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martes, 10 de noviembre de 2009

Ra, Ra, Rasputín

A las doce y media de la noche del 16 de diciembre de 1916, Grigori Yefímomich Rasputín abrió la puerta de su apartamento de San Petersburgo, camino de su muerte. La escalera del edificio estaba a oscuras, por lo que se ofreció a guiar en las tinieblas a su acompañante, el príncipe Félix Yusúpov. Bajaron los escalones cogidos del brazo. Rasputín conocía el camino de memoria, pero Yusúpov pensó para sus adentros que los ojos del campesino veían en la oscuridad. Sin embargo, el humor del infortunio no quiso que aquel vidente, al que muchos atribuían poderes sobrehumanos, advirtiera que se encontraba al lado de su asesino.

A aquellas horas no hacía demasiado frío para lo habitual (dos o tres grados) y caía sobre la ciudad una calmada nevada. Cuando salieron a la calle les esperaba el automóvil del príncipe, conducido por el doctor Lazavert disfrazado de chófer: otro de los conjurados para acabar con la vida del más influyente consejero áulico del país, el individuo al que los zares consideraban un hombre santo y recibían durante horas en el Palacio de Invierno y al que llamaban por lo general Nuestro Amigo, en una clave afectuosa y secreta a la que tan aficionado era el matrimonio de emperadores de todas las Rusias.



La rutina de la última noche de Rasputín –así como infinidad de pormenores correspondientes a su vida en la corte y a sus actividades– la conocemos al detalle por los testimonios de los que declararon tiempo después ante las autoridades de la Revolución de Febrero,el expediente se perdió y no volvió a ser encontrado hasta 1995, cuando el violonchelista Milan Rostropóvich lo adquirió en pública subasta en Sotheby’s y se lo cedió a su amigo el escritor Edvard Radzinsky, cuyo Rasputín (Los archivos secretos) constituye uno de los más importantes estudios realizados hasta la fecha sobre nuestro personaje.

Aquella noche postrera, Rasputín recibió en casa, entre las diez y las once de la noche, la visita de una de sus frecuentes admiradoras: una “rubia rolliza de unos 25 años”, según confirmaron su sobrina, que estaba alojada por entonces en el apartamento, y el portero del edificio. Estuvo con Rasputín en la célebre habitación del sofá, por donde pasaban las palomas descarriadas, las devotas profesionales, las curiosas de dudosa reputación que siempre revoloteaban alrededor del iluminado.

A las doce de la noche apareció en el apartamento Alexander Protopópov, entonces ministro del Interior, un cargo casi todopoderoso en la Rusia de 1916. El ministro había ordenado que a partir de las diez de la noche desapareciera cada día la vigilancia permanente a la que estaba sometido Rasputín para que no quedase así constancia en ningún informe de sus frecuentes visitas a la casa. Rasputín no lo sabía, de manera que cuando aquella noche última salió a la calle del brazo de Félix Yusúpov estaba convencido de que sus guardianes les seguirían de cerca. Pero lo cierto es que caminaba solo y confiado junto a quien hacía tiempo había organizado una conspiración para matarle.

Los Yusúpov eran la familia más importante de Rusia, después de la real, aunque tanto o más ricos que los propios emperadores. Desde los tiempos de Iván el Terrible contaban con inmensas posesiones de tierras. Más tarde se convirtieron en grandes industriales. Durante trescientos años, los Yusúpov habían significado una suerte de sombra de la familia imperial. Félix Yusúpov estaba casado con la sobrina del zar Alejandro II, la gran duquesa Irina. Félix era más bien pusilánime. Se había negado a prestar el servicio militar porque no quería participar en guerra alguna en la que hubiese de derramar sangre. Durante su juventud, antes de sus intrigas conspiradoras, había llevado la vida de un acaudalado disoluto. De la mano de su hermano mayor, Nicolás (muerto en duelo más tarde a manos del marido de su amante), conoció las voluptuosas noches de San Petersburgo y París, muchas veces disfrazado de mujer, mientras jugaba a la bisexualidad, una afición que mantendría durante toda la vida.

El coche que conducía el doctor Lazavert se detuvo, la noche del 16 de diciembre, en un patio lateral del palacio Yusúpov. Félix e Irina habitaban un ala del edificio y estaban acondicionándola a su gusto. En la rehabilitación del hogar estuvo incluido el sótano donde iban matar a Rasputín. Era de gruesas paredes y con pequeñas ventanas a la altura del suelo. Se redecoró a la manera clásica de un salón-comedor ruso. . El sótano comunicaba, mediante una escalera de caracol, con las habitaciones de Félix. A mitad de la escalera estaba la puerta que daba al patio, por la que entraron aquella noche Félix y Rasputín en cuanto el coche se detuvo.

El cebo para atraer a Rasputín hasta aquella madriguera no termina de estar claro. Por un lado, parece que se trataba de un halago por ser la invitación de uno de los personajes más poderosos del país. Por otro, según indicaron algunos observadores Félix había hecho servir sus encantos eróticos en aquella amistad interesada, y Rasputín no era ajeno a los amores masculinos porque en él se reconciliaban sin estorbos los principios de la masculinidad y la feminidad. Por último, Rasputín ansiaba conocer a la hermosa Irina, ofrecida como cebo por Félix y a quien deseaba en la distancia. El ardid requería que Irina fuese tratada de una supuesta dolencia de origen espiritual. Rasputín expulsaba a menudo el demonio de la lujuria mediante la lujuria misma, interiorizaba el pecado ajeno con la comisión del pecado, para que el arrepentimiento posterior liberara al enfermo y al sanador. Todo parece indicar que, en los últimos tiempos de la conjura, Félix estaba siendo tratado de aquel mal, y que Irina debía ser también curada aquella noche de la perdición de Grigori Yefímovich, el campesino venido de Siberia, quien por aquel entonces, durante el curso de las descomunales borracheras de 1916, se había jactado de tener a Rusia “en la palma de la mano”.

Sin embargo, Irina no estaba aquella noche en el palacio Yusúpov. Aunque había aceptado participar en el compló al comienzo, pronto se arrepintió y suplicó en su correspondencia a su marido que desistiese del asesinato.

Ahora bien, cuando Rasputín descendió a aquel sótano estaba convencido de que la sobrina del zar Alejandro II estaba en la casa, en las dependencias del piso superior.

El doctor Lazavert, una vez hubo aparcado el coche, se despojó de su disfraz de chófer y se reunió en las habitaciones del primer piso con el resto de los conjurados. Allí estaba también Vladímir Purishkiévich, un político monárquico, antisemita, que ya había pronunciado algún discurso incendiario contra Rasputín y la zarina Alejandra Fiódorovna, tachándola de “alemana en el trono de Rusia, ajena al país y a su gente”. Junto a Purishkiévich estaban el teniente Sujotin y el otro gran personaje de la maquinación, el gran duque Dimitri Pávlovich, primo del zar Nicolás II.

De manera que los cuatro conjurados restantes escuchaban junto a la escalera del primer piso las voces de Félix y Rasputín que provenían del sótano. Allí abajo estaban sentados el uno frente al otro, charlando animadamente junto al fuego del hogar.

P Grigori Yefímovich Rasputín había nacido en el pueblo de Prokóvskoie, el 10 de enero de 1869. Sabemos poco de su juventud, sólo que se entregó a una vida a la que en principio parecían destinados muchos de los miserables campesinos siberianos: la rutina de un borracho. Hasta que sufrió su conversión gracias al dolor y la humillación: un vecino que le sorprendió robando en sus campos y le molió a estacazos. Desde entonces se convirtió en un peregrino mendicante con un extraño sistema nervioso. Algunos testigos de aquella época primitiva refieren que parecía un subnormal, en lucha siempre con un Satanás interior.

Rasputín estuvo vinculado durante su vida a las enseñanzas de la herejía jlist. Los jlisti practicaban una gimnasia espiritual que necesitaba de tres pasos obligatorios: el pecado, el arrepentimiento y la purificación.

Los zares debieron de conocerle a finales de 1905. Nicolás, que había nacido rodeado de sangre, como la historia de la dinastía, era un ser taciturno y supersticioso. Alejandra, a pesar de la firmeza de su temperamento y de su entrometida voluntad de convertirse en gran estadista, resultaba propensa a toda clase de misticismos. Al parecer tomaron a Rasputín como la reencarnación de un viejo consejero espiritual fallecido, monsieur Philippe, un mago francés con reputación de terapeuta. En su primer encuentro, Rasputín tuvo una intuición. Pidió ver a Alejo, el zarevich, cuya mala salud, salpicada de crisis hemofílicas, traía de cabeza a la familia imperial, que había estado buscando de forma desesperada un heredero después del nacimiento de cuatro grandes duquesas: le impuso las manos, le miró fijamente, rezó en voz alta, y el niño se sintió aliviado al instante. Desde aquel entonces se convirtió en imprescindible para los zares.

Mientras tanto, Grigori Yefímovich, asentado en Petersburgo, comenzó a ascender en palacio y a ganarse la plena confianza de la familia real. Al mismo tiempo crecía el círculo de devotas de Rasputín entre las damas desocupadas de la alta sociedad, entre las burguesas con ínfulas religiosas y entre las simples plebeyas. Las condesas y duquesas visitaban su apartamento, le besaban la mano, se arrodillaban ante él, le cubrían de obsequios, y cuando se marchaban solicitaban como favor llevarse la ropa sucia para lavarla, a ser posible con restos de su sudor.

Por aquel entonces, ya eran leyenda los favores sexuales que le dispensaban las mujeres. Acudía a las casas de baños rodeado de adeptas, regalaba a sus discípulas curaciones privadas del demonio en el sofá de su despacho, perseguía a cuanta desconocida se le cruzaba. En los informes policiales de aquellos años, sus vigilantes constatan que frecuentaba los burdeles varias veces al día. . Por la capital corría la especie de que estaba dotado con la verga de un caballo.

En aquellos días, Rasputín había logrado unir a todo el mundo en la empresa común de aborrecerlo. No deja de resultar enigmático el hecho de que los zares no sólo hicieran oídos sordos a todas las acusaciones que les llegaban –provenientes del círculo de su familia, de los ministros del Gobierno, de los miembros de la Duma, de los informantes de la policía secreta del régimen–, sino que fuesen destituyendo y apartando por sistema a todo aquel individuo que trataba de indisponerles contra el mago.

La única explicación verosímil se encuentra en la religiosidad supersticiosa de los emperadores: Alejandra y Nicolás consideraban que Rasputín poseía el don de la demencia santa. En la tradición mística rusa, los personajes de los santos dementes tienen gran importancia histórica. La catedral de San Basilio, en la plaza Roja de Moscú, está dedicada a uno de ellos. Por lo común eran mendigos que vagaban desnudos, cargados de cadenas, gritando oráculos y vaticinios. Simulaban locura para sufrir vejaciones en su persona, para experimentar el dolor y la persecución, igual que Cristo. Hacían burla de las convenciones y los vicios del mundo para servir de espejo a los hipócritas pecadores. En la biblioteca privada de Alejandra se encontraba el volumen Santos dementes de la Iglesia rusa, con notas en los márgenes, incluido el capítulo dedicado al libertinaje sexual de los ascetas. De ahí que los zares supiesen interpretar como nadie el comportamiento de Rasputín.

Cuando la zarina entonces asume la dirección del Gobierno, poruqe su marido estaba al mando del ejército en la guerra, da un verdadero golpe de Estado. Son destituidos los cargos principalesy sustituidos por individuos de confianza. La indignación respecto al papel de la zarina ya no podía ser mayor. Se consideraba que había embrujado a Nicolás, que precipitaba el desmoronamiento de la monarquía y que trabajaba en secreto para firmar una paz unilateral con su país de origen, Alemania, que sería considerada como una vergüenza nacional.

Cuando Félix Yusúpov se enteró de esos rumores decidió que tenía que matar cuanto antes y a cualquier precio a Rasputín. De modo que cuando el príncipe Yusúpov le tuvo sentado frente a él, conversando, le ofreció unos pastelillos de crema rosa envenenados con cristales de cianuro potásico.

Félix relató que El Oscuro bebió las copas de vino de Madeira y engulló los pasteles suficientes para matar a un regimiento de cosacos, pero que no revelaba ningún síntoma del envenenamiento, salvo el aumento de la salivación y unos constantes bostezos. Desesperado, se ausentó del sótano, consultó con el resto de conspiradores y le pidió a Dimitri Pávlovich su arma reglamentaria. Regresó ante Rasputín con la pistola a la espalda y le disparó en el pecho. El relato mitológico refiere que cayó sobre la piel de oso polar, y que se apresuraron a mover el cadáver para que la sangre no la empapara.

Después lo dejaron en el sótano a oscuras, sobre el suelo desnudo, y subieron a las habitaciones del primer piso. En sus memorias, Félix refirió que al poco tiempo sintió unas ganas irrefrenables de ver de nuevo el cadáver. Regresaron al lugar del crimen, zarandeó el cuerpo y lo notó aún caliente. De improvisó, Rasputín abrió los ojos y los clavó en el rostro de su asesino. A continuación se puso en pie y asió a Félix por el cuello con su fuerza descomunal. Cuando el príncipe logró desasirse, Rasputín, que no paraba de repetir encolerizado el nombre de Félix, salió huyendo por la escalera, camino del patio. Purishkiévich le alcanzó en el exterior y le disparó cuatro veces con su revólver en dos tandas de dos disparos. Erró los dos primeros. El tercero –escribió después– le alcanzó en la espalda mientras corría, y el cuarto, en la cabeza. La servidumbre del palacio Yusúpov arrastró el cuerpo por la nieve hasta el interior de la casa. Una vez allí, Félix sufrió una crisis de histeria y comenzó a golpear la cabeza de Rasputín con una barra de hierro recubierta de goma hasta quedar exhausto y empapado por las salpicaduras de la sangre.

En ese momento llamaron a las puertas del palacio dos agentes de guardia de la comisaría. Habían creído oír disparos. El nervioso Purishkiévich se identificó como miembro de la Duma, confesó el asesinato y apeló al patriotismo de los policías para guardar silencio en beneficio de la Madre Rusia. Sin embargo, a la mañana siguiente, muy pronto, el alcalde de Petersburgo, Alexander Balk, informó al ministro del Interior, Protopópov, de aquella increíble conversación entre uno de los asesinos y los dos accidentales testigos de los disparos. El rumor del asesinato de Rasputín se extendió por toda la ciudad, hasta llegar a oídos de los zares.

Aunque nunca sabremos con certeza lo que ocurrió en aquel sótano, hay dudas sobre las versiones escritas de Yusúpov y Purishkiévich son razonables. La resistencia asombrosa de Rasputín al arsénico se explica por dos razones. La disolución del vino no era la correcta y la dosis de arsénico resultó insuficiente. En cuanto a los pasteles, Rasputín no los llegó a probar: jamás se saltó su régimen, que prescribía abstenerse de la carne y los dulces “porque oscurecían el halo”. Lo más probable es que Félix, que odiaba las armas y que era de temperamento medroso, sólo le hiriese al dispararle. De ahí su resurrección. Por lo que respecta a Purishkiévich, no parece verosímil que un civil fallase los dos primeros disparos y le alcanzase después, más lejos, con dos certeros disparos en la espalda y la cabeza. El miembro de la Duma se tomó muchas molestias en los días posteriores para tratar de exculpar en la medida de lo posible a Dimitri Pávlovich. “Las manos de la realeza no están manchadas de sangre”, dijo muchas veces. Pero tuvo que ser Dimitri, valiente soldado, tirador de élite, quien alcanzara a Rasputín en el patio. La segunda tanda, los disparos mortales, provenían de la pistola del primo del zar. Por eso, Nicolás le impuso después a Dimitri, su favorito, el castigo más severo y le envió al frente, en Persia. No le cupieron dudas sobre quién había abatido a Rasputín.

El cadáver apareció flotando, con el torso desnudo, en las aguas heladas del Neva durante la mañana del 19 de diciembre. Tenía la cara desfigurada; agujeros de bala en el tórax, la espalda y la cabeza. Era extraño: conservaba las manos en alto. Según informaron los médicos encargados de la autopsia, Rasputín aún estaba vivo y trataba de romper sus ataduras cuando fue arrojado por sus asesinos a un agujero practicado en el hielo bajo el puente del Gran Petrovsky.

Faltaba muy poco para que Nicolás abdicase y una nube de sangre lloviera sobre Rusia.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Brujería y miedo. La velada en Benicarló



Las brujas siempre han existido. Pero su persecución y quema no es propia de la Edad Media ni exclusiva del catolicismo de los países del sur de Europa. Las ejecuciones en las plazas públicas coincidieron con el Renacimiento y el Siglo de Las Luces. Y fue el miedo colectivo el que creó a estos personajes y no al revés. Es el miedo colectivo el que crea la supuesta amenaza que suponen y no al revés.

El fenómeno del miedo de una sociedad puede tener una causa objetiva. Así ocurrió con la epidemia de peste de mediados del siglo XV, conocida como la muerte negra, o las grandes invasiones, como la de los turcos que llegaron a las puertas de Viena.

Pero hay otras explosiones de miedo que no tienen una causa bien definida. A este tipo se corresponde el desatado entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, cuyo hecho más extremo fue la quema de brujas.

La persecución de las brujas no es algo medieval, sino que aparece con el avance de la razón y la ciencia, ya en la Edad Moderna. Aunque hubo ejecuciones en los siglos anteriores, el fenómeno explota un siglo después de la aparición de la imprenta y a muchas décadas del descubrimiento de América. En concreto, el auge de las persecuciones tiene lugar entre 1575 y 1625.Y las hogueras ardían tanto en la Europa católica como en la protestante.

Las habladurías, los chismes y los rumores son los elementos clave que van dando forma a la amenaza. En ellas, se ve a las brujas como una minoría organizada, que se comunican mediante un código secreto. La mayoría social, para motivar su propio miedo irracional frente a una minoría insignificante a la que niega cualquier posibilidad de defenderse, crea una situación absolutamente mistificada: esa misma minoría se presenta como misteriosamente poderosa.

Es una constante en las explosiones de miedo social que la mayoría elija a la parte más débil En cuanto a las destinatarias de los miedos populares, al principio las víctimas son mujeres viejas. Pero también las hay muy jóvenes. En la lista de las 29 hogueras de Würzburg (Alemania) de 1629 hay niñas menores de 10 años. Es una constante en las explosiones de miedo social que la mayoría elija a la parte más débil como objeto de sus ataques. Y en aquél momento eran las mujeres.

Pero, aunque la minoría perseguida eran las mujeres, la paranoia se extiende después a los forasteros, las feas, pero también las guapas, a los más pobres y los más ricos. La irracionalidad se extiende hasta que, de pronto y quizás por hartazgo social, disminuye hasta desaparecer.

El rostro del acusador era de la masa de nivel medio, carente de rasgos diferenciados, dominada por el miedo, el odio y la envidia hacia aquellos que poseen alguna cualidad sobresaliente.

El miedo social al diferente es una constante universal. La persecución de los primeros cristianos en la parte final del Imperio Romano, donde se les acusaba de participar en ceremonias secretas donde asesinaban a niños y acababan la noche en una orgía, es un buen ejemplo. Gran parte de las denuncias contra los cristianos se basaban en habladurías.

Aunque la expulsión de los judíos de España data de 1492, la persecución y el mito de la pureza de sangre, junto al fenómeno de los cristianos viejos, aparecen en el siglo XVII. los judíos son acusados de practicar extraños ceremoniales y tratos con Satanás. Esto se produce al mismo tiempo que el conflicto con los moriscos se recrudece, prendiendo con fuerza la idea del moro amenazador en la psicología colectiva. Ambos pueblos escriben al revés. Lo que es, para los simples, un signo diabólico.

El victimismo y la sensación de asedio son otras características del miedo social. Los nazis lo explotaron, presentándose como los salvadores de una patria amenazada desde dentro y desde fuera por los judíos. De hecho, el aislamiento creciente que vivió el país fue amplificado por la propaganda nazi.

La velada en Benicarló

El odio que separa a unos españoles de otros, de dónde procede. En La velada en Benicarló escrita por Manuel Azaña en plena Guerra Civil, se propone una respuesta totalmente ligada con el texto anterior, dada por el personaje del abogado Claudio Marón : "El odio es engendro del miedo". "Una parte de España temía, hasta el pavor, a la otra parte. La perenne amenaza y los desquites atroces han mudado el pavor en aborrecimiento y azuzado el espíritu de venganza".

Otro personaje, el escritor Morales, relata como todo empieza con la expulsión de los moros, muchos de los cuáles eran de casta rural convertidos al islamismo, pero más rancios españoles que los propios godos.

Morales recuerda la patética escena de El Quijote en la cual Sancho vuelve a encontrar a su vecino Ricote, expulsado de España por tener el infortunio de haber nacido morisco. "Doquiera que estemos llevamos a España - se lamenta Ricote - que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural".

domingo, 30 de agosto de 2009

Todo sobre el incesto

El incesto (del latín "incestare", infestar, contaminar) viene a ser, según el diccionario de la RAE, toda "relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio", es decir, cualquier clase de actividad sexual entre padres, hijos, sobrinos, abuelos, nietos, primos y hermanos,

El incesto está prohibido por la ley en casi todo el mundo occidental, aunque no de la misma forma y con la misma intensidad. En España no lo está, pero no por ello deja de estar muy mal visto. Aún así, el sexo entre padres e hijas es mucho más común de lo que pensamos; y no estamos hablando de abusos, sino de relaciones íntimas consentidas y ocultas.


Lucrecia Borgia, la prostituta del Papa Lucrecia Borgia, por Bartolomeo Veneto. Del periódico Público.

No es esto algo nuevo ni moderno: el mismísimo Lot bíblico fue seducido por sus hijas con ayuda de unos tragos de licor de uvas.

"¡Cómo es posible que los hombres sensatos puedan llegar a la absurdidad de creer que el goce de su madre, de su hermana o de su hija pueda ser delito!", se preguntaba el Marqués de Sade en La filosofía en el tocador. Pues lo cierto es que existen infinidad de teorías. Según Freud, el incesto siempre es deseado inconscientemente y su prohibición tiene como función coartar al ser humano de las tendencias de matar a su padre y desposar a su madre. Marks en 1991 llegó más lejos, hasta comparar el asco al incesto con el miedo a las serpientes: algo instintivo o, al menos, de "fácil aprendizaje".

A finales del s.XIX el investigador Edvard Westermarck propuso que tendencia a evitar el incesto podría tener una base biológica e instintiva más que cultural. Cree que es algo que forma parte de la naturaleza humana y que la atracción erótica se desvanece cuando has crecido con otra persona, sea o no sangre de tu sangre, lo cual explicaría la extensión del tabú a los padres e hijos adoptivos. Y además está la explicación biológica, dice que las criaturas nacidas de coitos entre parientes cercanos podrían ser psíquica y físicamente deficitarios.

Los sociólogos, por su parte, dicen que lo que pasa es que el incesto provoca confusión de los roles sociales y por eso no se tolera. Según el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, la prohibición del incesto inaugura la cultura humana, en oposición a la naturaleza. Según Claude Lévi-Strauss, la exogamia favorece los vínculos extrafamiliares al tiempo que mejora el reparto del trabajo comunitario. La madre de un adolescente joven puede verse favorecida por la llegada al núcleo familiar de una hembra joven bien dispuesta para el trabajo. A cambio, ese mismo padre puede “perder” a una hija, porque sabe que tendrá el recambio de una nuera en otro lugar.

Pero la Historia está llena de incestos. Ya en la antigua Grecia, el incesto madre-hijo era paso obligado por aquello del aprendizaje, y los dioses de la mitología griega fornicaban entre familiares sin problemas. En Roma, Nerón se acostaba con su madre y Calígula con tres de sus hermanas. En la Edad Media, el mismísimo Rey Arturo tuvo un hijo con su hermana Morgana. Y en Egipto, la dinastía ptolemaica y muchos faraones se entregaban a prácticas incestuosas, que nunca han sido un tabú en ese país porque en su mitología es el pan nuestro de cada día.

El padre Abraham, el de la Biblia, se casó con su hermana Sara, sentando un precedente que convertiría las Sagradas Escrituras en un cúmulo de incestos... hasta llegar al papa renacentista Alejandro VI, que no dudó un segundo a la hora de fornicar con su hija, la bellísima Lucrecia Borgia.

También se ha cometido incesto por razones de Estado (Cleopatra se casó con dos de sus hermanos). Eso por no hablar de monarquías europeas como los Austrias o los Borbones, que se apareaban entre ellos por imperativo real. Más vicioso fue el caso de Carlomagno, que no dejaba casarse a sus hijas porque las tenía de amantes; o Augusto II el Fuerte, rey de Polonia, - a caballo entre el s. XVII y el XVIII - que tenía como concubina favorita a su propia hija bastarda.

En la actualidad, el incesto es una costumbre permitida en ciertas zonas de habitantes indígenas. La tribu sudamericana de los kubeo, por ejemplo, lo considera un rito de iniciación a la edad adulta. Los indígenas hawaianos y peruanos lo han practicado hasta hace nada. Y en la tribu africana de los tutsi, si un hombre tiene un gatillazo en su noche de bodas tiene que ir junto a su madre para que ésta le devuelva con sus artes la virilidad...

sábado, 22 de agosto de 2009

La cocina con los Austrias


El Rey y cuanto le rodea ha supuesto siempre para el pueblo la referencia de lo ideal, de algo imposible de alcanzar. Esta admiración se refleja en nuestra lengua, que aún conserva expresiones como "ser tratado a cuerpo de rey" o "vivir como un rey". Y lógicamente uno de los privilegios de que goza el monarca a los ojos de sus súbditos es el de estar bien alimentado.

Los monarcas españoles no están siempre en Madrid; en determinadas fechas del año van a descansar a los Sitios Reales; a veces hacen viajes a otra provincias, marchan a encontrarse con su futura esposa o a misiones menos gratas como las bélicas. Y en todos los casos hay tres figuras que nunca se separan de su lado: el confesor, el médico y el cocinero, protagonista de nuestra historia.

Madrid en el año 1561 es elegida como capital de España y el Alcázar dispone de unas dependencias destinadas a lo que hoy llamamos cocina y con una organización definida. Es el reinado de Felipe II.

Empieza la cocina de los reyes que representa la historia de un derroche cotidiano, vinos, manjares, con el fin de ocultar las sucesivas crisis económicas y para marcar las diferencias con la burguesía y el pueblo, más modestos en sus hábitos gastronómicos. Hoy nos puede resultar asombroso el que en tiempos de crisis para la Real Hacienda se presentasen a diario ante el monarca más de cincuenta platos para que eligiera.

Nacen los llamados Oficios de Boca que se ocupan directamente de la alimentación de la Familia Real y su complejidad es tal que les obliga a dividir el trabajo en varias secciones con denominaciones afrancesadas: Panetería, Guardamangier, Sausería, etc. Sirvientes, cocineros, criados y bufones, cientos, que participaban del banquete real recogiendo una migajas más que generosas. Por ejemplo, el saucier, Este oficio provee de viangre para las ensaladas y para guisar las viandas de la mesa real. También se encarga de las especias, de gran valor en los siglos XVI y XVII por la dificultad de conseguirlas y su alto precio.

El oficial mayor, Salsier o Saucier disfruta de sueldo, ración ordinaria y un plato de la vianda que se levanta de la mesa de S.M. a mediodía y noche. Su ayudante recibe, además del sueldo, ración ordinaria y un cuarto de carro en los viajes para llevar sus cosas.

Los mozos aumentan en número y pasan de dos a tres a finales del siglo XVII. Uno duerme en las dependencias y se le paga la cama; cuando S.M. camina, él va con las cargas sin apartarse hasta que desembarcan.

En realidad estaba rigurosamente prevista la transmisión de lo sobrante entre los servidores inmediatos, de modo que se formaba una cadena que terminaba en las posadas de la corte.

Existe una relación entre la categoría del cargo y el número de platos a que se tiene derecho, pero a veces se originan rencillas entre los gentilhombres del rey y entre las damas de la reina, que ponen de manifiesto los beneficios que deja este privilegio.

El centro de esas dependencias es la cocina, con sus jefes venidos casi siempre del extranjero junto a las nuevas reinas, y que van a gozar de una posición en Palacio inversa al poder de la Corona.

Quién cocinaba. Las condiciones que debe reunir un buen cocinero en tiempos de los Austrias, eran "sea de buena disposición, de buen rostro y que presuma de galán". Esta seguridad en la afinidad que existe entre la imagen de quien crea un plato y el resultado obtenido puede sorprendernos, pero la hallamos así mismo a la hora de seleccionar a las nodrizas, de alguna manera fuente de alimentación de los infantes.

Se requiere además que conozca un elevado número de recetas, porque realizan hasta muchos platos a diario para que el rey elija el que prefiera y, por supuesto, una resistencia física fuera de toda duda. Las úlceras en piernas y brazos, los dolores de huesos o el reumatismo, les obliga a menudo a pedir permisos especiales para descansar o tomar baños y eso incluso ya en el siglo XX.

En cuanto a la comida de los infantes, desde la antigüedad los médicos aconsejaron la conveniencia de que las madres amamantasen a sus hijos los primeros meses. Ahora bien, las mujeres que dispusieron de medios económicos casi nunca cumplieron esta obligación, empezando por las reinas. De ahí que el primer alimento que recibe el futuro monarca no procede de su madre, sino de nodrizas cuidadosamente seleccionadas para tan delicada misión. Ya en 1541 se señalan las condiciones de una buena nodriza y menciona que además de un agradable aspecto físico, debe tener buen carácter y no ser ni triste ni tímida.

Los infantes reales son amamantados hasta los tres años y en ese mismo momento los doctores de palacio recomiendan enormes comidas a base de asados, caza, mollejas de cabrito, etc El fin era la abundancia diferenciadora del resto de los mortales.

La carne era la base de la alimentación en la realeza y nobleza alta durante la Edad Media y continúa siéndolo en los siglos XVI y XVII. - en el resto de los mortales la base de la alimentación era el pan, tanto que al resto de los alimentos se les denominaba companaticum (acompañamiento del pan)-. Es la carne de carnero la más consumida, seguida de la de vaca, aves y caza.

En cuanto a la Reina, en 1574 Felipe II dicta una Orden que regula el servicio a su mujer, Ana de Austria, y va a ser mantenida por sus descendientes.

Aún entonces hay ocasiones en que la reina come o cena en mesa baja, y se sienta en almohadas, pero no puede subir nadie al estrado donde está puesta la mesa; tampoco cuando come o cena en mesa alta y se sienta en silla puede hacerlo nadie salvo su Mayordomo mayor, aunque coman con ella sus hermanos. A un lado se coloca el Mayordomo mayor y la Copera al otro, debajo del estrado, y las damas que han de servir las comidas y cenas levantan todos los platos y los dan a los pajes y ellos a los Reposteros. Sólo están presentes los oficiales necesarios para tomar los platos y las fuentes, y llevar sobre ellas la toalla. La trinchanta la pone sobre la mesa y encima la primera fuente; en la bandeja la reina se enjuga las manos con la toalla.

Sebastián de Covarrubias, capellán de Felipe II, dice que a los reyes y príncipes no les basta con sus guardias de soldados para protegerlos porque "suele matarlos aquello en que más gusto tienen y más sabor, como es la vianda y la bebida". Por eso dispusieron que se probase primero, y la ceremonia se llamó "hacer la salva". La salva o salvilla es una pieza de oro o plata, sobre la que se sirve la copa al rey, y se llama así por hacerse sobre ella la salva, también de la vianda.

Qué comían. Algunos de los términos con que se denominan los diferentes tipos de comida varían de significado a través del tiempo e incluso hoy siguen produciendo cierta confusión.

El primer alimento que se sirve en el día ya en el siglo XVI se conoce como desayuno, aunque a veces se emplea en su lugar la palabra almuerzo. Lo más habitual es tomar sopa o huevo frescos.

El término comida aparece tanto aplicado a los alimentos que se toman como al servicio principal de mediodía. Dice Covarrubias: "De ordinario el pasto que se hace a medio día, como cena a la noche". Si la comida es abundante en manjares y rica en aparato se llama banquete, y toma el nombre de las mesas o "bancas" sobre las que se ponen las viandas.

Los comensales de la mesa real evolucionan desde un islote solitario y reverenciado en el Siglo de Oro, hasta estar compartida por el monarca con personas que muchas veces no pertenecen a la nobleza.

martes, 18 de agosto de 2009

Pintadas

El festín de Baltasar.Rembrandt- National Gallery - Londres

Si nos atenemos a la Biblia, el primero que hizo una pintada fue el propio Jehová. Utilizó la pared del salón palaciego del rey Baltasar, justamente en el momento en que este monarca poco piadoso celebraba un concurrido banquete, y escribió con letras de fuego Mane, Thecel, Phares. Naturalmente nadie lo entendió, reclaman entonces a Daniel, el profeta que además de amonestar con severidad a Baltasar, le explica el significado de las tres palabras. Se trata de las predicciones de la caída del rey. Mane significa que Dios ha puesto fin a su reino; thecel, que su peso en la balanza no ha alcanzado el requerido; y phares, que el reino se ha dividido y se entrega a medos y persas.

Probablemente el género más antiguo de grafitos, después del teológico, es el pornográfico. En los muros de Pompeya que respetó el volcán se han encontrado muchos (recogidos en el tomo 41 de la Biblioteca Clásica Gredos), aunque la mayoría responden a pautas previsibles: "Me he follado a la tía de la taberna", "El que suscribe, Suriano, dio por culo a Mevio", "Es una orden de tu carajo: hay que hacer el amor", junto al clásico "Teucro está enamorado". Por lo que se ve estas necesidades expresivas se prestan a pocas variaciones a través de los siglos.

Algunos no se han limitado a las palabras y añadieron gráficos. En uno de sus ensayos, Montaigne deplora los colosales falos que solía encontrarse dibujados en las paredes de las letrinas porque, según él, inducían a las mujeres a hacerse indebidas ilusiones sobre el tamaño real de los miembros masculinos...

También las pintadas de índole política tienen larga historia: por ejemplo, en el siglo XIX los invasores franceses de Italia vieron repetida en las calles la leyenda "VERDI", que no sólo era el apellido del patriótico compositor sino las siglas de Vittorio Emmanuel Rey de Italia. Pero sin duda las más célebres entre nosotros siguen siendo las que relucían en las fachadas parisinas durante Mayo del 68. No sólo expresaban demandas políticas en el sentido tradicional del término, sino inquietudes más amplias y poéticas. Fueron vindicaciones de lo posible más allá de limitaciones normativas ("Prohibido prohibir"), denuncias de la rutina establecida ("Corre camarada, el mundo viejo te persigue"), exigencias de una transformación que desbordase lo real ("Tomad vuestros deseos por la realidad", "Sed realistas, pedid lo imposible", "La imaginación al poder"...).. En algún caso, se recurrió directamente a la voz de un poeta ("He aquí que llega el tiempo de los asesinos", un verso de Rimbaud que brindó a Henry Miller el título de un ensayo y que no se refiere al aumento de crímenes, frecuentes en todas las épocas, sino que celebra el regreso de los fumadores de hachís).

Es fácil hoy denunciar la ingenuidad de estos lemas y marcarlos como peligrosos si se los pone en práctica, estorban. Hoy lo que se lleva es el saqueo y el fraude fiscal, tan práctico...


miércoles, 15 de julio de 2009

Sexo en la conquista de América

El descubrimiento de América va a abrír un periodo de esplendor para el Imperio español. Al calor de buscar dinero rápido para salir de la generalizada escasez de la vida en la época muchos embarcaron para luchar y abrirse nuevas perspectivas.

Al llegar, la desnudez de los habitantes de América excitó mucho a los conquistadores según afirman las crónicas. Los pechos desnudos y el pubis sin signo de vello de las hermosas mujeres les parecía un sueño a la soldadesca que huía de la hambruna en España. Se desató la lujuria. Un soldado de Palos apellidado Álvarez tuvo en tres años treinta hijos de indias diferentes, en México.

Mapa de América - 1640. Wikipedia

Las relaciones a veces se basaron en el sometimiento y la captura. Otras eran los propios aborígenes los que las ofrecían. Tengamos en cuenta que Europa a partir del finales del Medioevo el fanatismo religioso, instrumentado por la Inquisición, había puesto en la mujer la causa de todos los males de la humanidad y actuaba en consecuencia, como en la caza de brujas. Por eso, cuando los españoles, por la misma época, llegaron a América, no les sorprendió el alevoso maltrato que practicaban los indígenas con sus propias mujeres, las que, como apuntábamos, -así fueran esposas, hijas o madres- eran vendidas a los invasores por bagatelas, o directamente obsequiadas para complacerlos, como hacían los guaraníes.

A partir de ahí la promiscuidad y el rápido mestizaje: en Asunción (Paraguay), se denunciaba que el español que está contento con cuatro indias es porque no puede tener ocho, y el que con ocho porque no puede tener dieciséis .En Chile unos cientos de conquistadores mantuvieron una actividad sexual frenética. La maratóniana actividad sexual de los conquistadores españoles en América adquirió dimensiones colosales: unos, relativamente pocos hispanos (de entre los que no se excluían capellanes, frailes adoctrinadores y curas), consiguieron cambiar la composición étnica del continente, cuya población es hoy predominantemente mestiza.

El primer emplazamiento de Buenos Aires, obra de don Pedro de Mendoza, fue abandonado a mediados del siglo XVI. Los libros de historia hacen hincapié en las mejores condiciones naturales y climáticas que rodeaban a la ciudad de Asunción, comparándola con las que ofrecía la zona rioplatense. Pocos reconocen, sin embargo, que una cuestión de sexo, primó en la decisión tomada por los españoles. En efecto, las mujeres guaraníes eran amables, cariñosas y muy condescendientes con los conquistadores, mientras que a las damas bonaerenses y charrúas, por su gran hostilidad, no había manera de acercarse. Por el contrario, convenía mantener prudente distancia de ellas dadas su tendencia a la antropofagia. A Buenos Aires la refundan los lujuriosos de vuelta desde Asunción; cuando la Corona de España ordenó repoblar la ciudad porteña abandonado por varias décadas, fueron los hijos criollos de aquella unión fogosa, quienes bajaron al Río de la Plata comandados por Juan de Garay, a realizar la tarea refundadora.

Las autoridades incas custodiaban celosamente la Casa de Reclusión de Cajas (Perú) donde vivían 500 doncellas menores de 14 años, quienes eran entrenadas para servir como amantes y concubinas de los funcionarios públicos del imperio o para rendir culto al dios Sol. Sin embargo, Diego de Trujillo, cuando llegó al lugar al frente de un contingente de 40 españoles deseosos de confraternizar, ordenó llevar las niñas recluidas a la plaza del pueblo y las repartió entre sus soldados, provocando el júbilo de éstos, tocándole a cada uno un promedio de 12 vírgenes.

Bartolomé Colón, fundador de Santo Domingo, tuvo una recepción inolvidable. Mientras el cacique Bohechio aprestaba sus tropas para defenderse de los invasores hispánicos, su hermana Anacaona, más pragmática, optó por otra estrategia. Cuando el Adelantado desembarcó en la isla, fue recibido por un nutrido grupo de vírgenes locales ataviadas sólo con una cinta alrededor de la frente. Según cuenta el cronista, el comité de bienvenida lo integraban decenas de jóvenes cuyo rostro, pecho, tetas, manos y demás partes son muy hermosas y de blanquísimo color y que, a los atónitos visitantes, se les figuró que veían esas ninfas salidas de las fuentes de que hablan las antiguas fábulas. Colón y su gente fueron agasajados con una opípara cena y luego se les suministró hamacas para pernoctar bien acompañados.

En Cuba, según Gonzalo Fernández de Oviedo, cuando los indios se casan la novia fornica con todos los invitados siguiendo un rango de jerarquías, siendo el último el esposo.

Pero la consecuencia fue que junto al oro de los galeones llegó a Europa la sífilis gran azote desde entonces hasta el invento de la penicilina. Sus principales transmisoras a partir de aquí serían las prostitutas que invadieron Sevilla, el único puerto del Imperio autorizado a comerciar con América. Por la misma época el escritor y clérigo español Francisco Delicado, el autor de La Lozana andaluza, afincado en Italia, que clasificaría más de cien clases de putas en la ciudad de los Papas, unas profesionales con cuyos impuestos se pagó - está demostrado - a Miguel Ángel la decoración de la Capilla Sixtina.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Jesús y la crucifixión

Jesús de Nazaret no fue el primer crucificado. Antes que él otros muchos murieron en cruces. La arqueología y la historia han aportado en los últimos años importantes evidencias sobre como se desarrolló la condena a muerte por crucifixión. El martirio de la cruz es ya citado por fuentes asirias, egipcias, griegas, persas, cartaginesas, etc, mucho tiempo antes de la era cristiana, a pesar de que no se haya datado con exactitud su origen.




Cuenta Flavio Josefo que el rey asirio Antioco IV Epifanes, en su persecución de los judíos, entre el 174 y 164 a.JC, sometió a intensos tormentos a quienes no acataban sus leyes, "...hiriéndoles a latigazos, mutilando sus cuerpos y, estando todavía vivos, colgándoles de cruces".

Esta tortura, junto con la horca, fueron denominadas arbor infelix o infelix lignum, que significa "árbol siniestro" y "leño o tronco siniestro", a pesar de que tiempo después la horca pasó a denominarse genericamente furca. Esta utilización de la definición infelix lignum arbitrariamente para la muerte en cruz y la muerte en horca, ha llevado a algunas comunidades religiosas, como las Iglesia de los Testigos Cristianos de Jehová, a la convicción de que Jesús murió clavado a un solo tronco vertical, sin el leño horizontal que forma la clásica cruz latina.

Pese a esta singular concepción de la crucifixión, lo cierto es que en ambas denominaciones latinas antes citadas, los vocablos arbor (árbol) y lignum (leño) hacen alusión al elemento básico de la cruz; el tronco de árbol de poco grosor.

¿Pero quién pudo ser el inventor de tan atroz forma de muerte?

Ya Cicerón, orador, pensador y político romano, indicaba a un tal Tarquino como su creador. Sin embargo investigadores contemporáneos documentan que el suplicio de la cruz se usaba en Roma antes de Tarquino, siendo además conocido y practicado fuera de la Ciudad Eterna.

La opinión más extendida en la actualidad es que esta forma de ejecución es de origen asiático, concretamente persa, a pesar de que algunos estudiosos mantengan que su origen es fenicio.

Pero lo importantes es que la cruz ya era utilizada por griegos, egipcios, cartagineses, y en otras áreas antes de su introducción en Roma.

En 1968 un grupo de arqueólogos halló al noroeste de Jerusalén, la tumba de un hombre que había muerto crucificado. Las marcas de violencia eran solo patentes en sus talones, atravesados por un clavo de 18 centímetros, en sus muñecas taladradas y en sus tibias y peronés intencionadamente rotos a la altura del tercio inferior y radio derecho, que presenta una fisura por clavo. El osario en que se hallaron estos restos, con a leyenda "Johannan ben Haggol" (Juan, hijo de Haggol) poseen un valor arqueológico y exegético extraordinario. Y el hecho de que no descubriesen otras evidencias de tortura en el crucificado, que según los expertos murió a la edad de entre 24 y 28 años, también resultan de gran valor por algo que explicaremos luego.

Reconstruida por los técnicos la posición de Juan en la cruz sería la siguiente: piernas colocadas una sobre otra ligeramente flexionadas. Los pies, juntos por los talones, son atravesados por un solo clavo (lo que confirmaría la tradición de los tres clavos en la cruz, y no cuatro como han supuesto algunos autores). La caja torácica levemente contorneada y los brazos fijados al palo horizontal (stipe) mediante dos clavos que atraviesan los antebrazos.

Además de "Juan hijo de Haggol", los arqueólogos han encontrado otras evidencias de la muerte en cruz. Por ejemplo, en unas excavaciones realizadas en 1940, en Herculano y Pompeya, fueron descubiertas varias cruces litúrgicas. Dado que estas antiguas villas veraniegas romanas fueron sepultadas por el Vesubio el 24 de agosto del año 79, estas cruces se suponen bastante más antiguas que ese año, y tal vez fueron contemporáneas a la utilizada contra Jesús de Nazaret. Pero esto no quiere decir que sean exactamente iguales a la cruz de Jesús, ya que se han catalogado 385 tipos de cruces diferentes.

Algunos teólogos afirman que la cruz es anterior a Jesús basándose simplemente en el texto evangélico. en Mt. 16-24 leemos: "El que quiera venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame".

Respecto a la cruz empleada en la muerte del fundador del Cristianismo, los autores plantean dos hipótesis fundamentales; la cruz Tau (en forma de T) y la cruz latina, clásica representación de la imaginería popular.

Los partidarios de la cruz Tau alegan que este tipo de cruz era la más utilizada en la antigua Roma, pero los detractores de esta hipótesis argumentan que esto no es posible, ya que el texto evangélico afirma que fue colocado un letrero con las iniciales INRI (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) en la parte superior de la cruz, sobre la cabeza de Jesús (Mateo, Lucas y Juan) y esto es imposible en una cruz Tau que no tiene extremo superior.

La hipótesis más popular es que Jesús hubiese sufrido calvario en la clásica cruz latina, pero no la típica y estilizada cruz artesana que la iconografía religiosa plantea.

Con seguridad la cruz en que murió Jesús de Nazaret no estaba construida con dos pulidos tablones perfectamente ensamblados, ya que los árboles de Jerusalén (pinos primordialmente) eran demasiado enclenques para parir unos tablones lo suficientemente grandes para confeccionar una cruz mortuoria. Por otro lado, pulir, lijar y luchar contra los nudos de la madera era algo demasiado complicado para confeccionar una herramienta de muerte considerada maldita, y que la mayoría de las veces sería pasto de las llamas debido a las supersticiones populares que rodeaban aquellas despiadadas formas de tortura.

Los romanos denominaban genéricamente crux a todo instrumento de suplicio en que, el condenado a la pena capital, era fijado , alzado y sometido a una muerte lenta y cruel.

Justo Lipsio, el filósofo flamenco del siglo XVI, amigo de Quevedo y gran conocedor de los clásicos, sostenía con otros historiadores esta opinión. En este sentido la palabra latina crux significa simplemente tormento, martirio, y cruciare atormentar.

Según autores los romanos despreciaban a los reos de crucifixión. Tras dejarles un par de días para despedirse de sus familias y zanjar sus deudas, eran conducidos, sin ningún tipo de tormento o tortura adicional, al lugar en que eran crucificados. No se desperdiciaba tiempo ni energía en el condenado a la muerte en cruz. Recordemos que "Juan el Crucificado" no presentaba más síntoma de tortura que los clavos que lo fijaban a la madera y la rotura de las piernas. Explicaré después porqué.

Era tal el desprecio sentido para con los crucificados, que esta humillante tortura era reservada a los criminales de más baja ralea. Un condenado que pudiese mostrar el Civis romanus sum -salvoconducto que demostrase su ciudadanía romana- disfrutaría del "privilegio" de ser decapitado. Ejecución más digna, rápida y "humanitaria", que la agonía lenta e insoportable de la crucifixión.

De no poder demostrar su ciudadanía romana, y ser condenado a la cruz, el reo habría de cargar con el leño (casi siempre de pino vulgar) de unos 190 o 200 cm., llamado stipes hasta el lugar de ejecución. Una vez allí, tal y como llegaba atado al stipes era izado en el patibulum (parte horizontal de la cruz que sería un tronco), utilizando cuerdas que pasaban por encima de dicho tronco. Una vez izado se fijaban ambos troncos, stipes y patibulum (que ya adoptan la forma de cruz latina clásica) y se dejaba al crucificado morir lentamente de hambre, sed, insolación, dolor, asfixia, etc.

No solía descenderse el cuerpo del crucificado hasta que había sido totalmente descompuesto, para que sirviese de ejemplo y advertencia al pueblo.

En conjunto la cruz era bastante baja y el reo podía tardar entre 3 y 5 días en morir. En ese tiempo los crucificados solían ser atacados, y sus extremidades inferiores parcialmente devoradas por las alimañas, por lo que con el tiempo, en una muestra de paradójica "misericordia", los ejecutores decidieron hacer las cruces un poco más altas, pero alargando la agonía del crucificado.

Posteriormente los verdugos adoptarían la "piadosa" medida de romper las piernas del crucificado, con lo cual el cuerpo quedaba suspendido exclusivamente de los clavos de las muñecas.

Según han experimentado médicos forenses, un cuerpo humano en esta situación sufre una asfixia gradual, y para obtener cada bocanada de aire el crucificado ha de izarse a pulso sobre los clavos, que desgarran la carne y los nervios del antebrazo. Y tras cada titánico esfuerzo para respirar una vez más, el cuerpo vuelve a caer suspendido de los brazos, al no poder sostenerse sobre las piernas rotas. Así, en pocos minutos, el crucificado muere por asfixia.

La cruz como símbolo religioso

La imagen de la cruz aparece ya en la más remota antigüedad en áreas como las centro-americanas, tan lejanas y desconectadas de los orígenes del cristianismo.

Incluso en algunos petroglifos prehistóricos se han encontrado grabados cruciformes, lo que no deja de ser razonable, ya que es uno de los símbolos más sencillos que pueden confeccionarse: dos líneas que se cruzan en un punto.

En Europa y Asia no aparece el "signo de la cruz" como distintivo cristiano, al menos hasta el siglo IV. Hasta entonces los cristianos utilizaban otros símbolos, como el cordero divino (imagen originada en el cordero expiatorio del Pentateuco, utilizado por los judíos en su Éxodo a la Tierra Prometida).

En tiempos del Papa Celestino I (año 432), precisamente por lo que hemos expuesto, aparece sobre la puerta de la iglesia de Santa Sabina, en Roma, la que según algunos autores es la imagen más antigua de Jesús crucificado.

Esta imagen del crucificado (del latín "crucifixus", fijado en la cruz), que ahora identificamos instintivamente como específicamente cristiana, no apareció mostrando toda la crueldad de esa muerte, no expuesta públicamente hasta bien entrado el siglo VI y no cruentamente. E incluso entonces despertó indignación y escándalo entre los propios fieles. Este hecho fue reseñado por algunos cronistas cristianos, como el padre Maxime Gorce, quién escribía:

"Cuando en el año 560, aproximadamente, en Narbona fue exhibido por vez primera el cuerpo del ajusticiado (Cristo), según el testimonio de Gregorio de Tours, esto constituyó un espantoso y muy comprensible escándalo..." ´.

Jesús de Nazaret, una crucifixión excepcional

Según la muerte normal por crucifixión en el Imperio Romano, la de Jesús resulta atípica. Y más atípica resulta aún si, como hemos señalado anteriormente, los vestigios arqueológicos apuntan a que el crucificado no era torturado previamente.

El único muerto en cruz del que tengamos constancia histórica, que fue flagelado, golpeado y humillado antes de su crucifixión es Jesús de Nazaret.

En el Evangelio según San Matéo, el de Marcos, el de Lucas y el de Juan, relatan la Pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret.

Evidentemente, y si nos atenemos a los documentos históricos (no solo los Evangelios) que hablan de Jesús de Nazaret este no era ciudadano romano, sino judío, y por tanto no podía aspirar a la decapitación. Sin embargo, en lugar de ser conducido a la muerte en cruz directamente, es flagelado, coronado de espinas, y humillado públicamente antes de su crucifixión. Por otro lado, según el relato del Nuevo Testamento, no se le rompen las piernas como era costumbre (y como se profetizaba en el Antiguo Testamento), ya que fallece antes víctima de los sucesivos tormentos.

Este martirio previo, que no se empleaba con los crucificados comunes, tiene en si mismo un extraordinario interés de cara a dos enigmas del cristianismo no menos fascinantes; la Sabana Santa de Turín y el Santo Sudario de Oviedo.

Ambos lienzos sobre todo la Síndone de Turín, representan a un hombre crucificado. En este sentido la historia de la muerte por crucifixión supone un aval razonable a la hora de identificar al hombre de la Síndone con Jesús de Nazaret, ya que la arqueología y la historia no nos han ofrecido evidencias de ningún otro reo de cruz que presenta las extraordinarias características que detalla el Evangelio en relación a la crucifixión de Jesús.

Sólo resta añadir que los primitivos crucifijos representaban a un Jesús vivo y triunfante, lujosamente engalanado y victorioso sobre la cruz, como afirma el dogma de la resurrección. A partir del siglo XII aparece ya muerto y cubierto solo con un paño atado a la cintura. Y a partir de 1300 se inicia populariza ya la representación de un Jesús coronado de espinas, humillado y sufriente, como realmente corresponde a un crucificado.

jueves, 9 de abril de 2009

Eichmann y la maldad de los burócratas

,En 1961 Hannah Arendt asistió al proceso contra Adolf Eichmann en Jerusalén. Era reportera de la revista The New Yorker. En su libro subtitulado Un informe sobre la banalidaddel mal, postulaba que por la no posesión de un motivo para el mal este es banalizado. Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto expone su tesis complementaria según la cual el Holocausto no fue un fenómeno ocasional de una barbarie precivilizada, la expresión de una brutalidad salvaje contra lo humano, sino una consecuencia lógica (y añade que era del todo evitable) de la civilización moderna y su “creencia en la ingeniería social a gran escala”.

Adolf Eichmann era un alto oficial de las SS responsable del asesinato de millones de judíos durante la II Guerra Mundial. Eichmann se unió a la policía secreta nazi (Gestapo) en 1934 y cuando los alemanes anexionaron Austria en 1938, se le encargó el cometido de deportar a los judíos de ese país de acuerdo con la política antisemita nazi. Durante la II Guerra Mundial estaba encargado de ‘la solución final del problema judío’, en el curso de la cual los judíos de toda Europa ocupada por Alemania fueron enviados a campos de concentración para su total exterminio. Después de la guerra, Eichmann escapó ayudado por la organización ODESSA, pero en 1960 agentes israelíes le localizaron en Argentina, le secuestraron y le llevaron a Israel. Enjuiciado en Jerusalén y acusado de crímenes contra la humanidad, fue ahorcado dos años después.




La filósofa alemana afirmó que cuanto más se escuchaba a Eichmann, más evidente resultaba que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar. Fundamentalmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona.

Que inclusive no era posible establecer comunicación alguna con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros y, por ende, contra la realidad como tal.

Retazos del libro de Arendt

[...] El miembro de la jerarquía nazi más dotado para la resolución de problemas de conciencia era Himmler. Himmler ideaba eslóganes, como el famoso lema de las SS, tomado de un discurso de Hitler dirigido a estas tropas especiales, en 1931, "Mi honor es mi lealtad" -frases pegadizas a las que Eichmann llamaba "palabras aladas", y los jueces de Jerusalén denominaban "banalidades"-, y los difundía, tal como Eichmann recordaba, a finales de año, seguramente acompañadas de una gratificación de Navidad. Eichmann únicamente recordaba uno de estos eslóganes. Y lo repetía constantemente: "Éstas son batallas que las futuras generaciones no tendrán que librar". Se refería a las batallas contra las mujeres, los niños, los viejos y las "bocas improductivas".

Eichmann durante el juicio en Jerusalén

He aquí otras frases tomadas de los discursos que Himmler dirigía a los comandantes de los Einsatzgruppen y a los altos jefes de las SS y de la policía: "Haber dado el paso al frente y haber permanecido íntegros, salvo excepcionales casos explicables por la humana debilidad, es lo que nos ha hecho fuertes. Ésta es una gloriosa página de nuestra historia que jamás había sido escrita y que no volverá a escribirse", "La orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir", "Sabemos muy bien que lo que de vosotros esperamos es algo sobrehumano, esperamos que seáis sobrehumanamente inhumanos".

Lo que se grababa en las mentes de aquellos hombres que se habían convertido en asesinos era la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única ("una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años"), que, en consecuencia, constituía una pesada carga. Esto último tiene gran importancia, ya que los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza, y los jefes hacían un esfuerzo sistemático para eliminar de las organizaciones a aquellos que experimentaban un placer físico al cumplir con su misión.

Las tropas de los Einsatzgruppen procedían de las SS armadas, unidad militar a la que no cabe atribuir más crímenes que los cometidos por cualquier otra unidad del ejército alemán, y sus jefes habían sido elegidos por Heydrich entre los mejores de las SS, todos ellos con título universitario.

De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler -quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas- era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: "¡Qué horrible es lo que hago a los demás!", decían: "¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!".

El hecho de que Eichmann recordara mal las ingeniosas frases de Himmler quizá sea un indicio de que existían otros medios más eficaces para resolver los problemas de conciencia. Entre todos ellos destacaba, como Hitler había previsto certeramente, el simple hecho de la guerra.

Eichmann repitió una y otra vez la existencia de "una actitud personal diferente" con respecto a la muerte, "cuando uno ve muertos en todas partes", y cuando todos esperaban con indiferencia la propia muerte. "No nos importaba morir hoy o morir mañana, y, en ocasiones, maldecíamos el amanecer que nos pillaba todavía vivos."


Conclusión

A pesar de los millones de personas asesinadas, a pesar de la inmensa crueldad de las acciones que se llevaron a cabo, no fue el resultado de la acción de sádicos degenerados, ni de enfermos mentales, como resultaría tranquilizador creer. Exigió la colaboración de honrados ciudadanos, de intelectuales, de científicos, de personas que, en la mayor parte de los casos serían incapaces de crueldad directa contra sus semejantes que, probablemente, reprobarían el uso de la violencia física y que jamás la habían utilizado y, pese a todo, consiguió dicha colaboración.

¿Cómo fue posible?: se había logrado la invisibilidad de las víctimas, deshumanizándolas, aislándolas, sacándolas de la vista de la mayoría, convirtiéndolas en entes intercambiables y, lo más importante, totalmente diferentes del resto de ciudadanos. Se había logrado una perfecta división del trabajo, totalmente jerarquizada que permitía a cada uno de los funcionarios implicados obtener la satisfacción del trabajo bien hecho, traspasando la responsabilidad moral al funcionario inmediatamente superior.

Se utilizaba un lenguaje neutro, aséptico, que permitía dormir las conciencias y otorgar una sensación de rutina, de normalidad. No existía una relación directa entre la nimiedad del gesto individual y la inmensidad del resultado. Ni se veía a las víctimas, ni existía una relación directa entre el trabajo de cada uno y el resultado de dicho trabajo, siempre existía un intermediario que garantizaba que la responsabilidad se diluyera. Se había utilizado, en fin, la burocracia y como en toda burocracia, lo importante eran los medios, los procedimientos, los reglamentos y no el fin que se perseguía.

De la misma forma se hizo posible la mayor crueldad, se logró la colaboración de las propias víctimas, a las que siempre se concedió el engaño de la lógica: sin poder imaginar el horror que se gestaba, acostumbradas a pensar en un mundo ordenado racionalmente, se les ofreció siempre, hasta el último momento, la apariencia de una organización racional, en la que existían leyes, procedimientos, categorías con las que podían, actuando siempre según los medios de los que anteriormente se habían valido, minimizar el sufrimiento y salvar la vida.

Es decir, fueron los propios mecanismos en los que solemos confiar para garantizar el bien general los que lograron que el éxito fuese completo. Los mismos mecanismos que siguieron funcionando actualmente. No quiere decir esto que la burocracia y la moderna organización social den cómo resultado necesariamente un fenómeno como el Holocausto, pero sí que contienen los elementos que lo hicieron posible y que dichos elementos no han sido puestos en duda como debieran. La mayor parte de las personas somos capaces de causar un daño importante a otras si ocupamos una posición de poder o si existe una autoridad firme que nos lo ordene.

Como decía el defensor de Eichmann en el juicio, se va a condenar a un hombre por hechos que, si hubieran sido otros los vencedores, le habrían glorificado.

sábado, 14 de marzo de 2009

Las rayas y los colores

Las rayas ahora se las asocia a los elegantes trajes sastre o a la indumentaria playera. Pero las franjas y las telas listadas fueron durante mucho tiempo en occidente marcas de exclusión e infamia. Las figuras que mayores probabilidades tenían de lucir rayas en la literatura y la iconografía de la Edad Media eran juglares, músicos, bufones, verdugos, condenados, herejes, judíos, musulmanes, así como el diablo, las prostitutas, los verdugos, los traidores, las mujeres adúlteras y los sirvientes codiciosos.

Todo surge con el regreso de San Luis (el rey Luis IX) a Francia luego de cuatro desalentadores años en Tierra Santa. En el transcurso de su fallida cruzada, San Luis había conocido a algunos discípulos de la orden carmelita, monjes mendicantes a quienes se reconocía de inmediato debido a sus capas rayadas. Vestimenta que homenajeaba, según cuenta la leyenda, a la capa chamuscada que el profeta Elías lanzó desde el carro de fuego que lo llevó al cielo.

A invitación del rey, los carmelitas volvieron con él a Francia en el verano de 1254. Sin embargo, a pesar de su protección, las capas rayadas causaron indignación en París y se los recibió con burlas e insultos. En los años siguientes el escándalo adquirió tales proporciones que el Papa Alejandro IV ordenó a los carmelitas que evitaran las rayas. Estos se negaron. La batalla prosiguió a medida que se sucedían los papas hasta que convencieron a los religiosos de que adoptaran hábitos blancos.

Al tiempo que se privaba a los carmelitas de la vestimenta que ellos habían elegido, se obligaba a otros a usar rayas como advertencia de su dudosa categoría, cosa que invitaba a los demás ciudadanos a apartarse. Leyes que proliferaban tanto en el norte germánico como en el sur de Europa, las cuales recomendaban la ropa rayada para indeseables sociales como leprosos y herejes.
Enrique VIII, detalle, Hans Holbein el joven, todo rayas

El Renacimiento concedió a las rayas un breve respiro y jugó incluso con su utilidad como elemento de diseño. Francisco I de Francia decidió que Clouet lo pintara vestido a rayas; Holbein retrató a Enrique VIII con similares vestiduras. Todo esto, sin embargo, no pasó de un flirteo.

Sólo una vez que la rebelión norteamericana adoptó las rayas como símbolo de libertad, estas hicieron una entrada triunfal en Europa. La Revolución Francesa se identificó hasta tal punto con las rayas, que en la memoria quedaron unidas de manera indisoluble al símbolo tricolor. Incluso los ingleses, contra quienes se había esgrimido la raya revolucionaria original, empezaron a usar rayas en vestidos, levitas, chalecos, medias, cintas y todo otro accesorio que se considerara adecuado agregar al atuendo.

A pesar de la rehabilitación histórica de las rayas, su carácter marginal persistió. Hasta entrado el siglo XX, las rayas se utilizaban para trajes de los presos. Empezaron a adquirir nuevos significado como el rayado higiénico que se introdujo para ropa íntima como los pijamas; el rayado festivo, usado a menudo en la ropa infantil o los juguetes; y la raya náutica, que no tardó en adoptar la indumentaria playera. En vísperas de la Primera Guerra Mundial no quedaba playa europea que no se hubiera convertido en un muestrario de rayas.


En un intento de comprender por qué el mundo medieval se sintió agraviado ante la vestimenta rayada de hombres dedicados a Dios, Michel Pastoreau en La ropa del Diablo, especula con que el ojo medieval se concentraba de manera particular en la lectura por capas. Una imagen se creaba mediante la superposición de niveles sucesivos y, para leerla de manera adecuada, era necesario empezar por el nivel inferior y, una vez atravesadas todas las capas intermedias, terminar en el nivel superior. Con las rayas, sin embargo, tal lectura no es posible. No hay un nivel inferior y otro superior un color de fondo y otro de superficie. Hay un solo nivel bicromático dividido en igual número de rayas de colores alternados.


En la Edad Media, teoriza Pastoureau, las rayas evocaban asociaciones que estaban enfrentadas a lo que entonces se consideraba políticamente correcto. Para la mente medieval, la idea de la diversidad y las rayas estaban estrechamente relacionadas. Destaca que el latín medieval a menudo usa como sinónimos las palabras "rayado" y "variado", y nos dice que la cultura medieval desaprobaba la variación: "La forma sustantiva de ''varietas'' sirve para designar engaño, maldad y lepra simultáneamente". En la actualidad consideramos que la diversidad es algo deseable y, como consecuencia de ese cambio de valores, el status de las rayas experimentó una revolución.

En general los colores y las religiones han mantenido una relación. estrecha. De un lado la Contrarreforma en el barroco eligió el abigarramiento cromático para manifestar la fastuosidad de su imperio en tiempos de crisis . Paralelamente el protestantismo, austero, impuso el prestigio del vestido negro sobre la burguesía emergente. De este estilo negro, contrario al descontrol de lo vistoso, derivaron a finales del siglo XIX y comienzos del XX los objetos negros, las máquinas de escribir, los teléfonos, las cámaras fotográficas, los automóviles negros. Desde 1860 la química industrial de los colorantes permitía fabricar objetos de casi cualquier tono pero hasta después de la Segunda Guerra Mundial los norteamericanos, tan religiosos, y todos los demás habitantes, no disfrutaron de los coches bicolores y tricolores o de electrodomésticos y herramientas que no fueran blancos o negros.

El color fue para los Santos Padres materia que se sumaba a la luz. La luz, símbolo de la pureza se contaminaba con los verdes, los amarillos o los azules, colores que a diferencia del rojo tardaron en incorporarse a la liturgia. El culto católico a la Virgen abrió las puertas al azul celestial pero en la liturgia, las casullas, no asumieron el azul mientras emplearon durante siglos el morado.

Newton demostró en el siglo XVII que todos los colores formaban parte de la luz pero la estimación popular y religiosa de la verdad del color permaneció ajena a las consideraciones de la ciencia.