetos ideales creados por escenógrafos de un "Nuevo Castillo de Hohenschwangau", más arriba del apacible castillo de Hohenschwangau de su padre, y de un "Palacio bizantino" y de una copia de Versalles. Desde el comienzo su universo paralelo trascendía las épocas. El "Nuevo Castillo" (posteriormente llamado Neuschwanstein), transportaba al imperio cristiano medieval.

La construcción de este palacio, que Luis exigió que estuviera hecho de cabo a rabo por trabajadores bávaros, con materiales bávaros, sin apenas importaciones extranjeras, desarrolló una poderosa artesanía que hace que, hoy por hoy, Baviera siga siendo uno de los enclaves industriales más poderosos de Alemania.

El nuevo Versalles, construido desde 1878 en el lago de Herrenchiemsee, rememoraba el absolutismo barroco de los Borbones como reyes de Francia.

Contrariamente a lo que se piensa, en principio Luis II utilizó su fortuna familiar para la construcción de estos castillos, aunque pronto no le era suficiente y acabó endeudando fuertemente a su Estado. En la construcción de los castillos fue ayudado por el diseñador de edificios Christian Jack.

Al contrario que sus estancias en las montañas, las de Múnich se fueron haciendo cada vez más cortas. Para mantener vivo su universo paralelo le ayudaban las "representaciones privadas" en el teatro de la corte de Múnich, representaciones de teatro y operísticas privadas, sólo para el rey.

El Grial

Luis II se fue identificando cada vez más con Parsifal, figura de sagas medievales que, gracias a la pureza y a la fe, se convierte en rey del Grial y con ello en salvador de su antecesor, un gran pecador. La lucha interior relacionada con la liberación de los pecados y la pureza se refleja de modo dramático en los diarios de un rey que era muy creyente. La última ópera de Richard Wagner, "Parsifal", compuesta desde 1877, trata precisamente este mito como tema. Entre Wagner y sus allegados llamaban al rey "Parsifal". Neuschwanstein, en sus orígenes dedicado a los cantores medievales, fue reinterpretado como castillo del Grial y la Sala del Trono se decoró como la sala del Grial.

Amores

A pesar de que ciertas películas hayan insinuado una relación amorosa entre Luis II y la futura emperatriz Sisi esta relación es carente de fundamento y sin base real.

A través de su reinado, Luis tuvo una serie de enamoramientos con hombres apuestos. En 1869, comenzó a llevar un diario en el cual registró sus pensamientos privados y habló de sus tentativas de suprimir sus deseos sexuales y mantenerse fiel a sus dogmas católicos. Los diarios originales de Ludwig se extraviaron durante la Segunda Guerra Mundial y todo lo que queda hoy son copias de escritos hechos antes de la guerra. Estos escritos copiados del diario, junto con cartas privadas y otros documentos personales que han sobrevivido, sugieren que Luis luchó contra su homosexualidad.

Desde 1885 los bancos extranjeros amenazaban con embargo. El rechazo del rey a reaccionar racionalmente ante esto fue, en 1886, el desencadenante para la declaración de su incapacidad para gobernar y su derrocamiento por el gobierno – un procedimiento no contemplado en la constitución bávara. Luis II fue internado en el castillo de Berg.

Su muerte se produjo en el lago de Starnberg el 13 de junio de 1886. Por la tarde-noche Luis pidió pasear con su médico-psiquiatra Gudden. Éste aceptó de buen grado y mandó a los guardias que no les siguiesen, ya que confiaba en Luis debido a su reciente recuperación. Los dos hombres nunca volvieron y fueron encontrados ahogados dentro del lago Starnberg a las 23.30. La muerte estuvo bajo sospecha de todos, de hecho, Luis era un gran nadador, y se dice que fueron dos hombres los que "amablemente" le acompañaron hasta el lago. Otra versión es que el propio Ludwig, espantado con la perspectiva de su reclusión, asesinó al médico y luego se suicidó.

Descanse en paz.