sábado, 28 de noviembre de 2009

Al este del Edén, el camino hacia la vejez.


Los pasos en la conciencia de la vejez empiezan cuando uno se pone a ver un partido de fútbol y le parecen unos chavales los jugadores. Hasta entonces, en tu memoria visual, los futbolistas eran esos señores que veías en los cromos siendo niño, De pronto esa imagen se destruye: aquellos señores de los cromos son en realidad unos jovenzuelos y tú los doblas en edad.

Más adelante te encuentras diciendo "¡Qué barbaridad!" ante cualquier cosa que te sorprende. Si unos chicos ven un accidente de la Fórmula uno, exclaman, "¡Vaya hostia, tío!", tú dices, "¡Qué barbaridad!".

Una tercera fase es que ante todo lo que te incordia, el ruido de una moto con el tubo de escape abierto, un grupo de gente en algarabía, la música muy alta, señalas "Eso debería de estar prohibido". Entonces es que ya eres un anciano.

Y lo último es cuando vas a cenar y se te acerca un fulano irreconocible de otra mesa, y te arenga, "¡Qué bien te encuentro!", "¡Qué bien te conservas!", como Arturo Fernández, qué bien se conserva.

El reverso terrorífico es que además, ese rostro destruido, ese cuerpo demacrado, descubres después de esforzarte, que esconde a un antiguo compañero de colegio.

En paralelo hay un cambio de ideología: te haces conservador. Uno se hace conservador cuando ya no le cabe una idea nueva en el cerebro, cuando las neuronas no le dan para más. Como lo nuevo no lo comprende, se hace conservador. Te haces conservador porque te quedas con lo único que entiendes.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Goya y la duquesa de Alba


Volaverunt y abajo Sólo Goya


Primero precisar que la duquesa de Alba retratada por Goya , María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, fue la última de una estirpe, ya que al morir sin descendencia de sangre- tenía una niña mulata adoptada - el ducado pasó a unos parientes lejanos, los Fitz James Stuart, Duques de Berwick, que son la familia que actualmente detenta el título.

La familia de los Álvarez de Toledo son originarios de Alba de Tormes, de ahí el nombre del ducado

La relación entre Goya y la Duquesa de Alba se remonta a los años iniciales de la década de 1790. Al adentrarse el maestro en los círculos aristocráticos - de la mano de la Duquesa de Osuna - se puso en contacto con los Duques de Alba. En 1795, el pintor realizó un retrato al Duque y otro a la Duquesa, formando pareja.

Doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva yAlvarez de Toledo, XIII Duquesa de Alba, era una de las mujeres más atrayentes del Madrid de la Ilustración. Su belleza ha sido de ella decían que era tan bella que cuando paseaba por la calle todo el mundo la miraba desde las ventanas y hasta los niños dejaban sus juegos para contemplarla.

Casada a los 13 años y viuda a los 34, murió una vez cumplidos los 40 años envenenada, según las malaslenguas, por la reina María Luisa de Parma. Doña Cayetana tenía un fuerte temperamento y era conocida en los suburbios de Madrid por disfrazarse de maja y participar en las fiestas populares. Protectora de actrices, poetas, pintores y toreros, llegaba a disputarse losfavores de los bellos jóvenes con otras cortesanas, incluso con la propia reina.

La duquesa enviuda y se retira a su finca de Sanlúcar para guardar el luto. Durante un tiempo se lleva a Goya con ella, que la retrata y dibuja en diversas ocasiones en situaciones íntimas, pero nada se puede probar. El 23 de julio de 1802 muere a los 40 años la duquesa de Alba. Una de las opiniones, sobre su muerte,es la posible confabulación política de María Luisa y Godoy, para acabar con la popularidad que tenía esta mujer entre las gentes del pueblo. El 6 de febrero de 1799, Goya termina una serie de 80 grabados, llamada los Caprichos, que vende a 320 reales. Goya, en esta serie, hace algunas referencias a la duquesa y la reina.

Estamos acostumbrados a que nos digan que Goya tuvo un romance con la Duquesa de Alba. La defensa del romance, tradicionalmente, ha tenido diferentes pruebas:

- En un retrato que hizo Goya a la Duquesa, esta señala con su dedo "Solo Goya" y lleva unos anillos con los apellidos "Goya y Alba".

- Algunos piensan que la "Maja desnuda" es la Duquesa.

- El aguafuerte Volavérunt es un grabado de la serie Los Caprichos. Parece que es la duquesa de Alba la que vuela. Se ha interpretado "Volaverunt" (han volado) como la reacción de Goya ante el rechazo de la duquesa.

Pero ahora Manuela Mena (jefe del área de conservación de pintura del s. XVIII y Goya del Museo del Prado) con la ayuda de la historiadora Mühle-Maurer han realizado el estudio de investigación "La Duquesa de Alba, "musa" de Goya", en el que dicen que Goya y la de Alba no tuvieron ninguna relación amorosa.

Las pruebas que ella aporta son las siguientes, nada concluyentes tampoco:

- La desigualdad de clases y educación.

- La diferencia de edad (Goya era 18 años mayor).

- Goya ya era sordo.

- No se conservan cartas cruzadas entre ellos.

- La inclusión del hijo de Goya en el testamento de la Duquesa, no le parece concluyente, ya que la Duquesa incluye también a criados y asistentes.

- Y por último, una carta que escribe Carlos Pignatelli (hermanastro de la Duquesa) al Duque de Granada, en la que la Duquesa escribe la postdata:

"Q.do Primo y amigo el dolor que despedaza mi corazón no me permite el escribir pero si espero que en mi reuniras la confiansa y amista que tenias con mi nunca bien ponderado Pepe. compadeceme y manda cuanto quieras a la mas desgraciada de cuantas an nacido."

Concluye Mena, por tanto, que "las especulaciones que la tildaban de viuda alegre carecen de credibilidad", por tanto ella interpreta los cuadros de la siguiente manera:

- Cuando la duquesa señala en el cuadro, lo hace a sus tierras.

- La dedicatoria "A la Duquesa de Alba", es solo el significado de la admiración del pintor.

- La inscripción "Solo Goya" lo entiende como "solo me pinta Goya, el artista más grande"

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Pero a la Duquesa de Alba la casaron a los 13 años y se le atribuyen amores con Godoy y con el torero Pedro Romero, es más, tras la muerte del duque, parece que se volvió a casar en secreto, lo que no encaja con esa tristeza incurable. Por otro lado, no se ven muestras de servilismo en Goya, acostumbrado a tratar con la aristocracia y ese pretendida diferencia de clase que haría imposible la relación, menos con la forma de ser popular de Cayetana.

sábado, 21 de noviembre de 2009

LAS AMISTADES PELIGROSAS

La virtuosa Madame de Tourvel, (Michell Pfeiffer) el Vizconde de Valmont (J. Malkovich) y al fondo Cecile de Volanges (Umma Thurman).

Frases tomadas en las repetidas veces que vi la película, esa obra maestra sobre la seducción y que siempre (con notables excepciones) he tenido muy presentes:

1. "La vanidad y la felicidad son incompatibles " - La vanidad es necesaria para mantener una reputación -.

2."Es degradante tener a un marido por rival: será humillante si fracasáis y vulgar si lo lográis" ( En una conquista amorosa )

3. "Mi palabra favorita no es traición, es crueldad: siempre me ha parecido más noble".

4. "Le prometí amor eterno y realmente así lo creí durante un par de horas".

5."-A veces me pregunto como habéis conseguido inventaros a vos misma. -No he tenido otra opción, soy mujer. Y las mujeres estamos obligadas a ser más hábiles que los hombres. Que podáis destrozar nuestra reputación y nuestra vida con sólo unas cuantas palabras. Por eso he tenido que inventarme no sólo a mi misma, sino formas de escapar que nadie había imaginado. Y si lo he conseguido es porque siempre he sabido que había nacido para dominar a vuestro sexo y vengar el mío."

6."Creer que el amor nos hará felices es causa segura de desdicha..."

7."No se aplaude a un tenor porque se aclare la garganta" (
Por una conquista fácil)

8."La vergüenza es como el dolor, sólo se siente una vez".

9."La fidelidad es de todas las virtudes la menos constante".

10. Marquesa de Merteuil: "- Tengo un amigo que como vos, se encaprichó de una mujer que no le convenía, cada vez que se lo hacíamos notar, insistía con la misma insistente cabezonería: - ¡No puedo evitarlo! - decía. Se estaba convirtiendo en el hazmereír de todo el mundo. Cuando de pronto, otra persona, una mujer, decidió hablarle seriamente. Le explicó que su nombre corría el peligro de quedar asociado con aquella frase para el resto de su vida, ¿Y sabéis lo que hizo?

Vizconde de Valmont: - Estoy seguro de que váis a decirmelo.

Marquesa de Merteuil: - Fue a ver a su amante y le anunció que iba a abandonarla. Como supondréis ella protestó airadamente, pero a cada cosa que ella decía, a cada objeción que hacía, él simplemente replicaba: ¡No puedo evitarlo! ".

11. Vizconde de Valmont: "Ella desconocía la línea tan delgada que separa la amistad del amor.", - Al conquistar a Madame de Tourvel

domingo, 15 de noviembre de 2009

Madame Verdurin y el ¡HOLA!

"Madame Verdurin, lamentándose por sus jaquecas de no tener cruasanes que mojar en su café con leche, acabó por conseguir una receta para que se los hicieran en cierto restaurante... Sin dejar de mojar el cruasán en el café con leche y de dar capirotazos a su periódico para que se mantuviera abierto sin que ella tuviera necesidad de sujetarlo con la mano de mojar el cruasán, decía: ¡Que horror! Esto es más horrible que la más horrible de las tragedias... Mientras, con la boca llena, hacía estas desoladas reflexiones, el aire que sobrenadaba en su cara, traído a ella probablemente por el sabor del cruasán, tan eficaz contra la jaqueca, era más bien un aire de plácida satisfacción."


Amparados en los privilegios de su posición social los Verdurin, personajes emblemáticos de La Recherche de Marcel Proust, consiguen instrumentalizar al servicio de sus vacuas y frívolas existencias tanto las catástrofes contadas por los periódicos como una guerra que transcurría a escasos kilómetros de sus domicilios y que conmocionaba a europa...

El Narrador de La Recherche califica a Las cenas mundanas a las que es invitado como "festín de bárbaros" en el que proliferan las más estériles "conversaciones humanitarias, patrióticas, humanísticas y metafísicas".

En muchos lugares de La Recherche, Marcel Proust parece obsesionado en denunciar la falacia, lo puramente aparente de aquellos que "interrumpen su trabajo a fin de recibir a un amigo que sufre, aceptar una función pública o escribir artículos propagandísticos"

Aún más fácil es suponer qué clase de rentabilidad psicológica cabe extraer de conflictos en los que las víctimas son exclusivamente exóticas y ocasión idónea para que almas bienpensantes (a veces cómplices del sistema político y social que hace inevitable ese tipo de conflictos) nos extasíen con discursos relativos a la unidad moral de los humanos, la solidaridad internacional, el triunfo del derecho y hasta el espíritu de sacrificio.

martes, 10 de noviembre de 2009

Ra, Ra, Rasputín

A las doce y media de la noche del 16 de diciembre de 1916, Grigori Yefímomich Rasputín abrió la puerta de su apartamento de San Petersburgo, camino de su muerte. La escalera del edificio estaba a oscuras, por lo que se ofreció a guiar en las tinieblas a su acompañante, el príncipe Félix Yusúpov. Bajaron los escalones cogidos del brazo. Rasputín conocía el camino de memoria, pero Yusúpov pensó para sus adentros que los ojos del campesino veían en la oscuridad. Sin embargo, el humor del infortunio no quiso que aquel vidente, al que muchos atribuían poderes sobrehumanos, advirtiera que se encontraba al lado de su asesino.

A aquellas horas no hacía demasiado frío para lo habitual (dos o tres grados) y caía sobre la ciudad una calmada nevada. Cuando salieron a la calle les esperaba el automóvil del príncipe, conducido por el doctor Lazavert disfrazado de chófer: otro de los conjurados para acabar con la vida del más influyente consejero áulico del país, el individuo al que los zares consideraban un hombre santo y recibían durante horas en el Palacio de Invierno y al que llamaban por lo general Nuestro Amigo, en una clave afectuosa y secreta a la que tan aficionado era el matrimonio de emperadores de todas las Rusias.



La rutina de la última noche de Rasputín –así como infinidad de pormenores correspondientes a su vida en la corte y a sus actividades– la conocemos al detalle por los testimonios de los que declararon tiempo después ante las autoridades de la Revolución de Febrero,el expediente se perdió y no volvió a ser encontrado hasta 1995, cuando el violonchelista Milan Rostropóvich lo adquirió en pública subasta en Sotheby’s y se lo cedió a su amigo el escritor Edvard Radzinsky, cuyo Rasputín (Los archivos secretos) constituye uno de los más importantes estudios realizados hasta la fecha sobre nuestro personaje.

Aquella noche postrera, Rasputín recibió en casa, entre las diez y las once de la noche, la visita de una de sus frecuentes admiradoras: una “rubia rolliza de unos 25 años”, según confirmaron su sobrina, que estaba alojada por entonces en el apartamento, y el portero del edificio. Estuvo con Rasputín en la célebre habitación del sofá, por donde pasaban las palomas descarriadas, las devotas profesionales, las curiosas de dudosa reputación que siempre revoloteaban alrededor del iluminado.

A las doce de la noche apareció en el apartamento Alexander Protopópov, entonces ministro del Interior, un cargo casi todopoderoso en la Rusia de 1916. El ministro había ordenado que a partir de las diez de la noche desapareciera cada día la vigilancia permanente a la que estaba sometido Rasputín para que no quedase así constancia en ningún informe de sus frecuentes visitas a la casa. Rasputín no lo sabía, de manera que cuando aquella noche última salió a la calle del brazo de Félix Yusúpov estaba convencido de que sus guardianes les seguirían de cerca. Pero lo cierto es que caminaba solo y confiado junto a quien hacía tiempo había organizado una conspiración para matarle.

Los Yusúpov eran la familia más importante de Rusia, después de la real, aunque tanto o más ricos que los propios emperadores. Desde los tiempos de Iván el Terrible contaban con inmensas posesiones de tierras. Más tarde se convirtieron en grandes industriales. Durante trescientos años, los Yusúpov habían significado una suerte de sombra de la familia imperial. Félix Yusúpov estaba casado con la sobrina del zar Alejandro II, la gran duquesa Irina. Félix era más bien pusilánime. Se había negado a prestar el servicio militar porque no quería participar en guerra alguna en la que hubiese de derramar sangre. Durante su juventud, antes de sus intrigas conspiradoras, había llevado la vida de un acaudalado disoluto. De la mano de su hermano mayor, Nicolás (muerto en duelo más tarde a manos del marido de su amante), conoció las voluptuosas noches de San Petersburgo y París, muchas veces disfrazado de mujer, mientras jugaba a la bisexualidad, una afición que mantendría durante toda la vida.

El coche que conducía el doctor Lazavert se detuvo, la noche del 16 de diciembre, en un patio lateral del palacio Yusúpov. Félix e Irina habitaban un ala del edificio y estaban acondicionándola a su gusto. En la rehabilitación del hogar estuvo incluido el sótano donde iban matar a Rasputín. Era de gruesas paredes y con pequeñas ventanas a la altura del suelo. Se redecoró a la manera clásica de un salón-comedor ruso. . El sótano comunicaba, mediante una escalera de caracol, con las habitaciones de Félix. A mitad de la escalera estaba la puerta que daba al patio, por la que entraron aquella noche Félix y Rasputín en cuanto el coche se detuvo.

El cebo para atraer a Rasputín hasta aquella madriguera no termina de estar claro. Por un lado, parece que se trataba de un halago por ser la invitación de uno de los personajes más poderosos del país. Por otro, según indicaron algunos observadores Félix había hecho servir sus encantos eróticos en aquella amistad interesada, y Rasputín no era ajeno a los amores masculinos porque en él se reconciliaban sin estorbos los principios de la masculinidad y la feminidad. Por último, Rasputín ansiaba conocer a la hermosa Irina, ofrecida como cebo por Félix y a quien deseaba en la distancia. El ardid requería que Irina fuese tratada de una supuesta dolencia de origen espiritual. Rasputín expulsaba a menudo el demonio de la lujuria mediante la lujuria misma, interiorizaba el pecado ajeno con la comisión del pecado, para que el arrepentimiento posterior liberara al enfermo y al sanador. Todo parece indicar que, en los últimos tiempos de la conjura, Félix estaba siendo tratado de aquel mal, y que Irina debía ser también curada aquella noche de la perdición de Grigori Yefímovich, el campesino venido de Siberia, quien por aquel entonces, durante el curso de las descomunales borracheras de 1916, se había jactado de tener a Rusia “en la palma de la mano”.

Sin embargo, Irina no estaba aquella noche en el palacio Yusúpov. Aunque había aceptado participar en el compló al comienzo, pronto se arrepintió y suplicó en su correspondencia a su marido que desistiese del asesinato.

Ahora bien, cuando Rasputín descendió a aquel sótano estaba convencido de que la sobrina del zar Alejandro II estaba en la casa, en las dependencias del piso superior.

El doctor Lazavert, una vez hubo aparcado el coche, se despojó de su disfraz de chófer y se reunió en las habitaciones del primer piso con el resto de los conjurados. Allí estaba también Vladímir Purishkiévich, un político monárquico, antisemita, que ya había pronunciado algún discurso incendiario contra Rasputín y la zarina Alejandra Fiódorovna, tachándola de “alemana en el trono de Rusia, ajena al país y a su gente”. Junto a Purishkiévich estaban el teniente Sujotin y el otro gran personaje de la maquinación, el gran duque Dimitri Pávlovich, primo del zar Nicolás II.

De manera que los cuatro conjurados restantes escuchaban junto a la escalera del primer piso las voces de Félix y Rasputín que provenían del sótano. Allí abajo estaban sentados el uno frente al otro, charlando animadamente junto al fuego del hogar.

P Grigori Yefímovich Rasputín había nacido en el pueblo de Prokóvskoie, el 10 de enero de 1869. Sabemos poco de su juventud, sólo que se entregó a una vida a la que en principio parecían destinados muchos de los miserables campesinos siberianos: la rutina de un borracho. Hasta que sufrió su conversión gracias al dolor y la humillación: un vecino que le sorprendió robando en sus campos y le molió a estacazos. Desde entonces se convirtió en un peregrino mendicante con un extraño sistema nervioso. Algunos testigos de aquella época primitiva refieren que parecía un subnormal, en lucha siempre con un Satanás interior.

Rasputín estuvo vinculado durante su vida a las enseñanzas de la herejía jlist. Los jlisti practicaban una gimnasia espiritual que necesitaba de tres pasos obligatorios: el pecado, el arrepentimiento y la purificación.

Los zares debieron de conocerle a finales de 1905. Nicolás, que había nacido rodeado de sangre, como la historia de la dinastía, era un ser taciturno y supersticioso. Alejandra, a pesar de la firmeza de su temperamento y de su entrometida voluntad de convertirse en gran estadista, resultaba propensa a toda clase de misticismos. Al parecer tomaron a Rasputín como la reencarnación de un viejo consejero espiritual fallecido, monsieur Philippe, un mago francés con reputación de terapeuta. En su primer encuentro, Rasputín tuvo una intuición. Pidió ver a Alejo, el zarevich, cuya mala salud, salpicada de crisis hemofílicas, traía de cabeza a la familia imperial, que había estado buscando de forma desesperada un heredero después del nacimiento de cuatro grandes duquesas: le impuso las manos, le miró fijamente, rezó en voz alta, y el niño se sintió aliviado al instante. Desde aquel entonces se convirtió en imprescindible para los zares.

Mientras tanto, Grigori Yefímovich, asentado en Petersburgo, comenzó a ascender en palacio y a ganarse la plena confianza de la familia real. Al mismo tiempo crecía el círculo de devotas de Rasputín entre las damas desocupadas de la alta sociedad, entre las burguesas con ínfulas religiosas y entre las simples plebeyas. Las condesas y duquesas visitaban su apartamento, le besaban la mano, se arrodillaban ante él, le cubrían de obsequios, y cuando se marchaban solicitaban como favor llevarse la ropa sucia para lavarla, a ser posible con restos de su sudor.

Por aquel entonces, ya eran leyenda los favores sexuales que le dispensaban las mujeres. Acudía a las casas de baños rodeado de adeptas, regalaba a sus discípulas curaciones privadas del demonio en el sofá de su despacho, perseguía a cuanta desconocida se le cruzaba. En los informes policiales de aquellos años, sus vigilantes constatan que frecuentaba los burdeles varias veces al día. . Por la capital corría la especie de que estaba dotado con la verga de un caballo.

En aquellos días, Rasputín había logrado unir a todo el mundo en la empresa común de aborrecerlo. No deja de resultar enigmático el hecho de que los zares no sólo hicieran oídos sordos a todas las acusaciones que les llegaban –provenientes del círculo de su familia, de los ministros del Gobierno, de los miembros de la Duma, de los informantes de la policía secreta del régimen–, sino que fuesen destituyendo y apartando por sistema a todo aquel individuo que trataba de indisponerles contra el mago.

La única explicación verosímil se encuentra en la religiosidad supersticiosa de los emperadores: Alejandra y Nicolás consideraban que Rasputín poseía el don de la demencia santa. En la tradición mística rusa, los personajes de los santos dementes tienen gran importancia histórica. La catedral de San Basilio, en la plaza Roja de Moscú, está dedicada a uno de ellos. Por lo común eran mendigos que vagaban desnudos, cargados de cadenas, gritando oráculos y vaticinios. Simulaban locura para sufrir vejaciones en su persona, para experimentar el dolor y la persecución, igual que Cristo. Hacían burla de las convenciones y los vicios del mundo para servir de espejo a los hipócritas pecadores. En la biblioteca privada de Alejandra se encontraba el volumen Santos dementes de la Iglesia rusa, con notas en los márgenes, incluido el capítulo dedicado al libertinaje sexual de los ascetas. De ahí que los zares supiesen interpretar como nadie el comportamiento de Rasputín.

Cuando la zarina entonces asume la dirección del Gobierno, poruqe su marido estaba al mando del ejército en la guerra, da un verdadero golpe de Estado. Son destituidos los cargos principalesy sustituidos por individuos de confianza. La indignación respecto al papel de la zarina ya no podía ser mayor. Se consideraba que había embrujado a Nicolás, que precipitaba el desmoronamiento de la monarquía y que trabajaba en secreto para firmar una paz unilateral con su país de origen, Alemania, que sería considerada como una vergüenza nacional.

Cuando Félix Yusúpov se enteró de esos rumores decidió que tenía que matar cuanto antes y a cualquier precio a Rasputín. De modo que cuando el príncipe Yusúpov le tuvo sentado frente a él, conversando, le ofreció unos pastelillos de crema rosa envenenados con cristales de cianuro potásico.

Félix relató que El Oscuro bebió las copas de vino de Madeira y engulló los pasteles suficientes para matar a un regimiento de cosacos, pero que no revelaba ningún síntoma del envenenamiento, salvo el aumento de la salivación y unos constantes bostezos. Desesperado, se ausentó del sótano, consultó con el resto de conspiradores y le pidió a Dimitri Pávlovich su arma reglamentaria. Regresó ante Rasputín con la pistola a la espalda y le disparó en el pecho. El relato mitológico refiere que cayó sobre la piel de oso polar, y que se apresuraron a mover el cadáver para que la sangre no la empapara.

Después lo dejaron en el sótano a oscuras, sobre el suelo desnudo, y subieron a las habitaciones del primer piso. En sus memorias, Félix refirió que al poco tiempo sintió unas ganas irrefrenables de ver de nuevo el cadáver. Regresaron al lugar del crimen, zarandeó el cuerpo y lo notó aún caliente. De improvisó, Rasputín abrió los ojos y los clavó en el rostro de su asesino. A continuación se puso en pie y asió a Félix por el cuello con su fuerza descomunal. Cuando el príncipe logró desasirse, Rasputín, que no paraba de repetir encolerizado el nombre de Félix, salió huyendo por la escalera, camino del patio. Purishkiévich le alcanzó en el exterior y le disparó cuatro veces con su revólver en dos tandas de dos disparos. Erró los dos primeros. El tercero –escribió después– le alcanzó en la espalda mientras corría, y el cuarto, en la cabeza. La servidumbre del palacio Yusúpov arrastró el cuerpo por la nieve hasta el interior de la casa. Una vez allí, Félix sufrió una crisis de histeria y comenzó a golpear la cabeza de Rasputín con una barra de hierro recubierta de goma hasta quedar exhausto y empapado por las salpicaduras de la sangre.

En ese momento llamaron a las puertas del palacio dos agentes de guardia de la comisaría. Habían creído oír disparos. El nervioso Purishkiévich se identificó como miembro de la Duma, confesó el asesinato y apeló al patriotismo de los policías para guardar silencio en beneficio de la Madre Rusia. Sin embargo, a la mañana siguiente, muy pronto, el alcalde de Petersburgo, Alexander Balk, informó al ministro del Interior, Protopópov, de aquella increíble conversación entre uno de los asesinos y los dos accidentales testigos de los disparos. El rumor del asesinato de Rasputín se extendió por toda la ciudad, hasta llegar a oídos de los zares.

Aunque nunca sabremos con certeza lo que ocurrió en aquel sótano, hay dudas sobre las versiones escritas de Yusúpov y Purishkiévich son razonables. La resistencia asombrosa de Rasputín al arsénico se explica por dos razones. La disolución del vino no era la correcta y la dosis de arsénico resultó insuficiente. En cuanto a los pasteles, Rasputín no los llegó a probar: jamás se saltó su régimen, que prescribía abstenerse de la carne y los dulces “porque oscurecían el halo”. Lo más probable es que Félix, que odiaba las armas y que era de temperamento medroso, sólo le hiriese al dispararle. De ahí su resurrección. Por lo que respecta a Purishkiévich, no parece verosímil que un civil fallase los dos primeros disparos y le alcanzase después, más lejos, con dos certeros disparos en la espalda y la cabeza. El miembro de la Duma se tomó muchas molestias en los días posteriores para tratar de exculpar en la medida de lo posible a Dimitri Pávlovich.Las manos de la realeza no están manchadas de sangre”, dijo muchas veces. Pero tuvo que ser Dimitri, valiente soldado, tirador de élite, quien alcanzara a Rasputín en el patio. La segunda tanda, los disparos mortales, provenían de la pistola del primo del zar. Por eso, Nicolás le impuso después a Dimitri, su favorito, el castigo más severo y le envió al frente, en Persia. No le cupieron dudas sobre quién había abatido a Rasputín.

El cadáver apareció flotando, con el torso desnudo, en las aguas heladas del Neva durante la mañana del 19 de diciembre. Tenía la cara desfigurada; agujeros de bala en el tórax, la espalda y la cabeza. Era extraño: conservaba las manos en alto. Según informaron los médicos encargados de la autopsia, Rasputín aún estaba vivo y trataba de romper sus ataduras cuando fue arrojado por sus asesinos a un agujero practicado en el hielo bajo el puente del Gran Petrovsky.

Faltaba muy poco para que Nicolás abdicase y una nube de sangre lloviera sobre Rusia.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El robo de la Monna Lisa la convierte en icono popular

La Monna Lisa, expuesta en el Louvre, mide 77 de alto por 53 de ancho. Metida en una vitrina encofrada y protegida por un doble vidrio antibalas. La serena efigie de Lisa Gherardini, esposa del adinerado comerciante florentino Francesco del Giocondo.

Mona Lisa.jpeg

La palabra Monna es una contracción de Madonna o Mia Donna, que significa Mi Dama o Mi Señora. Es tan famosa, sin duda la pintura más famosa del mundo, debido a un cúmulo de circunstancias y la casualidad. Fue pintado por Leonardo entre 1503 y 1506 y lo retocó infinitas veces hasta su muerte. Sobre un fondo de paisaje vaporoso, con un río sinuoso, resalta la figura de Monna Lisa. A principios del siglo XVI, Leonardo dejó la corte de Milán y se puso al servicio de Francisco I. Da Vinci se llevó el cuadro a Francia y se estima que nunca estuvo en posesión de la familia Del Giocondo. Pasó a manos del rey francés Francisco I y está comprobado que la pintura permaneció en las colecciones reales francesas y que en el siglo XIX Napoleón Bonaparte la guardaba en las Tullerías.

En consecuencia, cuando esta pintura comienza a ser famosa, en el siglo XIX, se encontraba en París, gran centro europeo del arte en aquel momento. La Monna Lisa se encontraba en el lugar preciso y en el momento adecuado, pues respondía a las demandas artísticas del romanticismo.

El primero en ensalzarla fue el escritor Théophile Gautier. La figura no es de una santa, cuyos relatos ya están escritos, sino una desconocida. No está gorda, como las mujeres de Rubens, ni flaca como las de Cranach. Y pertenece al Renacimiento, la época del pasado menos religiosa y que sintoniza más con la cultura burguesa y laica del XIX.

Y después está la inescrutable sonrisa. Por ahí se cuela el misterio de la femme fatale que tanta aceptación tenía por la época. Giorgio Vasari no creía que esa sonrisa fuera tan misteriosa. Según consignó en sus Vidas (siglo XVI), la noble señora sonreía porque durante las sesiones de pose varios músicos y actores la entretenían.

Pero para convertirla en icono de la cultura de masas falta el robo de la obra, perpetrado en 1911, una historia rocambolesca. La robó un empleado del Louvre, un ebanista llamado Vincenzo Peruggia, alegando "patriotismo". Peruggia simplemente salió del Salon Carré de Louvre, donde estaba colgada, con la obra maestra escondida bajo su bata de trabajo. No porque le gustara especialmente, él prefería al Mantegna, pero sus grandes lienzos le hicieron optar al fin por la Monna Lisa. Fue un escándalo con connotaciones políticas, y que dio a conocer la obra, impresa en todas las portadas, como nunca antes. Durante dos años Peruggia guardó la obra en su casa, pero luego se la llevó a Florencia para venderla a un anticuario a cambio de una pequeña cantidad de dinero y allí le pillaron. De nuevo, gran repercusión. Y la obra se expuso por primera vez en Italia. Esa gira, junto con las posteriores de Estados Unidos y Japón en los sesenta y setenta, ya con el fenómeno del merchandising a pleno rendimiento, determinaron el ingreso del icono en la modernidad. Duchamp le pone bigotes para criticar a la alta cultura, lo mismo que Dalí, y Warhol la recrea una y otra vez.

Y no digamos cuando aparece en El Código Da Vinci en el momento que son conducidos Sophie y Langdon hacia él en su búsqueda de otra de las pistas que ha dejado Jacques Sauniére.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Número 62 de la calle de Humboldt. Día de Muertos en Cuernavaca

En el pueblo de Ripe, en Sussex, cerca de Brighton, en 1957, la señora Lowry halló muerto a su esposo, el hombre que había escrito una de las mejores novelas del siglo XX. Cerca de él podían verse, rotos, una botella de ginebra y un frasco de zumo de naranja. La policía descubrió vacío otro frasco con veinte píldoras de amital sódico. El informe médico concluyó que la muerte del autor de Bajo el volcán se debió a un agudo envenenamiento barbitúrico asociado con un estado crónico de alcoholismo. Margerie Lowry había estrellado la botella en el piso para evitar que su marido siguiese bebiendo y éste la había golpeado. La mujer huyó a la casa de una vecina y no regresó a su domicilio hasta la mañana siguiente, para encontrarse con el cadáver.

Lowry. foto de El País

Malcolm Lowry habría cumplido cien años el pasado 28 de julio, pero resulta muy improbable pensar que los hubiera alcanzado con el ritmo de destrucción etílica del escritor de los últimos tres años, que le impedía afeitarse por la falta de pulso o colocarse como es debido el cinturón, que dejó de usar para amarrarse los pantalones con una cuerda o una vieja corbata.

Malcom Lowry nació en Cheshire en Inglaterra, en el seno de una familia con dinero. El padre se dedicaba al comercio del algodón en Liverpool, así que el muchacho creció con una buena educación y sin privaciones: destacó en los deportes, tuvo amigos y amores y en una de las escuelas privadas a la que iba, en Cambridge, editaban una revista y empezó allí a publicar algunos relatos. Aquello le gustó y decidió ser escritor. Leyó a Conrad y Melville, cogió fama de excéntrico y rebelde, empezó a frecuentar los pubs y a beber con dedicación. Pactó entonces con su padre que lo dejara viajar un año antes de entrar en la universidad. Y zarpó de Liverpool como ayudante en un carguero. Estuvo en Singapur, Shanghai, Yokohama…, pasó calamidades y vivió aventuras, siguió dándole duro al alcohol.

Ya de vuelta su primer libro fue Ultramarina. En 1932 estuvo en España y se casó con Jan Gabriel. El alcohol se encargó de fulminar la relación y se separaron en 1938. Un año después conoció a Margerie Bonner, con quien se casó en 1940 y con quien se fue a vivir en una cabaña a la Columbia Británica, hasta 1954.

Su obra capital, Bajo el volcán, que consiguió publicar en 1946 tras haber escrito cuatro versiones, se desarrolla durante el Día de Muertos de 1938 en Cuernavaca, México, y cuenta la historia del Geoffrey Firmin, el Cónsul, y de su mujer Ivonne. El viaje a los infiernos de quien se ha sumergido en un proceso de autodestrucción total y la crónica de una inútil batalla por recuperar el amor: es seguramente una de las más grandes novelas que se han escrito. Bajo el volcán, con todo su mezcal, el alcohol el cónsul y Cuernavaca, la escribió muy lejos de México, en una cabaña de Dollarton, en Canadá, frente al mar, al lado de Vancouver, con la compañía de una mujer, Margerie Bonner, y de una botella. La génesis la había escrito años antes, en 1936, cuando vivía en la villa mexicana de las dieciocho iglesias y las cincuenta y siete cantinas, en compañía de su otra mujer, Jan Gabriel, en plena agonía de su matrimonio.

En el número 62 de la calle de Humboldt de Cuernavaca sigue en pie la ebria casa que habitaron Lowry y Jan.